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Un cuarto de siglo

Maurizio Bagatin

Viginti quinque, cinco lustros -lustrum si hubieran sido puros o limpios todos estos años- que van terminando. Pero el étimo no siempre acompaña la Historia. En Bolivia inició este siglo con el pueblo en las barricadas y parece que este cuarto de siglo está acabando propio como empezó. ¿Rebelión en las venas, seguirá diciendo el historiador James Dunkerley? No estoy completamente de acuerdo. La ciclicidad de la Historia nos ha enseñado mucho y mucho lo hemos olvidado tan pronto. A veces la tortilla se vuelca y todo está patas arriba, las condiciones se invierten y hasta para los historiadores resulta más complejo escribir la Historia. Todo se vuelve un farrago, un comistrajo difícil de componer y al cual darle una imagen sincera. El tiempo será el maestro y el único en ofrecernos una sano y lucido metabolismo de ella.

No hay historia verdadera sin datos falsos, dijo con tanta sabiduría el maestro Augusto Roa Bastos, el hombre llega siempre a introducir un aporte infiel a los hechos que ocurren verdaderamente. Una mentira por el bien, una falsedad para engañar, un fingimiento para sobrevivir, una mentira para consolidarse. Y no siempre es astucia, o aquella metis que permitió a Ulises retornar a su Ítaca. Los datos falsos de los cuales nos habló Roa Bastos siguen definiendo el poder, porque el poder es y siempre será simplemente discurso. Tal vez solo el arte, particularmente la literatura, logre explicar la realidad.

Desde el “mosaico de la ignominia” al cual se refería Borges, y en el cual seguimos viendo los poderosos de turno, hasta la tragedia de las guerras, la peor aberración del ser humano, la ciclicidad de la Historia nos repite la misma lección de siempre. Y seguimos sin aprender nada.

¿Nada ha cambiado, o todo cambia y siempre gattopardescamente? Mientras a cambiar somos nosotros en nuestras fisionomías, en nuestros perfiles que algún día hemos creído inmutables. Y cambian también nuestros pensamientos, nuestras actitudes, nuestras posiciones. Nada es eterno. No recuerdo quien dijo que solo los cretinos no cambian nunca. Así debe ser, todo se transforma, es el principio aristotélico que también la química confirmó.

Un cuarto de siglo sin comprender el caos que nos gobierna. Falta de humanidad, ante todo, y una brecha entre ricos y pobres que se ha alargado elásticamente, y con la miseria humana galopando en su avanzada. Datos desconcertantes y hechos a la vista de todos. Solo nuestra contagiosa ceguera -hablo de la ceguera que describió otro maestro, José Saramago- y nuestra hipocresía a esta altura puede no hacernos reconocer la brutal descomposición del ser -pienso en los brutales feminicidios, al abandono de indefensas criaturas y a la violencia hacia la naturaleza- y la deshumanización que procede a ritmo irrefrenable.

¿Desesperanza? Como buenos optimistas bien informados, seguimos en dirección obstinada y contraria, como nos indicó el Poeta -el amor que vendrá, al servicio de la verdad y de la vida- otra vez el ser humano sabrá hacer de la necesidad el genio, porqué la abundancia sigue eclipsando la inteligencia. ¿Cómo lo haremos?, esta es la incógnita para el mañana.

Quizás sea simplemente cuidando nuestras huertas, como sugirió el Cándido de Voltaire.

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