Miguel Alfonso Ávila
Yo tenía ocho años cuando empecé a mirarlo desde la ventana de mi cuarto, la que daba directamente a la calle Libertad. Mi abuela solía decir que no debía fijarme tanto en el doctor Justo Román Bazán, que era un hombre «descompuesto por el amor y el orgullo ajeno». Pero para mí, en aquel Santa Cruz de principios de siglo, no existía personaje más fascinante que él entre todos los que cruzaban bajo el sol abrasador del mediodía.
Mi abuela me contó su historia en noches de luna llena, mientras cosía junto a la ventana que daba a la calle. Decía que el doctor había sido uno de los abogados más respetados de la región: hablaba cinco lenguas, y cuando pronunciaba sus discursos en la plaza, hasta los pájaros que anidaban en los álamos de la explanada se callaban para escucharlo. Había amado a una mujer de la casa grande que se alzaba al final de la calle Libertad, la que tiene rejas de hierro forjado y un jardín lleno de rosales rojos que nunca parecían marchitarse. Un día de primavera, llegó una carta con el sello de esa familia, y él se preparó como si fuera a coronarse rey: lustró sus zapatos de cuero hasta que brillaron como espejos de agua, se vistió con su mejor traje y compró un ramo de claveles y jazmines que aún tenían rocío del monte sobre sus pétalos. Pero cuando llegó a la puerta maciza de la casa, esta se quedó cerrada. Mi abuela dijo que la carta había sido una farsa tejida por los parientes de la joven, que no querían que se casara con un hombre de «clase media», aunque fuera tan brillante: para ellos, el linaje era más importante que el talento. Ese día, el doctor Bazán cerró para siempre su despacho en la calle Sucre, donde los libros llegaban hasta el techo, y empezó a caminar por las calles de la ciudad sin cesar.
En aquel entonces, Santa Cruz de la Sierra no era la metrópolis grande que es hoy. Era un pueblo tejido entre arenales y sombras, donde el sol de la siesta extendía su manto dorado sobre extensos campos de arena blanca —tan vastos y puros que parecían un mar de sal secado por el trópico. El contraste entre aquella blancura que hería los ojos y la figura del doctor era casi violento: él aparecía siempre como una
mancha de sombra perfecta y persistente, su saco oscuro de un paño grueso que parecía absorber todo el calor sin inmutarse ni arrugarse. Se recortaba contra el horizonte como un cuervo elegante caminando sobre la nieve. Mientras el resto del pueblo se vestía con lino blanco y pantalones de manta para refrescarse del calor húmedo, él reafirmaba su dignidad y su memoria con la negrura de su traje, como si llevara consigo un pedazo de la noche para enfrentar el sol que tanto abrasaba la tierra y el alma.
Una tarde de octubre, cuando el aire aún llevaba el aroma de las cosechas de caña, fui vencido por una curiosidad que me quemaba por dentro más que la arena bajo mis pies descalzos. Saqué la cabeza por la puerta de casa y me aventuré a caminar hacia la Plaza de Armas —que hoy llaman Plaza 24 de Septiembre—. Los dedos de mis pies ardían con cada paso sobre la tierra caliente que había absorbido todo el calor del día, pero seguí hasta llegar al centro del pueblo: allí, las palmeras cocoteras se mecían con una pereza milenaria, el agua de los pozos públicos reflejaba el cielo azul y el aire olía a tierra seca, a incienso que escapaba de la Catedral Metropolitana y a los azahares de los naranjos que bordeaban su atrio de piedra. Allí, justo bajo el ala sombreada de un enorme tajibo centenario que había visto nacer a la ciudad, alcancé la silueta oscura del doctor Bazán.
—Doctor Bazán… —susurré primero, demasiado bajo para que me oyera entre el crujir de los carriletes de madera y los gritos de los niños jugando a las canicas—, y luego repetí con más valor, poniéndome de puntillas: ¡Doctor Bazán!
Él se detuvo en seco, como si hubiera escuchado un llamado desde muy lejos, desde otro tiempo. Se volvió hacia mí con una lentitud ceremonial, como si cada movimiento fuera parte de un rito antiguo que no debía ser apresurado.
—Dígame, pequeño ciudadano —dijo, y su voz era profunda y resonante, como si viniera de un túnel del tiempo o del fondo de un pozo—, ¿en qué puedo servirle a su causa?
Mi corazón galopaba como un potro suelto por los campos de caña, pero me agarré con fuerza a la baranda de un banco de piedra tallada y respondí, sin dejar de mirarle a los ojos:
—Mi abuela dice que usted sabe muchas lenguas… Dice que sabe hasta francés. ¿Es verdad, doctor?
Bazán me miró fijamente, y sus ojos —que a veces parecían perdidos en el vacío infinito de los arenales— se enfocaron en los míos con una lucidez sorprendente, como si pudiera ver hasta lo más profundo de mis pensamientos, hasta el lugar donde guardaba mis propios sueños.
—La lengua, mi pequeño ciudadano, es la llave de las almas —respondió, pasando una mano cuidadosa por su solapa para estirarla, con una dignidad que recordaba a la de los obispos que venían de La Paz a visitar la ciudad—. El francés no es solo un idioma; es la música de la libertad, el susurro de los que se atreven a soñar más allá de sus fronteras, más allá de las puertas que les cierran los demás.
En ese momento, un grupo de jóvenes forasteros que descansaban en el banco de al lado —vestidos con pantalones de mezclilla y sombreros de paja que no eran de aquí— se percataron de nuestra presencia. Uno de ellos, más alto que los demás, se levantó con una sonrisa burlona, sacó una moneda de plata de su bolsillo y la extendió hacia el doctor:
—¡Oiga, doctor! Díganos algo en francés —gritó a todo pulmón, para que todos los que estábamos en la plaza lo escucharan—, a ver si es cierto que su locura es ilustrada y no solo un desvarío de viejo que se quedó prendado de una mujer que no lo quería.
El doctor no frunció el ceño ni se inmutó por la burla en sí misma, sino por el desafío que representaba al conocimiento y a la grandeza del espíritu humano. Se enderezó hasta quedar tan recto como una caña de bambú, sacudió con una mano firme el polvo de su hombro y, con una voz clara y potente que silenció incluso el murmullo de las hojas de las palmeras, comenzó a recitar los versos de L’Albatros, de Charles Baudelaire:
«Le Poète est semblable au prince des nuées / Qui hante la tempête et se rit de l’archer… / Mais, lorsqu’à terre il met ses grandes ailes, / Il est sujet aux railleries des enfants…»
Mientras hablaba, sentí que el aire de Santa Cruz se enfriaba como si una brisa fresca llegara directamente de las costas de Francia, del mar que yo solo había visto en los libros. No entendía las palabras, pero comprendí el sentimiento: el poeta es como el albatros, un príncipe en las nubes que, al descender a la tierra, ve sus alas gigantes convertidas en un estorbo que provoca la risa de los hombres pequeños. El doctor era ese albatros: un gigante atrapado en un pueblo de tierra, cuyas alas de intelecto le impedían caminar sin tropezar con la incomprensión. Lo sentí en su tono de voz —líquido y amargo a la vez—, que sonaba como seda rasgándose contra la rudeza de la arena y la ignorancia de los hombres.
Para mí, en aquel instante, el doctor Bazán era ese albatros: un príncipe de las nubes atrapado en un pueblo de tierra y sol, cuyas «alas de gigante» le impedían caminar entre la gente común sin tropezar con la incomprensión y el orgullo que habían cerrado la puerta de la mujer que amaba. Las palabras francesas flotaron sobre los carretones de bueyes y las lonjas de la plaza como mariposas exóticas que habían llegado de otro mundo, tiñendo el aire de un azul profundo que yo no había visto nunca antes.
Los jóvenes se quedaron mudos, con la sonrisa burlona congelada en sus rostros. Al terminar la recitación, el doctor no tocó la moneda que el muchacho seguía sosteniendo. Miró a los muchachos con una lástima infinita, como quien mira a niños pequeños que no saben lo que hacen, y sentenció con voz firme:
—La pobreza no está en el bolsillo que busca una moneda para sobrevivir, sino en el alma que necesita burlarse de los demás para sentirse grande. Guarden su plata; yo ya soy dueño del universo que habita en cada palabra, en cada verso que nadie pudo arrebatarme.
Sin más, se volvió y continuó su camino por la arena blanca, con la misma compostura de siempre, como si nada hubiera perturbado su marcha.
Pasaron algunos meses. La ciudad empezaba a cambiar: llegaban los primeros camiones con cemento para enlocetar las calles principales, y ya se notaba menos la arena blanca en los caminos. Una mañana fría de julio —rara para nuestra tierra trópical, donde el frío es un invitado que no se queda mucho tiempo—, estaba en mi cuarto cuando vi al doctor Bazán detenerse frente a mi casa. Esta vez, no miraba al horizonte ni a las sombras: miró directamente hacia mi ventana y sonrió levemente.
—¡Pequeño ciudadano! —llamó con su voz profunda, que se escuchaba aún en el silencio matutino—. ¿Podría bajar un momento?
Corrí las escaleras tan rápido que casi me caigo en el último peldaño. Cuando salí a la calle, él estaba apoyado en un poste de cuchi, más delgado que de costumbre y con arrugas más marcadas en su rostro, pero con su saco y su corbata tan bien puestos como siempre.
—He venido a dejarte algo —dijo, metiendo la mano con cuidado en el bolsillo interior de su saco, como si guardara un tesoro—. Cuando yo me fuera, quería que alguien recordara lo que significa ser un caballero en un mundo que olvida las cosas nobles, que confunde la grandeza con el poder y la riqueza.
Sacó un pequeño libro de tapa dura, amarillento por el paso del tiempo, con letras doradas en la portada que leían Les Fleurs du Mal. Sus páginas tenían el aroma de papel viejo y de algo que me recordó a la arena seca.
—Es en francés —me explicó, pasándomelo con ambas manos como si fuera un objeto de cristal que pudiera romperse—. Algún día aprenderás a leerlo, a entender cada verso. Y cuando lo hagas, entenderás que los grandes sentimientos —el amor, la tristeza, la dignidad— no tienen fronteras ni idiomas; hablan el mismo lenguaje en todas partes del mundo.
—¿Por qué me lo das a mí, doctor? —pregunté, sosteniendo el libro con ambas manos para no dejarlo caer.
—Porque fuiste el único que se acercó a mí para preguntar por la música de las palabras, y no por mis locuras ni por la historia que la gente cuenta de mí —respondió con una sonrisa suave, la primera que veía en su rostro en todos los años que lo observaba—. Recuerda: la verdadera grandeza no se construye con cemento ni con monedas de oro. Se construye con cada verso que guardas en el corazón, con
cada acto de respeto que le tienes a los demás, aunque el mundo te trate como a un extraño.
Ese fue el último día que lo vi en pie. Dos semanas después, mientras llovía sobre las calles recién pavimentadas, mi abuela me contó que había muerto en su cama, a los 81 años, con un libro en la mano y una sonrisa en los labios. El cemento ya había cubierto gran parte de la calle Libertad, y los arenales blancos comenzaban a desaparecer para siempre bajo el hormigón gris.
Hoy tengo setenta y cinco años, y conservo aquel libro de Baudelaire en mi estantería —ya lo sé leer en francés, y hasta he traducido algunos versos al español para mis hijos y mis nietos—. Cuando lo abro, siento el aroma de la arena y del jazmín de antaño, y veo en cada página la sombra del doctor caminando por la calle Libertad.
Mis nietos no conocen los arenales que una vez cubrieron Santa Cruz, ni se imaginan cómo era sentir el calor de la tierra en los pies descalzos. Pero les cuento la historia del doctor Bazán cada vez que llega el surazo y el viento silba entre las pocas tejas coloniales que aún quedan en el centro de la ciudad. En esas noches, cuando el aire está frío y quieto, escucho un eco suave de versos franceses que parecen flotar en el aire, como si vinieran desde el tajibo centenario de la plaza.
Sé que es él, el doctor Justo Román Bazán —el caballero de los arenales—, recordándonos que ser noble no depende de títulos ni de linajes: es llevar bien abotonada el alma, con dignidad y elegancia, aunque el mundo sea un desierto de arena o una selva de cemento, y aunque las puertas de las casas grandes se mantengan, para algunos, cerradas para siempre.
Epílogo: Las huellas en la arena
Hace poco, en una mañana de septiembre cuando el sol empezaba a calentar la ciudad, mis nietos —Carlos, de dieciséis años, y Sofía, de catorce— me pidieron que los llevara al lugar donde vivió el doctor Bazán. Sabían la historia de memoria, y Carlos había encontrado en internet una vieja placa que indicaba que en la calle Sucre, número 732, había funcionado el despacho de un abogado llamado Justo Román Bazán a principios del siglo pasado.
Caminamos por las calles pavimentadas, entre edificios de vidrio y acero, hasta llegar al número indicado. Allí no quedaba rastro del despacho ni de la casa que alguna vez fue suya: ahora es una librería pequeña, con estanterías llenas de libros de todos los idiomas del mundo.
—¿Acaso aquí vivió el doctor? —preguntó Sofía, tocando la puerta de madera con curiosidad.
Entramos, y el dueño de la librería —un hombre joven de ojos claros— nos saludó con una sonrisa. Cuando le contamos por qué estábamos allí, su rostro se iluminó.
—El doctor Bazán —dijo, bajándose a una caja debajo del mostrador—. Hace unos años, cuando renovábamos el piso de la librería, encontramos esto debajo de unas losetas rotas.
Sacó un pequeño cofre de madera tallada, con un candado oxidado que ya no cerraba. Al abrirlo, encontramos una foto en blanco y negro: era el doctor Bazán joven, con traje claro y una sonrisa amplia, junto a una mujer de cabellos oscuros que sostenía un ramo de jazmines en la mano. Junto a la foto, un papel amarillento con unas líneas escritas a mano en francés:
«Pour celle que j’ai aimée, pour les mots que nous n’avons pas dits. La grandeur n’est pas dans la maison que l’on habite, mais dans l’âme que l’on porte.»
(Para ella que amé, para las palabras que no dijimos. La grandeza no está en la casa que habitamos, sino en el alma que llevamos consigo.)
Carlos cogió la foto con cuidado, mientras Sofía leía las líneas en voz alta. En ese momento, el viento entró por la ventana de la librería, llevando consigo el aroma de jazmín que viene de un pequeño jardín en la parte trasera —un jardín donde, según el dueño, siempre ha habido rosales rojos.
—¿Crees que es ella? —me preguntó Sofía, mirándome a los ojos.
Asentí con la voz apretada. Sabía que aquel ramo de jazmines en la foto era el mismo que el doctor había comprado aquel día en que la
puerta se cerró para siempre. Pero también supe que, a pesar de todo, nunca había perdido la fe en la grandeza del espíritu humano.