Un divorcio llamado Brexit, y posibles lecciones para Bolivia

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Hace algún tiempo, un amigo –con un par de cervezas de por medio– se quejaba amargamente sobre la situación de su matrimonio, llegando incluso a pedirme consejo al respecto (no sé por qué suelo recibir solicitudes de consejo en estos casos, considerando mi ya aparentemente permanente condición de soltero/separado/abandonado; en fin… tema para otra columna). Al prolongarse la situación, y luego de un par de respuestas automáticas y fallidas, me atreví a sugerirle que considere la posibilidad del divorcio. Recuerdo con claridad su respuesta.

¡Noooo! Imposible. Algunas cosas están a mi nombre, otras a nombre de mi mujer, aunque la mayoría las pagamos juntos. Y algunas otras cosas ya están incluso a nombre de los chicos. El divorcio sería un caos para todos. No hay otra que seguir adelante.

Palabras más, palabras menos, esa fue su respuesta. Y a mí me pareció bien, sobre todo porque nos permitió cambiar de tema (para hablar de fútbol, supongo). Sin embargo, luego me di cuenta del potencial de la anécdota, y suelo usarla como ejemplo en mis clases de integración económica.

Y es que cuando el nivel de integración –ya sea de personas o de países– es alto, con intereses comunes, con empresas (o hijos) fuertemente dependientes de esa integración, y con perspectivas futuras expuestas también al bienestar del proceso integracionista… el divorcio es muy difícil. No imposible, pero su realización suele dejar secuelas dolorosas.Y creo que eso es lo que sucede con el BREXIT. Se tomó la decisión del divorcio en un momento de ánimos caldeados (la película BREXIT, del año 2019, dirigida por Toby Haynes y protagonizada por Benedict Cumberbatch, expone con bastante claridad este tema), y luego el peso de la palabra empeñada fue muy grande como para echarse para atrás (pues sí, en otros países el resultado de los referendos se respeta, pase lo que pase).

Aún se especula sobre qué fue lo que impulsó el divorcio en una relación de 47 años, que aparentaba ir bien, por lo menos vista de afuera. Se apunta al descontento de ciertas regiones que no sentían haber sido favorecidas por la pertenencia a la UE, al ingreso de varios países de Europa oriental, que rompieron el equilibrio que se tenía antes, e incluso a cierto manejo político del tema, sin un deseo real de abandonar la UE, pero agitando esa bandera. Consideraciones políticas aparte, podría tratarse sobre todo de una consecuencia del software de la empresa Cambridge Analytica, utilizado en la campaña pro-BREXIT. No hay consenso al respecto.

En los hechos, el BREXIT se hará efectivo recién a fines del 2020. Mientras tanto, el Reino Unido sigue teniendo una Unión Aduanera con la UE (arancel cero con todos sus miembros y un arancel externo común), y continúa siendo parte del Mercado Común Europeo (libre circulación de factores de producción, mano de obra incluida). Es decir, la pareja llegó a un divorcio que se formalizará a fin de año, pero mientras tanto, siguen viviendo juntos, y gozando de las mieles de la vida en común. Nada mal.

El tiempo parece corto para que la generación nacida dentro de la UE y que ahora deberá aprender a vivir fuera de ella (el segmento contrario al BREXIT más fácil de identificar) logre cambiar la situación, pero es fácil imaginar que en algún momento habrá voces que pidan anular el BREXIT, o más adelante, soliciten su retorno a la UE. El tiempo dirá si la alegría o el desengaño por la recobrada independencia pesará más. También se deberá esperar la reacción de Gales (o de Irlanda del norte), que en algún momento amenazó convocar a su propio referéndum para abandonar el Reino Unido y volver a la UE.

Como decía el Periódico inglés The Guardian hace poco: Las emociones mezcladas del día del BREXIT muestran que el Reino Unido aún no está a gusto consigo mismo.

¿Y Bolivia? ¿Puede sacar alguna lección de todo esto?

Siguiendo con el tenor de esta columna, Bolivia hace años decidió vivir en soledad, y eso no es bueno. Nuestro país restringió notoriamente sus lazos comerciales en sus años de devaneos socialistas del siglo XXI, manteniendo como socios solo a aquellos que compartían ideología, mientras daba la espalda a los mercados más grandes. Algo así como salir solamente con la prima, sin prestar atención a las féminas más allá del círculo familiar. Si bien en la adolescencia los enamoramientos entre primos suelen ser habituales, con el pasar de los años quedan solo como un bonito recuerdo. Lo contrario debería requerir ayuda profesional, supongo, y esa es la senda que Bolivia transitaba.

Hace poco, se dejó oficialmente de frecuentar a nuestra barbuda prima caribeña (que hace mucho pasó sus mejores años, además), y está todavía a tiempo de buscar la felicidad por otros lares. Debería mirar a Europa, EE.UU. y Asia. Quizá no se encontrarán primas guapas, pero sí mercados, grandes mercados, imprescindibles para el desarrollo de la industria y la economía nacional en el futuro inmediato.