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Ucranianas

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Caen bombas. Sirenas por 9 horas. Al salir, humo y ruinas. Perros que corren sin dueño, maldiciones en el aire, bomberos. Ekaterina Martinenko sufre, no ve a sus padres desde hace años, quedaron en la zona de guerra en el Donetsk. Cosaca zaporoga, raza insurrecta de 1648, de Majnó. No sabe de ellos; ya en la guerra de 2014 su pueblo fue arrasado y conquistado una y otra vez por cada bando. La enviaron a Kharkiv, es duro ser mujer. Se graduó en Filología. Estamos conversando y te dejo, hay sirenas. Lviv es todavía una hermosa ciudad, de las más bellas del mundo. Se refugió ahí, en un gimnasio con trescientas personas, una ducha y una comida al día.

Luego retomamos la conversación. Mañana me compraré un perfume que me gusta, Kenzo Jeu d’Amour. Además tiene cita para hacerse manicura y pedicura. Pregunto si anda de novia. Casi no hay hombres acá, responde. Los hombres están combatiendo. Pienso en la historia leída, en los zaporogos escribiendo jocosamente al sultán, según Ilya Repin, e imagino a las mujeres en la labor cotidiana, mientras los bajeles de sus hombres hacen incursiones en Istanbul.

Los cosacos marchan hacia la mayor batalla del siglo XVII en el mundo entero: Berestechko, en la región de Volinia. Allí morirán, si bien recuerdo, el coronel cosaco Iván Bohun y Tugay Bey, aliado en la rebelión y líder de los tártaros de Crimea. Las esposas hacían sopa de remolacha en las islas del Dnieper. Mucho antes, cientos de años antes, calentaban el mismo caldo bajo el dominio de la Horda de Oro y la inmensa muerte. Arreglarse las uñas de los pies, Kate, que si llueven bombas agarras los calcetines y aguardas que pase. Luego te las pintas, porque las mujeres de Ucrania andan con ellas bellamente pintadas. Al muerto se llora pero no se muere, que si no nos aniquilaron en mil años menos lo hará ahora un bufón calvo.

¿Tendría yo tal entereza siendo varón? No, por supuesto que no. Maldeciría al cielo y a las once mil vírgenes, putearía y me pondría a disparar como loco hacia los espectros. El pincel acaricia manos y pies, colores de púrpura a añil, de rosa a durazno. Gotas de perfume detrás de las orejas, esperando a alguien que tal vez nunca más llegue. O no llegará nadie pero envejecerás perfumada y sutil, como flor que marchita de a poco sin desteñir lágrimas. Sobre el erial y los agujeros de los obuses, por encima de la chamusquina y la parrillada de carne humana, hay aroma de un “juego de amor”. No puedo menos que admirar, que querer por sobre todas las cosas pasear de nuevo las calles de Ucrania. Venus pasa colgada de un ómnibus regresando del trabajo mal pago. Escucho lecciones que las muchachas dan acerca de ser hombre; saber que mucho de lo pensado, discernido, teorizado, resultó falso.

Aquí, como los Internacionales en la sierra Pandols, los combatientes van cantando rumbo a la muerte. Existe épica hasta en el absurdo.

Vengo de madre argentina, que es mucho decir en cuanto a sobreprotección a los hijos. En Ucrania vi a las madres no despegarse de los suyos. En ellas estuvo la supervivencia de su cultura. En el aplomo para aguantar la violación, por centurias, de cada invasor. Preservaron a los hijos, los protegieron, se hicieron escudos para ellos. Solo así siguen en pie. Los hombres morían, ellas aguantaban el embate mongol, lascivo e incesante, por hablar de quienes más tiempo sojuzgaron la región. Dicen que entre brasileras, ucranianas y rusas están las mujeres más bellas. Seguro que sí. En Ucrania, la mezcla asiático-eslava creció una muy especial. Hermosos ojos que en los extremos se alargan apenas para descubrir rastros del invasor. Belleza nacida de la más extrema violencia, cuánta paradoja. Precioso exterior que esconde tragedia.

Veo un corto video de una diputada sueca en el frente de batalla ucraniano. Dice: cuando escuché lo que contaban, miré mis ropas caras y me dije que era un soldado. Ahora dispara a cabecitas rusas que asoman desde el lodo. Así las ucranianas, muchas que han perecido en el combate; hubo una, escritora, muerta en el frente los primeros días de la guerra. Todos esperaban un fin inmediato. Escribí: “Ucrania resistirá”. Y si no fuera por la constante amenaza nuclear del perro putino que tiene a occidente de los huevos, Ucrania estaría ya en el Kubán, en Kursk, en Bielorrusia. No es que considere que haya que tomar territorio enemigo pero es tiempo ya de acabar con este insano feudo de la Rusia-imperio. Toda la lacra del fascismo mundial le arregla las mangas a Putin. Y la triste izquierda lambiscona y ratera hace lo mismo. Hay que asestarle el golpe mortal, ya asoma despiadado. Kadyrov está callado, dicen que por envenenamiento, pero conserva su ejército por lo obvio que se viene. Se necesitarán fuerzas para repartirse Rusia. Los pequeños señores de la guerra han de entronizarse sobre los miserables huesos del alfeñique del Kremlin, otrora mimado del jet set y hoy paria y cagón.

Muerto Putin, convertido su cráneo en cenicero, las mujeres ucranianas seguirán como elogio a la hermosura, belleza que no les impide ferocidad, sonrisa que en la trinchera tórnase letal para los esperpentos enfrente. Bajo las bombas ellas se pintarán las uñas, no sollozan en un bunker a semejanza del tirano ruso. Dónde está el enemigo, preguntarán. Todos muertos en el campo del horror. Un perfume afrancesado flota por encima de la carne achicharrada, las mujeres ucranianas caminan delicadas, femeninas, eludiendo calaveras invasoras que ávidas blanquean las hormigas.

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