Ulises Paniagua escribe como quien se enfrenta a sus propios fantasmas y decide darles nombre. En títulos como En tanto que permanezca el mundo, Patibulario. Cuentos al final del túnel, La ira del sapo o Luminosa y sombría, su obra se despliega entre la narrativa y la poesía, entre la filosofía y la memoria, construyendo un territorio donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan. Cada libro suyo es una cartografía de lo humano: la ciudad como escenario y herida, el tiempo como desafío, el cuerpo como ritmo, y el miedo como materia de creación.
Leer a Paniagua es entrar en un espacio donde las palabras no buscan respuestas fáciles, sino preguntas que incomoden y revelen. Su escritura es confesión y resistencia, es un modo de habitar el mundo con lucidez y fragilidad. En su obra, la poesía se abre como grieta y la narrativa como puente; la filosofía late como corriente subterránea que sostiene cada página.
Esta entrevista no pretende ser un cuestionario, sino una conversación íntima, como la que se tiene con un amigo en una tarde larga, cuando las palabras se convierten en compañía y revelación. Aquí buscamos descubrir al escritor y al hombre: sus rituales, sus obsesiones, sus referentes, su visión del mundo y sus miedos. Porque en Ulises Paniagua, escribir no es solo crear: es respirar, sanar y desafiar el silencio.
Entrevista
1. Ulises, si tuviéramos que presentarte sin mencionar tu nombre, ¿qué imagen elegirías para decir “yo soy”?
Nadie; tal evanescencia. Como el Nadie de Homero en “La Odisea”, aquel nombre que Ulises asume para desprenderse del interés del gigantesco cíclope Polifemo.
2. ¿Recuerdas el instante en que descubriste que la literatura podía ser refugio? ¿Qué te llevó a quedarte en ella?
Lo recuerdo con nitidez. Una tarde me encerré, dentro de un clóset, a leer el primer libro que compré con mis ahorros. Había leído varios títulos que había comprado mi padre para la familia, o que me prestaron algunos vecinos. Este libro, en cambio, lo compré con lo correspondiente a una beca, porque yo era y he sido un buen estudiante (espero no me odien por ello). Aún me recuerdo leyendo, ajeno a los problemas familiares que nunca faltaban, mirando cómo la luz de la tarde ingresaba, en su esplendor, entre las persianas que iluminaban mi metro cuadrado de cielo. Tal libro era una compilación de la obra de Juan Rulfo por parte del Fondo de Cultura Económica. Un ejemplar hermoso, de pasta dura, muy blanco. Recuerdo descubrir que me encantaría vivir allí, en medio de la belleza del instante poético que la lectura obsequiaba. Otro mundo dentro del mundo. La literatura es refugio, doy fe de ello, ante lo ordinario, la violencia, el horror humano.
3. La ciudad aparece en tu obra como un personaje vivo. ¿Qué significa para ti escribir desde la ciudad y sobre la ciudad?
La ciudad es un animal salvaje. La más tierna flor y el acto más asombroso de prestidigitador o un miserable pueden aparecer sobre sus banquetas, al mismo tiempo. Somos los muros y las plazas que habitamos; encarnamos en ellos. De manera dialógica, dichas paredes y espacios constituyen los escenarios de nuestros poemas, novelas o cuentos. La ciudad es la costilla que nos falta, y que buscamos de forma perpetua. La idea del flâneur, de manera más bien inconsciente, ha estado presente en mí y dentro de mi obra desde los veinticuatro o veinticinco años de existencia. En aquellos tiempos, en compañía de otro poeta y un buen amigo guitarrista, solía caminar las calles y los callejones. Andábamos por aquí o por allá al modo de “Los caifanes” de la película, o “Los detectives salvajes” de Bolaño, en busca de peripecias al azar. Visitamos bares, fiestas, tertulias, parques, ferias, bebimos y fumamos en las banquetas… Solía decir que en ocasiones éramos más infras que los que se creían infrarrealistas entonces.
La ciudad estaba viva, respirábamos a su ritmo. Solíamos terminar el recorrido, a las 2 am, en un Sanborns 24 horas que está o estaba sobre avenida Juárez. Apenas nos alcanzaba para un café americano, éramos pobres. Recuerdo que gracias a mi amigo músico descubrí “Las ciudades invisibles” de Calvino. Incluso montamos una escena de la Ersilia calvinesca en una obra de teatro. Andar a la deriva, como lo concibe Guy Debord, era un motivo que daba sentido o un sinsentido a la existencia. Hay dos Ciudades de México: la efervescente, pública, caótica y turística de la luz del día; y la clandestina de la nocturnidad. Es una urbe espejo.
4. ¿Qué enseñanzas de la infancia siguen acompañándote, incluso cuando quisieras olvidarlas?
Ser valiente puede convertirse en imprudencia. Eso lo aprendí pronto, pero no bien. Siendo un niño fantasioso, había poco que pudiera atemorizarme así que era capaz de cualquier cosa. En la juventud tuve esa sensación, y aún la conservo de vez en cuando: el pensar que podemos lograr casi todo lo que nos proponemos. A la gente no le gustan esos seres extraños que persiguen los sueños a campo abierto, así que tuve y sigo teniendo constantes choques con una realidad impuesta por gente miserable que odia a los que sueñan. Cada vez comprendo mejor a Don Quijote de la Mancha. Aprendo poco al respecto, y aprendo lento. No me arrepiento de mi ingenuidad, me ha llevado lejos; por ejemplo, a esta entrevista virtual desde Bolivia a la que amablemente me invitas. Soñar me hermana con Bolivia, Latino e Hispanoamérica.
5. Tus textos se mueven entre lo íntimo y lo social. ¿Qué te da la narrativa que no te da la poesía, y qué te exige la poesía que no te exige la narrativa?
Narrativa y poesía están íntimamente ligadas, más de lo que se pretende. Quizá una distinción entre ellas es que la narrativa exige una estructura dramática: debe ocurrir algo, aunque parezca que no ocurre nada, dentro de sus páginas (incluso cual sucede en novelas como “El innombrable”, de Samuel Becket). La poesía, por su parte, carece de esa propuesta aristotélica del drama (movimiento). Es posible, no obstante, contar una historia en un poema, como ocurre en “El Gólem” de Borges, o alcanzar escenas de sublimación poética al estilo del “Paradiso” de José Lezama Lima. Ambos géneros pueden hacerte pensar o sólo sentir. Ambos géneros son humanos e intensos.
6. ¿Tienes algún ritual antes de escribir, alguna música, algún gesto que te acerque a la página en blanco?
De forma reciente, me ha dado por preparar un mate y beberlo con parsimonia mientras escribo. A veces hasta dos. Alguna época me dio por fumar. De forma regular escribo mientras bebo una copa de vino y escucho jazz. El jazz es una forma viva de la música que permite imaginar, sentir y pensar. Por alguna razón que desconozco, sitúo mi silla en una esquina, de espalda a las paredes, lo que me permite tener una visión amplia de la sala y sobre todo de la ventana. Debe ser una especie de cábala. No escribo con vista a la pared. Cuando escribo por la mañana, me encanta la sensación de ver entrar la luz del sol en su esplendor cotidiano. Este asunto de la luz asaltando los espacios debe ser una especie de fetiche.
Una vez una mujer uruguaya me criticó en redes sociales, por cierto, porque dijo que era extraño que un mexicano tomara mate. Así soy, qué vamos a hacer, raro en todo momento. El hecho de que ella me critique no resta, para nada, la delicia del mate.
7. La filosofía atraviesa tu obra como un río invisible. ¿Qué preguntas filosóficas te persiguen cuando escribes?
Me he preguntado sobre diversos temas. El ars poética, por ejemplo, que es lo común en casi cualquier poeta. Aunque también me interesan temas actuales como el origen del universo, el asombro del funcionamiento del cuerpo humano, la maravilla que es la mente y la relación, casi electromagnética, del libro con respecto a nuestro cerebro y el exo-cerebro. Y, ¿por qué no?, la profunda metafísica que acarrea la aparición de la inteligencia artificial. Todo cabe en la obra sabiéndolo acomodar. No es una imposición; son hilos comunicantes. El tema de la belleza, del fenómeno estético y las teorías de la recepción de la obra artística me han apasionado, a su vez.
8. ¿Escribir para ti es también un acto político, además de estético y espiritual?
Lo ha sido de forma indudable en mis libros, de manera clara y por periodos. Hay libros de poemas que he escrito con una visión política, anti-global, latinoamericana, como lo es el “Nocturno imperio de los proscritos”, que hoy encaja bien ante los aires de fascismo que corren. Lo mismo ocurre con algunos cuentos, de crítica política y ciencia especulativa donde se tacha al sistema y a la injusticia de clases, y que aparecen en libros como “Entre el día y la noche” e “Historias de la ruina”.
Un editor español me acusó (cómo le gusta acusarme a la gente) de ser muy político y mexicanista en algunos cuentos de esos ayeres. Él no sabía, en su desconocimiento, que la literatura mexicana del siglo XX se formó bajo una visión estética, literaria y seria; pero entrañablemente política. Basta ver la obra de Agustín Yáñez, Carlos Fuentes o Jorge Ibarguengoitia; incluso en Juan Rulfo y Rosario Castellanos hay crítica social. Con Latinoamérica ocurre lo mismo. Por mencionar algunos autores, tenemos a Carpentier, a García Márquez, al primer Vargas Llosa, a Cortázar, Roa Bastos o Rómulo Gallegos. En fin. Yo crecí leyendo esa literatura.
9. ¿Qué autores y artistas han sido tus faros, tus sombras, tus espejos?
Borges. Entre más aprendo más me remito a muchas de sus ideas, su humor, su consejo. Kafka es un autor al que acudo en mis escritos de manera indirecta e inevitable, según creo. Tengo algo de su pesimismo y su humor irónico. Luego, ha habido desfile de diálogos, casualidades y encuentros: Carlos Fuentes, Gabo, Stanislaw Lem, John Kennedy Turner, Milorad Pávic, el propio Italo Calvino, algo de Clarice Lispector…
10. ¿Cómo dialogas con el tiempo en tu obra? ¿Escribir es detenerlo, desafiarlo, habitarlo?
El tiempo es un ente desconocido, una dimensión inexplicable que se extiende y distiende a placer, fuera de nuestro control y entendimiento. Salta y se enfurruña. Una escena puede volverse lenta, densa, pesada, gracias al manejo del tiempo: una literatura en cámara lenta, como lo hace Marcel Proust.
El tiempo es a su vez un enemigo. Somos, por fortuna, mortales y mínimos ante los misterios del continuo universal. Puede ser frustrante, como ocurre en uno de mis cuentos, habitar una casa con mil relojes. El tiempo es también un tigre que ronda la nieve, en espera de cazarnos, como lo describí en mi novela “Ese lugar existe”. El tiempo todo lo destruye, pero nos moldea. Está presente en una elipsis narrativa, en el cut up de un poema; en la velocidad, la inmovilidad y la circularidad cuántica de mi obra y de la vida.
Qué gran pregunta, por cierto. No me había detenido a reflexionar en ello con anterioridad.
11. ¿Qué papel juega el cuerpo en tu proceso creativo? ¿Hay una corporalidad en el ritmo de tu escritura?
Sí. Sobre todo en un par de cuentos dentro de “En tanto que permanezca el mundo”. Allí utilicé una técnica de transmutación cuerpo-lugar que aprendí leyendo a la interesantísima escritora chicana Gloria Anzaldúa. Me volví ciudad. Lo he hecho, a la vez, en algún poema donde conviven, dentro de los versos, mis placas dentales, mis venas podridas y autoras y autores como Pizarnik, Misloz y Huidobro. El cuerpo se vuelve literatura. Las ambientaciones en mis novelas suelen ser un tanto corporizadas en sensaciones, como si uno se hallara dentro de una realidad virtual. Al menos eso he buscado, que el lector transmute hacia el personaje. Clarice S. Lundong, por ejemplo, es un personaje femenino que no puede ni debe desprenderse de mi masculinidad. Hay una búsqueda, en una de mis futuras novelas, por comprender que hombres y mujeres no somos diferentes, al modo de los andróginos de los que hablaba Platón. El cuerpo es cuerpo, pero es habitado por un alma sin género, con múltiples coincidencias con la otredad. Un poco loco este asunto, claro, donde el cuerpo y el no-cuerpo están presentes.
12. Tus libros han sido reconocidos por su fuerza y originalidad. ¿Qué temas atraviesan esas páginas y cómo dialogan entre sí?
Intento ser intertextual. Poca gente ha notado que ciertos personajes aparecen en una historia u otra, en un libro u otro posterior de mi propia pluma. Julio Jorge Cronos Azahar, la misma Clarice S. Lundong, Agamenón Uruchaga o el ucraniano Úldrich Pávlov están presentes en distintas obras. Mis primeros libros de cuento, por otra parte, pueden leerse de forma aislada dentro de sus historias, pero existen elementos conectores que las entrelazan. Me gustaba mucho la estructura cinematográfica de los años 90s que hacía coincidir a los personajes dentro de un evento al que se llegaba desde distintos eventos: almas errabundas que se encuentran brevemente dentro del extenso páramo urbano. La ciudad como causalidad y anonimato. Dejé esa estructura porque la ocupé en tres de mis primeros cuentarios. Tuve que buscar nuevas formas, otros modos.
En cuanto a temas sí, el tiempo, que ya mencionamos. Aunque me preocupan el amor y el desamor, la experiencia estética, la crisis del agua, el dolor de los muchos pobres, la locura, la ayuda humanitaria, la cuántica del fenómeno poético y narrativo, la violencia en las juventudes y la violencia ejercida contra ellas, el conocer qué nos hace humanos…
13. ¿Cuál de tus obras sientes más cercana a tu vida personal y por qué?
Tengo un par de historias extrañas, “Mi vida entre las calles”, en su primera y segunda parte. Funcionan como episodios autobiográficos con evidentes toques de lo fantástico. Me gusta mucho el asunto de la indeterminación entre lo real y lo ficticio. En “La ira del sapo” también hay grandes preocupaciones personales, temas que he abordado, como el maltrato de los padres sobre los hijos, la confusión existencial, la duda perpetua; esa forma de hacer las cosas que parece natural, y que condena a la gente a estar sola. Tengo una serie de novelas existencialistas. La soledad es constante, como tema, en mis libros. Alguna abuela o bisabuela aparece en mis historias, por cierto. Mi bisabuela, en especial, es la metáfora, la encarnación de la paz espiritual, mi ancestra acompañante.
14. La poesía en tu obra parece ser un territorio de revelación. ¿Qué te permite la poesía que no te permite ningún otro género?
Explorar temas desde un ángulo particular. Por ejemplo, el delirio por el delirio en sí. O las numeraciones caóticas como expresión de lo micro y macro cuántico lejos de una finalidad narrativa como ocurre en “El Aleph” de Borges. Walt Whitman ya lo había experimentado mucho antes, por cierto, igual que Allen Ginsberg.
El ritmo, un ritmo corto o largo y envolvente, es lo que también busco en la poesía. La experimentación en la musicalidad de las palabras es algo que también amo como arcano y revelación. Al escribir poesía en ocasiones hablamos con los muertos o ellos hablan a través de uno, pero ese lenguaje es melodía. Hay una hermosa y misteriosa matemática en el ritmo de las palabras, y no me refiero sólo al soneto sino desde luego al verso libre, desnudo, o estructurado con discreción.
Pienso en Huidobro, Girondo, Cortázar, Gorostiza. Un ritmo racional, una melancolía sosegada o un frenesí explosivo, todo es posible bajo el asalto rítmico de la poesía, sin que se convierta en canción o música pura.
15. ¿Qué te gustaría que sintiera alguien que te lee por primera vez? ¿Y qué esperas que quede en quienes te han seguido durante años?
Eso esperaría. Que sintiera. Que ayudara, lo que uno escribe, a volverse humano, un ser que existencialmente se forma a sí mismo y que se intercomunica con los otros y el universo. Claro, no sólo se trata de sentir, sino de pensar. Un libro que trastoque las reflexiones, que sea estruendo en los límites morales como “Crimen y castigo”, que sea «un hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros» cual diría Kafka; que sea una iluminación al estilo de Rimbaud; un asombro o descubrimiento a la manera de los viajes de Marco Polo. Eso se espera dejar en la gente.
16. ¿Qué pregunta nunca te han hecho y te gustaría que te hicieran ahora, aunque incomode?
¿Eres feliz como escritor?
17. ¿Qué miedos atraviesan tu escritura? ¿Cómo se transforman en palabra y en obra?
El más común es el miedo a no ser suficiente, a no estar a la altura del libro. Dentro de la creación de una extensa obra literaria hay picos altos y algunos altibajos. Uno, como diría Diego Armando Maradona, debe procurar tener partidos buenos y muchos muy buenos, pero nunca un mal partido. Mi miedo es crear un libro horrible. Mis detractores, con odio y envidia, dirán que ya lo he hecho; pero lo dudo porque pongo mucho empeño en lograr algo que no sólo me agrade y convenza a mí, sino que se deba a la gente.
El secreto de la escritura, aunque sea un acto íntimo, es ese remoto y desconocido lenguaje que se establece hacia las lectoras y los lectores. La escritura somos nosotros en los otros. Siempre da miedo tener errores de sintaxis, ortográficos, soltar el texto antes de alcanzar la forma perfecta. La perfección, desde luego, no existe, así que nos esforzamos a cada libro, en teoría cada vez más, en medio de un océano desconocido donde no sabes si tu mejor libro ya fue escrito por ti hace años. Escribir es incertidumbre. Un verdadero escritor nunca está totalmente satisfecho de su obra, salvo contadas piezas o excepciones. Errar es humano. Lo atípico es la obra maestra. Y eso lo juzga la sociedad, incluso puede ocurrir después de tu muerte. Puede no ocurrir nunca, existe esa posibilidad… “Yo sé muy que un escritor no llega a escribir nunca el libro que quiere escribir…”, comentó alguna vez Julio Cortázar.
18. Si pudieras hablar con el Ulises joven que empezaba a escribir, ¿qué le dirías? ¿Y qué le dirías al Ulises del futuro, que aún no ha creado su última obra?
Tengo un cuento al respecto: mi yo del presente confronta a su yo pretérito y su yo futuro, con muy malos resultados. Como ocurre en la paradoja del barco de Teseo, somos y no somos el mismo barco a lo largo del tiempo. Hay muchos elementos que extraño de mi primera escritura y que he olvidado al paso del tiempo. En algunos asuntos soy mucho más maduro hoy. No me arrepiento de nada; en especial en lo literario. Este oficio implica mutaciones, aprendizaje. La ingenuidad puede ser una virtud, aunque no lo parezca. Si no existiera el Ulises joven, mi vida no hubiera desembocado en esta entrevista.
19. Finalmente, ¿qué es para ti escribir? ¿Una forma de respirar, de sanar, de estar en el mundo?
Es todo ello a la vez, al mismo tiempo. Volviendo a la paradoja de Teseo, la escritura tiene diversas interpretaciones para nosotras y nosotros a lo largo del oficio; ha sido y es un crisol de percepciones y conceptos: una necesidad apremiante; un salvavidas; rescate de la autodestrucción y la locura; una investigación sobre el micro y macro universo; la apología del conocimiento; terapia perfecta en la que ejecutas tus deseos más vehementes y en ocasiones tus oscuros secretos. Es un truco de mago (me gusta la idea de la magia), y un gran reactor que formula preguntas. Pozo profundo donde caemos y que, con filosas revelaciones, nos tiene al borde de la amenaza de un péndulo incesante, como acontece en el clásico cuento de Edgar Allan Poe. Escribir es amar, odiar, requerir, escapar, detonarse la cabeza, confrontar, enredar y desenredarse a lo largo del tiempo y los tiempos, al menos hasta donde nuestra corporalidad lo permita. Nunca seremos todas y todos. La literatura sí lo consigue, a ratos.