40 años del último gobierno inconstitucional

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El título que da nombre a la presente nota parece un acto de agravio al Gral. Guido Vildoso Calderón, porque para los estudiosos de la historia nacional o para los politólogos es verdad de Perogrullo que el militar que ocupó la primera magistratura del país por solo setenta y ocho días conserva, pese al tiempo, las más altas consideraciones de quienes en ese tiempo sufrieron los rigores de una seguidilla de dictaduras de —para entonces— aproximadamente doce años. Pero para la generación nacida en este siglo, la sola referencia de que Vildoso pudiera ser uno de los tantos sátrapas que asaltaron el poder es plausible, pues desde la perspectiva política, o desde la esfera moral, no hay diferencias sustanciales entre el tirano Melgarejo y García Meza. Ambos fueron el arquetipo de la degradación moral, incluidos los que entre ambos violaron toda norma para encabezar vandalismo de Estado.

Y con esas breves consideraciones, aunque a Vildoso la historia nada tiene que reprocharle, de todas formas fue la cabeza del último gobierno inconstitucional de Bolivia. Han transcurrido 40 años desde su asunción al poder que se produjo por una decisión colegiada del alto mando militar y sin el derramamiento de una sola gota de sangre. Restituyó el Parlamento electo y luego la sucesión en la persona del Dr. Hernán Siles Zuazo, que gobernó con poca fortuna por una mala política económica y la corrupción que también entonces campeaba en los círculos de poder. Pero esa es otra historia.

El 22 de este mes se cumplen esos 40 años de un periodo que en buena, lo debemos al miliar disciplinado. Pero lo más importante: incuestionablemente comprometido con su país. No permitió que transcurriera ni un día más de lo que la alta oficialidad, el pueblo y la urgencia de restituir el orden constitucional le impusieron, y Bolivia aún no ha alcanzado la madurez que el cuadragésimo aniversario podría hacer pensar.

Como todo gobierno transitorio —pero, en el caso de Vildoso, con el ingrediente de una decisión ajena al ordenamiento constitucional y de todos modos aplaudida por el pueblo y los actores políticos de la época—, no tuvo ni tiempo ni programa que le permitieran implementar ninguna medida atenuante de la grave crisis económica por la que Bolivia atravesaba y que se prolongó hasta algunos años después. Empero, tuvo el acierto político y patriótico de convocar a elecciones, quizá apremiado por pesar en sus espaldas la conducción de un país en bancarrota  y que, por tanto, era una papa caliente de la que había que deshacerse.

Es cierto que el tercer mandato de Evo Morales ya tuvo vicios serios de legalidad, pues la Constitución Política del Estado no permite la elección de un candidato a presidente por tercera vez consecutiva. Pero un Tribunal Constitucional abiertamente parcializado con el partido de gobierno, haciendo uso de un ardid descalificable en lo jurídico y vergonzoso en lo moral, hizo del expresidente primera autoridad y anticipadamente habilitado para unas elecciones con un Tribunal Electoral sumiso y de una pobre capacidad formativa.

Esas intervenciones, en total conflicto con la Constitución y la ley, determinaron que la candidatura y la posterior elección de Evo Morales hayan disfrazado la brutal afrenta a la legalidad, que sin sonrojarse ni sus auspiciadores ni el propio beneficiario de la atrocidad contra al derecho positivo, fungió en el cargo más alto que contempla la organización del Estado. 

Por ese antecedente, hoy rindo homenaje al inconstitucional Guido Vildoso Calderón, cuyo fugaz mandato ha superado las expectativas que la historia le encomendó; Bolivia recobró la confianza en el hombre, en el ciudadano, en el militar probo que devolvió la democracia que, luego de 40 años, los bolivianos estamos dilapidando porque —y me remito a las pruebas— no somos un país preparado para este sistema que, por imperfecto que sea, es el único que nos puede conducir a senderos de libertad.

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor

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