Blog Post

News > Opinión > Hugo José Suárez > Una cajita a la eternidad

Una cajita a la eternidad

Hace unas semanas el escritor mexicano Gonzalo Celorio,  director de la Academia Mexicana de la Lengua, recibió el Premio Cervantes 2025. Acorde a la tradición, quienes reciben este preciado galardón pueden depositar, en la Caja de las Letras, ubicada en la sede del Instituto Cervantes en Madrid, lo que considera su legado personal. Así lo hicieron quienes lo antecedieron y otros notables del mundo de la cultura. 

Se dice, por ejemplo, que el poeta Nicanor Parra dejó su máquina de escribir; Elena Poniatowska, la pulsera de latón de su padre que había portado en la Segunda Guerra Mundial; la bailarina Alicia Alonso, sus zapatillas de danza. Se pueden imaginar las joyas de esa bóveda cargada materia condensada de sentido. Tal práctica se inauguró en el 2007, y tiene una formidable colección. 

Celorio entregó manuscritos originales y borradores de sus obras Amor propio y Modus operandi, además de correspondencia con Beatriz de Moura −su editora− y las epístolas de varios escritores con reacciones a su primera novela, sus libretas de anotaciones sobre literatura novohispana, y su diario de un viaje que hizo a España en el 2002.

El evento me disparó la fantasía. Me pregunto qué quisiera dejar si tuviera una cajita que trascienda el tiempo. Soy especialmente fetichista, guardo cosas que concentran historia. Pero no se asusten, no soy cachivachero, no tengo un cuarto destinado a basura de la que no puedo deshacerme, selecciono con qué me debo quedar. 

Sé que es asunto de diván, imagino que tiene que ver con la memoria de mi padre fallecido violentamente: conservo su pañuelo, su pipa, su grabadora. Y más, de mi abuelo paterno custodio la espada que me regaló en una tarde soleada y solemne; del materno, el sello de relieve con su nombre.

Tal vez cada uno tenga sus objetos que despiertan recuerdos, que marcan el ritual de nuestro paso por el mundo. La materialidad tiene agencia, dicen los sociólogos en la actualidad; algo hay de cierto. Por ejemplo no puedo soltar las primeras botitas que usaron mis hijas, que ahora fungen de portalápices en mi escritorio. 

Precisamente en estos días estuve leyendo la novela de Orhan Pamuk El museo de la inocencia. La historia, dicho de manera muy rápida, cuenta el amor pasional de una pareja imposible; el joven enamorado empieza a coleccionar cada objeto que pasó por las manos de la amada -hasta las más de cuatro mil colillas del cigarro que rozaron sus labios- y las guarda cuidadosamente, como una manera de paliar su ausencia. 

Vuelvo a la pregunta inicial: ¿qué conservaría si algún momento de mi vida tuviera la oportunidad de tener una caja con cosas para la eternidad? ¿Mi primer libro? ¿el recorte del primer artículo que publiqué en prensa? ¿alguna de mis cámaras? ¿algo de mis hijas? Difícil saberlo.

Sé que en parte es una pregunta ociosa, pero también entretenida. Finalmente, somos parte de una red de materia interconectada, y los objetos condensan nuestra historia. 

Hugo José Suárez es sociólogo, investigador de la UNAM.

error

Te gusta lo que ves?, suscribete a nuestras redes para mantenerte siempre informado

YouTube
Instagram
WhatsApp
Verificado por MonsterInsights