Trump, mujeres, iglesias, y lo difuso de los estándares morales

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Cuando llegué a los Estados Unidos observé la implacable moral calvinista. Caían pastores evangélicos, senadores, candidatos presidenciales, solo por el hecho de algún affaire extramarital. Demasiado, me parecía, no por elogiar la deslealtad dentro de las relaciones humanas, sino porque era común, hasta lógico, comprensible.

Cosas del pasado. La llegada del “superhombre” (el infrahombre, en realidad) a la política norteamericana lo cambió todo. Corren aires antiguos de odio racial y no está lejos el pensarse que dada la oportunidad al nuevo cacicazgo bien se podría retroceder a la esclavitud, a las deportaciones masivas, tortura generalizada y al Arbeit macht frei. Las puertas de Auschwitz permanecen abiertas. Hoy más que nunca.

La dama tártara, Melania Trump, sonríe. De cuando en cuando agarra la mano de su marido, monstruoso presidente y repulsivo macho. Dirán que es eslovena, pero los pequeños asiáticos sobre sus pequeños caballitos regaron esperma por allí por centurias. Esos ojos son tártaros, no eslavos. Genética venida de Besarabia o la Dobrujda, desde Crimea quizá. Hasta que el rey polaco los detuvo, ellos al lado de los turcos, a las puertas de Viena. Y sin embargo persisten…

Sonríe, pero dicen que a puertas cerradas no. Eso cuesta vender el cuerpo a un postor pudiente y detestable. Parte de un oficio prostituido muy común. “El dinero lo compra todo”, afirman. Casi todo, pero mucho.

La Primera Dama y buena parte de las mujeres pálidas de los Estados Unidos apoyaron, y apoyan, al fraudulento guerrero que se apoda The Donald, como el pato de la serie Disney. Más que asunto sexual viene a ser un complejo enredo de nacionalismo, pérdida de identidad y territorio, excesiva mixtura en las calles, destrozo de cierta imagen que soportó la aceptación de los negros en su momento (gran peligro no son), pero que no quiere hacerlo más ante una real invasión oscura. “The” Trump como la opción de detenerlos, a pesar de él mismo depender en grande del trabajo inmigrante y de los bajos salarios pagados a los extranjeros.

El susurro de que algún político contara con amante bastaba en los tiempos de atrás, un par de décadas, para arruinar carreras. Ahora, míster Trump, gran metemano y putañero de afición, aparte de vicios menores como gustarle que le aporreen las nalgas, penetra incluso en los prohibidos arcanos del incesto. Han declarado compañeras eventuales de cama que el sujeto se refiere a su hija Ivanka en momentos de frenesí sexual. Lo dijo entrevistado en prensa, que si no fuera su hija la cortejaría. Además de sentarla en sus faldas y mostrar lo que la fílmica local ha sugerido desde siempre, un oculto y pecaminoso conflicto norteamericano con las relaciones incestuosas.

Se supone que dados los estándares del evangelismo gringo, aquello bastaría para desterrar al señor Trump del paraíso (USA), o calcinarlo para siempre. Ya no. Con él, el pedófilo que quiso ser senador en Alabama, y muchos elementos similares de su entorno, se ha iniciado una era donde para el blanco, rico, conservador y racista, los estándares morales se han relajado tanto que implican inmediato perdón y bendiciones para continuar.

Nunca más podrán los Estados Unidos jugar a ser el patrón moral del mundo. Sabíamos que no era así, pero el poder inmenso obliga condiciones en los demás. Carta blanca al vicio, que incluye violación de menores, actividades sexuales sospechosas, zoofilia, necrofilia, filias posibles y futuras. Tienen el aval del dios evangélico y del feminismo conservador. El superhombre debe incluir en su dieta vulvas y culos y devorarlos crudos o cocidos. Hay algo de cavernario en ello, incluso prebíblico, con reminiscencias del monstruo antiguo que habita en todos y cuya historia se remonta a los orígenes, según relataba Rudyard Kipling. La única tradición válida parece ser la de la violencia del más fuerte o el que más puede, la satisfacción de las necesidades elementales de cópula sin restricciones y más. Ecce homo de la sociedad moderna. Ejemplo de futuro. Regresión.