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¿Vox populi, vox Dei?… ¡pamplinas!

Si la voz del pueblo fuese la voz de Dios, el Creador estaría en un desconcierto absoluto, lo cual es inadmisible para un Dios de orden. Y la verdad es que no hay razón para aceptar esta sentencia ni como verdad relativa. El primero en cuestionarla fue Alcuino de York, considerado el hombre más sabio del medioevo. En una epístola a Carlomagno, el filósofo advirtió que no debía escucharse a quienes, amparándose en la supuesta infalibilidad de la multitud, legitimaban ambiciones políticas para influir en los gobernantes; el ilustre pensador sentenció que el tumulto de la masa a menudo raya en la locura.

A partir del siglo VIII, la frase adoptó múltiples acepciones según el contexto y las circunstancias. Su uso se generalizó en la política, especialmente entre quienes, escudándose en principios democráticos que a veces no profesan, la enarbolan para encabezar turbas y presionar mediante la fuerza social.

Si fuera literalmente cierto que la voz popular coincide con la divina, bajo la lógica democrática podría argüirse que las minorías carecen de derechos por estar alineadas con el adversario: Satanás. Esto armonizaría con la advertencia de Jesús: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mt 12:30).

Es necesario aclarar que, si bien ambas voces no equivalen, la antinomia entre los designios divinos y la pretensión popular tampoco es una regla absoluta. Ignorar al pueblo no siempre es sabio; la historia demuestra que las naciones han elegido, mediante el sufragio, a algunos de los mejores gobiernos imaginables.

Sin embargo, los anales de la historia universal confirman que el pueblo se equivoca, y no precisamente bajo el amparo de Dios. Y es que Dios, en su omnisciencia, jamás alentaría el ascenso democrático de tiranos de la chatura moral de Adolf Hitler en 1933 o de un Daniel Ortega. Sencillamente el pueblo germano erró gravemente al investir al siniestro Canciller: el costo de aquella decisión electoral sumó cincuenta millones de vidas perdidas, incluidos seis millones de judíos exterminados.

En el Éxodo, Aarón cedió ante el pueblo y fundió un becerro de oro, una iniciativa rebelde que terminó en mortificación; Dios no impidió el extravío, pero jamás lo aprobó. Asimismo, las crónicas universales evidencian que el clamor judío al rechazar a Jesucristo distó mucho de ser la voz de Dios. El evangelista Lucas lo describe con desgarrador acento: “Pero ellos insistían a grandes voces, pidiendo que fuera crucificado; y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron” (Lc 23:23).

De ser cierta la premisa del adagio, los gobernantes electos serían ungidos divinos. Aquí chocamos con la realidad contemporánea que azota a la política: ¿cómo vincular los comicios a la voluntad de Dios cuando el éxito depende del dinero invertido o de la destreza para manipular las emociones de sociedades desesperadas mediante promesas falsas? Además, Dios no inventó los sistemas democráticos; de hecho, Él es un monarca perfecto y atemporal.

El sufragio es un acto eminentemente emocional. Al votar, el ciudadano realiza una evaluación sentimental antes que cerebral. Y cuando deja de lado la razón ideológica, lo cual ocurre a menudo, suele decantarse por el candidato equivocado; una elección que jamás tomaría bajo un análisis estrictamente intelectual. Errar no es la norma, pero en sociedades con una cultura política rezagada como las de Bolivia, el Congo o Sudán del Sur, el equívoco electoral tampoco es la excepción.

Y en Bolivia, movidos por tensiones raciales y desafectos personales, nos vamos equivocando sistemáticamente desde la restauración de nuestra híbrida democracia en 1982. La realidad actual de nuestro país es el resultado directo de esas malas decisiones en el recinto electoral. Ergo, creer que una multitud de manifestantes enardecidos, al margen de la ley pero invocando la democracia, actúa en nombre de Dios, es simplemente una estupidez.

Augusto Vera Riveros es abogado

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