Maurizio Bagatin

De Coubertin afilaba su conjetura…

Había leído todos los libros posibles sobre los roles en el futbol, La solitudine dell’ala destra de Fernando Acitelli (La soledad del ala derecha), I portieri del sogno de Darwin Pastorin (Los arqueros del sueño), y de los genios de este festín, The Best, Un pajarillo llamado “Mané”…

El futbol fue para muchos un pretexto, escaparse de mujeres insoportables en las tardes de tediosos domingos, desahogarse de las semanas transcurridas en grises fábricas de horribles periferias, acudir al circo por atracción, encanto, frustración o simple costumbre en el nihilismo de la contemporaneidad.

El deporte que, por excelencia, crea la esencia del equipo, se iba desarrollando en roles claves, Peter Handke que singulariza aún más el rol del arquero, en su soledad “mística y enigmática”, y dos filósofos que organizan un extraño encuentro en ocasión de la final del mundial de futbol entre Inglaterra y Alemania, Junger y Heidegger sentados en la forestaría del castillo de Wilflingen, una aldea casi olvidada, con un solo café y una iglesia.

Con el futbol no es el caso de citar lo que debería ser su contrario, el aburrimiento. Los niños cuando ven algo redondo que se mueve o algo que puede ser pateado, empiezan a correr, en los adultos desencadena el recuerdo de su primer equipo, en un imaginario colectivo, que es siempre personal. A menudo resulta ser verdad cuanto dijo Sartre, el fútbol es una metáfora de la vida.

“Jugamos en Klagenfurt, patria de Robert Musil, enfrentando al equipo local con jugadores que siempre estaban en el banquillo durante toda la temporada y por aquel partido sacaron toda su rebeldía. Ellos con varias categorías superiores a la nuestra. La calidad del futbol fue dictada por el ritmo que dejó en las piernas la noche antes. Noche de clubes. Olvidamos el pasado, las antiguas y brutales heridas de la historia, la temporada en el infierno que duró treinta años. Club 55. Noche extraída de un cuadro de Georg Grosz, de aquella poesía tan metafísica para incomodar a Vujadin Boskov: “Pelota entra cuando Dios quiere”. Y Dios no estaba con Robert Musil y tampoco con Thomas Bernhard, sí con las belles de jour que durante la noche daban color a los días, desplazando todas las contradicciones de un mundo obsoleto, como si fuera narrado por Heinrich Boll. Entrando y saliendo de algo que para mucho era irreal, para otros el lugar común de su pasado. Una mirada a la Viena de los salones psicoanalizados y otra a Sissi, la emperatriz triste. Empatamos, entonces, plato de los Balcanes para todos: Cevapcici. Era solo un partido amistoso”.