Victoria, lecciones y errores desde Santa Cruz

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Treinta y seis días de paro, una población extenuada, mesas “técnicas” y acercamientos truncados. Tensiones internas en ambos bandos, acusaciones de traición, polarización e intolerancia. Luego del conflicto en Santa Cruz se configura una nueva correlación de fuerzas, nuevos actores políticos y posibles escenarios de cara a un país que progresivamente ingresa en un nuevo ciclo político. El departamento más rico del país logró permutar su poder económico en poder político. Pese a la incompetencia de su dirigencia cívica, doblegó al centralismo estatal, enemigo histórico de sus élites y clases medias.

Una de las grandes lecciones de este conflicto fue revelar, pese a los esfuerzos de los “analistas”, comentaristas, guerreros digitales y “periodistas” afines al oficialismo, que el paro fue mucho más que la suma de los poderes de personajes tan limitados como Luís Fernando Camacho y Rómulo Calvo. Expresó un malestar ciudadano acumulado por años, un sentimiento de indignación ante la inoperancia del gobierno central, frente a la mediocridad de la burocracia estatal (particularmente la del INE y la del Ministerio de Planificación). Un rechazo contundente a medidas destinadas a negar lo que por derecho le corresponde a Santa Cruz: Más recursos económicos, mayor participación política, nuevas condiciones electorales que reflejen los resultados del censo de cara a las elecciones nacionales de 2025. Medidas aseguradas mediante la aprobación de una ley nacional, pruebas irrefutables de una victoria histórica coronada por majestuosos cabildos.

Pero también ha sido una lucha costosa, desgastante, frente a un gobierno agrietado en facciones que utilizaron el conflicto para atacarse. Un paro con episodios violentos para enfrentar a grupos de choque enviados por el evismo, pero también para implantar un sistema disciplinario intolerante contra quienes pensaban diferente y, en pleno uso de sus derechos constitucionales, rechazaron el paro. ¿El nefasto gobierno transitorio de Jeanine Añez no es una prueba que pueden existir cosas peores que el masismo? ¿No debería la ciudadanía cruceña preguntarse en qué media reproduce discursos confrontacioncitas y acciones autoritarias muy parecidas a las de sus adversarios?

El ímpetu del pueblo cruceño debería estar a la altura de su nueva potencia política, eso también implica superar los peores defectos del sindicalismo campesino, del corporativismo obrero y del antagonismo irreconciliable como forma de hacer política que por años explotó el masismo. Una de las señales más preocupantes de los movilizados fue lanzar ultimatums, chantajes encubriendo amenazas. Apelaciones a la emoción por encima de la razón. Política como suma cero, ganar o ganar y no como un proceso de conciliación, negociación y acuerdo. El mensaje enviado por el Comité Interinstitucional fue un desconcertante sentimiento de superioridad moral, una exigencia de obediencia y no una invitación para la construcción de algo común. Regionalismo larvario no un nuevo proyecto de país. Si Santa Cruz quiere consolidar sus demandas debe seducir a otros sectores de la población, hacer alianzas en todo el país y dejar de creer que existe algún tipo de obligación moral para seguir su agenda. Sus líderes y ciudadanos deben entender que todo hipotético apoyo será resultado de una convergencia de intereses, no de imposiciones victimistas.

Es necesario controlar el orgullo chauvinista que configuró un discurso de “excepcionalidad cruceña”, negador de las complejas dinámicas económicas nacionales. La afirmación, manifestada en varios momentos del paro, de que Santa Cruz “da de comer al resto del país” es una prueba patética de un orgullo provinciano demasiado hinchado como para acumular apoyo. ¿En lugar de ello, no sería mejor buscar nuevas alianzas lejos del terruño y de la familiaridad del discurso regional? Pienso particularmente en una gran alianza El Alto – Santa Cruz. Las dos ciudades más grandes del país, con visiones de desarrollo matizables y matrices históricas contrastables, tienen sorprendentes parecidos en su forma de hacer política. Un camino lleno de frustraciones, una no convergencia de su peso político específico con su importancia económica, un crecimiento poblacional galopante. La polarización imperante desde la crisis de 2019, dividió el país en dos polos irreconciliables, escisión que necesita simplificar identidades, olvidar decursos históricos y construir enemigos absolutos para consolidarse. Pero una alianza entre Santa Cruz y El Alto podría marcar el comienzo de la superación de esta triste etapa de nuestra historia contemporánea. No magnificar los aspectos que nos separan, recordar lo que nos une, crear las condiciones para un horizonte común: pragmatismo en los negocios, amor por el éxito económico, iniciativa privada, propensión al comercio y a la circulación de la riqueza. ¿No es esa la cuestión nacional pendiente? ¿No debería ser un proceso de reconciliación nacional el objetivo más importante del nuevo ciclo político iniciado por la victoria cruceña?