Franco Gamboa Rocabado
Catedrático Fulbright en Marymount University, Estados Unidos

Cuando los hombres se ven enfrentados a diferentes actos de violencia, dudas e intensos miedos sobre lo que les deparará el futuro, surge de inmediato la pregunta sobre cómo explicar racionalmente una serie de excesos, reivindicando lo que se denomina una conciencia moral o histórica. ¿Por qué en muchas circunstancias nos embarrancamos en todo tipo de extremos?

En el ámbito internacional, dicha conciencia se convirtió en un objeto de reflexión para cuestionar situaciones específicas como los grandes genocidios y, sobre todo, las injusticias a lo largo de la historia donde un elevado costo humano y sufrimiento no pueden justificar, de ninguna manera, las tragedias de dos guerras mundiales en el siglo XX, ni mucho menos exculpar a varios regímenes políticos que llevan al extremo una razón de Estado donde la conciencia moral se ve desvanecida pues predomina únicamente la búsqueda de una hegemonía política. Los genocidios en Bosnia, Ruanda, Somalia, Siria, Yemen, Sudán, hasta llegar incluso a los horrores de la invasión rusa en Ucrania, no son sino una expresión del fracaso de los derechos humanos, la democracia y las diferentes razones históricas que confiaban en las esperanzas de la globalización.

El abuso del poder, la dominación desbocada que sojuzga a los más débiles y la imposición ciega de una voluntad política defensora del dolor de miles de personas, replantean en qué condiciones se encuentra nuestra conciencia sobre el bien y el mal en el siglo XXI. Actualmente, las fuerzas del mercado, la cultura del consumo y las tendencias de la modernidad que se orientan hacia la búsqueda del placer inagotable, transmiten de manera permanente distintos mensajes donde fácilmente se modifican las fronteras que van de la maldad a la benevolencia y viceversa.

Hoy debemos analizar la genealogía de la conciencia moral en un mundo complejo, aprovechando las ideas del filósofo alemán, Friedrich Nietzsche, quien apunta respuestas que hasta el día de hoy promueven el debate en torno a quién y cómo se determina lo bueno y lo malo en la conducta de los hombres. La discusión podría concentrarse en cómo establecer la verdad sobre la psicología de la moral, la psicología del cristianismo y las creencias religiosas que predominan en nuestra cultura occidental. Nietzsche consideraba al cristianismo como la fuente del resentimiento donde se transfiguran los valores en torno al bien y el mal, confrontando la moral de los más fuertes versus la moral de los más débiles.

Desde las perspectivas de Nietzsche, el ideal del bien estaría identificado con la voluntad de los poderosos y su comportamiento en la sociedad. Las aspiraciones del poderoso, sus acciones, pulsiones de conquista y ejercicio pleno del poder demostrarían claramente la energía vital del bien, una especie de vocación que va elevándose sin restricciones por encima de los prejuicios calculados que pretenden destruir la voluntad creadora de poder.

Las tensiones entre el bien y el mal se expresan a lo largo del tiempo como una guerra interminable entre los valores que se consideran supremos, en contra de aquellas ambiciones que podrían identificarse como los factores que promueven el mal y el sufrimiento de los débiles. En la medida en que los oprimidos se encontraban imposibilitados de enfrentar a los poderosos, recurrían al desarrollo de un espíritu alternativo, construido alrededor del resentimiento, generando los valores del anti-egoísmo, las bienaventuranzas y el sacrificio relacionado con el amor al prójimo que condena la conducta malvada de aquellos que ejercen el poder. Los débiles utilizan mecanismos de defensa, asociándose y sancionando los valores de las masas donde se ensalza al bien, entendido como el rechazo a la voluntad de poder para asumir otro mundo donde la bondad, el dolor y la auto-negación de uno mismo se transforman en un conjunto de virtudes.

De esta manera, Nietzsche estudia la psicología de la conciencia que no es la voz de Dios en el hombre, sino todo lo contrario, es el instinto represivo de las tradiciones y la cultura que se imponen sobre el individuo. La voluntad de poder que llega a constituir al superhombre es aquella energía humana vital capaz de enfrentar a las instituciones represoras y autoritarias de la sociedad, porque dicha voluntad está llena de ánimos fundacionales para impulsar en el hombre las fuerzas que liberen su espíritu de creación en diferentes dimensiones. En los poderosos, esta energía vital se manifestaría por medio de la violencia, la cacería sanguinaria y la destrucción de los más débiles que, en un momento de la historia, era considerada como algo normal.

Hoy en día, las tesis formuladas sobre la voluntad de poder, se manifiestan en un entorno internacional donde los países hegemónicos reproducen la desigualdad, imponiendo diferentes criterios de dominación que la globalización los transmite como si fueran situaciones imposibles de ser cambiadas.

La fuerza de los más poderosos relativiza los valores del bien y del mal, mientras que la moralidad contemporánea aún se somete a las visiones de enfrentamiento que exige reflexionar cómo las instituciones y los Estados contemporáneos pueden evitar que la desigualdad se perpetúe, con el objetivo de beneficiarnos de un entorno internacional más equitativo y tendiente a las expresiones de paz mundial. Esta es la contradicción más decepcionante de nuestra época.

Por un lado, se supone que las democracias liberales como sistemas de gobierno de alcance global, habrían expandido sus influencias positivas, mientras que, por otro lado, el avance de la pobreza, la inhumana desigualdad económica (cada vez más polarizada en términos de ingreso) y el retorno de los conflictos internacionales extremadamente violentos, muestran también que las democracias están completamente inermes para mejorar, con resultados reales, las condiciones materiales de vida, la protección de los derechos humanos y bloquear el regreso de múltiples autocracias, ocultas detrás de la instrumentalización de elecciones para consolidar caudillismos agresivos como la dictadura de Vladimir Putin en Rusia.

Los creyentes religiosos habrían inventado otro mundo como solución suplementaria a la moral defendida por los poderosos. Sin embargo, más allá del bien como ideal de perfección, se inventó la religión y una metafísica hostil a la sensualidad que desborda pasión, desenfreno y fuerza conquistadora. Así apareció el ideal ascético como una figura sacerdotal pero decadente y nociva para el establecimiento del “superhombre”: aquel héroe que personifica el dinamismo de la voluntad de poder.

La genealogía de la moral señala de qué manera el resentimiento de los más débiles se convierte, muy sutilmente, en la fuente de los valores del bien. Dicha fuente sería sólo la sed de venganza de los creyentes religiosos. El fin último consistiría en abandonar las cualidades naturales que existían en un principio histórico, época en la que el hombre fuerte constituía lo bueno, mientras que las peculiaridades del hombre simple representaban lo malo. La transvaloración fue la organización de la venganza para llamar malvado a lo bueno, al poderoso y lleno de vida. La bondad de la debilidad y la impotencia fue trasladada hacia una supuesta nobleza del hombre de estratos bajos, indigente y enfermo.

Estas ideas son un conjunto de posiciones anti-políticas expresadas por Nietzsche, las cuales también constituyen una crítica a la democracia, puesto que la moral religiosa se adheriría a una estrategia de defensa de los más débiles para resistir las agresiones de las élites con poder. Hoy, podríamos decir que la sociedad de masas y del consumo a escala global han destruido los sueños del superhombre que imaginó Nietzsche.

La idea del resentimiento que defiende la moral del bien, emparentado con los de abajo y el espíritu de amor al prójimo que reclama una virtud al margen del personalismo y la audacia para satisfacer el interés propio, representaría ahora una especie de conformismo democrático, mientras pueda accederse a las mercancías de consumo, al voto universal y a la era de la confusión gracias a los medios de comunicación y la propaganda. La rebelión de los débiles tiene una expresión moderna en la defensa de los valores de igualdad y el logro de los servicios básicos, bienes de supervivencia y un conjunto de creencias religiosas que siempre cuestionan los privilegios de las élites y los más fuertes en las sociedades democráticas.

En este caso, la envidia funcionaría como una actitud estratégica de los débiles, cuyo fondo sería un rencoroso deseo para arrancarle más derechos a los poderosos. La moral de los débiles busca el reconocimiento al mérito, pero ligado a los valores como la bondad y el sentido de sacrificio para compartir.

El imperio de los celos arrastra a cualquier ser humano hacia la aceptación de la moral de los débiles, al extremo de provocar la insidia. Las clases bajas, y en general el conjunto de las masas, quisieran constantemente ser consideradas víctimas, despuntando la política de la envidia como una especie de rencor para usurpar a los poderosos aquello que las masas no pueden conseguir por su propio esfuerzo. El objetivo será lograr el fracaso de las élites, de los competidores y de aquellos individuos que van más allá de la conciencia moral.

Según el enfoque nietzscheano, siempre seremos desiguales porque los valores respecto al bien y el mal refuerzan constantemente una distancia insalvable entre los seres humanos, entre los poderosos y los débiles. Sin embargo, es la rebelión del resentimiento el fenómeno que luego adquiere una fuerza política bajo el ropaje de los populismos. Desde este punto de vista, el populismo sería un tipo de comportamiento colectivo para mostrar que las víctimas del sistema social y político merecen la protección y generosidad de la consideración democrática, combatiendo, al mismo tiempo, la arrogancia de las élites del poder.

Actualmente, no solamente es fundamental cuestionar todo tipo de represiones –abiertas o escondidas– tanto en las sociedades libres como en las totalitarias, sino también dejar de pensar que la vida es una especie de guerra latente o de competencias frenéticas por más dinero, prestigio, influencia, placeres, etc. En el mundo de hoy, como en otras épocas, también es posible edificar un sentimiento válido alrededor de la solidaridad porque la vida humana no está hecha únicamente para someterse a las relaciones de poder. Una relectura de Nietzsche, de todas maneras, reactualiza varias dudas: ¿hasta dónde es posible abandonar la conciencia moral para privilegiar nuestra autonomía individual y plena autodeterminación? ¿Debemos aprender y enseñar en las escuelas un horizonte de valores para que los jóvenes desarrollen sus instintos más creativos, pero, al mismo tiempo, más destructivos y agresivos en contra de los más débiles o inseguros de sí mismos?

¿Cómo la conciencia moral es capaz de exacerbar los sentimientos de culpa? Muchos seres humanos no aprecian los valores, ni tampoco tienen la capacidad para discernir qué es lo más conveniente. El sentimiento de culpa impulsado por diferentes religiones y especialmente defendido por el cristianismo, serviría para fundar una injusta auto-flagelación, tratando de hacer sentir culpables y pecaminosas a las mismas personas, rompiendo con las libertades para, finalmente, edificar controles, sanciones y penalidades que son, tanto la muerte de las democracias como la de cualquier individualidad creativa o libre.

Repensar el debate nietzscheano en el siglo XXI, apunta a reflexionar que la transvaloración opera también por medio de la memoria y el demoledor sentimiento de culpa. “Al sentimiento de poder disponer del futuro, el hombre lo llama memoria”, afirma Nietzsche, porque las lecciones aprendidas deben ser transmitidas desde la moral para ser siempre recordadas. Si bien el propósito es tratar de disciplinar a los seres humanos sometidos a las normas sociales, las lecciones aprendidas se transforman en dolor y castigo para dejarse vencer por las imposiciones y reglas de la sociedad, la autoridad y la fuerza de las mayorías en la democracia. Al mismo tiempo, el olvido es un dolor permanente que sólo favorece al auto-control y la auto-anulación del instinto vital de la voluntad de poder. El sentimiento de mala conciencia proviene del sentimiento de culpa que, en el fondo, se originó como si fuera una deuda. La deuda de los individuos hacia la sociedad y la deuda de los poderosos hacia los débiles.

La envidia junto con el sentimiento de mala conciencia, representarían una amenaza para la sociedad cuando se expanden como el veneno de los mediocres que solamente quieren satisfacer sus intereses personales. El único antídoto para rehacer los valores radicaría en el combate a cualquier forma de mala conciencia que se propaga en la colectividad, gracias a los prejuicios religiosos y las falsas lecciones de los sacerdotes, muchos de los cuales explotan la memoria como estrategia para intimidar y reproducir el sentido de culpabilidad.

La genealogía de la moral reintroduce una preocupación, en cierto modo, socrática, cuando Nietzsche afirma que nosotros somos desconocidos para nosotros mismos. La posibilidad de un conocimiento interior se conecta inmediatamente con toda escala de valores vigente en una sociedad determinada, es decir, con la carga histórica de aquello que se considera bueno o malo, y luego sirve para juzgar nuestras intenciones, estimular o limitar nuestras voluntades donde, finalmente, descansa aquel concepto que hemos construido sobre nosotros mismos como un destino bueno-malo, satisfactorio-insatisfactorio, feliz-infeliz. El conocimiento de la ruta interior que invita a pensar en las consecuencias de la conducta humana, debe convertirse en una profunda discusión sobre la moralidad del presente y la crítica implacable en torno a los mitos y temores transmitidos por el pasado.

Desde esta perspectiva, la racionalidad no existe, sino que se asume a la existencia humana como una comedia. Por lo tanto, al rastrear la genealogía de los conceptos sobre el bien y el mal, aparecen varios enredos, confusiones y distorsiones acerca de cuáles son las posibilidades que existen para el drama entre aprovechar todas nuestras pasiones y rendir culto a las fuerzas del espíritu libre y probarlo todo, frente a una autolimitación que restringe los instintos y cuyo objetivo es proteger el destino de nuestra alma. En realidad, la moral se presenta como el conjunto de significaciones que terminan transformándose en el eje de las religiones, y en la preocupación por encontrar un designio y aspiración espiritual que operan dentro de la consciencia humana.

Sin duda, estas visiones expresan una posición antidemocrática en Nietzsche que rechaza todo abuso de las masas porque éstas condenan cualquier acto de los más fuertes. Los efectos de este abuso manifiestan un escenario difuso que deforma los valores y el carácter de la energía vital. El valor no es la utilidad de las cosas, ni tampoco un adjetivo para identificar o calificar alguna acción humana, sino la distancia y el choque irreconciliable entre dos concepciones sobre la moral: aquella defendida por los fuertes que tratan de apropiarse de las cualidades del mundo, fomentando la creación y reproducción de la religión como un mecanismo para legitimar su posición privilegiada, y otra sustentada en la expresión de los débiles y estratos bajos de la sociedad.

Por último, debemos también relativizar aquellas ideas que piensan que el poder estaría identificado siempre con la salud floreciente y la constitución física fuerte, con lo desbordante, la guerra y la aventura peligrosa. Lo contrario se manifiesta en la impotencia, el ámbito espiritual y el resentimiento a lo largo de la historia universal. El problema no radica en alabar a los ricos de espíritu, sino en rechazar los impulsos de venganza de los débiles hacia los poderosos y criticar las tentaciones de superioridad que los poderosos quieren difundir para despreciar a los débiles.

Los valores éticos deben ayudarnos a construir un mundo habitable. A cambiar para mejorar nuestras capacidades y, sobre todo, para ser fuertes de carácter, pero con el anhelo de reconocer que los otros que nos rodean son también seres humanos, potencialmente amigos, aliados y valiosos para la cooperación en la búsqueda de un mundo mejor. Nuestra vida moderna puede convertirse en un escenario sin hogar, en el que estamos suspendidos en comodidades materiales. Es por esto que, muchas veces, no nos sentimos como en casa porque hace falta habitar un escenario pacífico, equilibrado y sin injusticias dramáticas, razón por la cual vamos en la búsqueda de un sentido de dirección ético. A esto debemos sumar la fortaleza de creer en nuestras convicciones para seguir adelante, para ganar disciplina y confianza en uno mismo, sin las tentaciones del desprecio hacia los demás, o sin las ambiciones para alcanzar el poder, únicamente en función del triunfo que pretende el daño ejercido hacia los otros.

El mundo tecnificado donde persiste la pobreza como fenómeno global, no tiene las condiciones de habitabilidad que debería reunir cuando millones se mueren de hambre y cuando la violencia es una forma de vida. Los valores tendrían que acondicionar el mundo haciéndolo habitable. La justicia, la libertad, la igualdad, la no discriminación o la belleza, hacen a nuestro mundo vivible y humano, hacen de él un mundo donde merece la pena vivir. Quien cree en los valores y vive lo que cree, lidera los cambios humanos con el compromiso de que no vale la pena marcharse de este mundo por indiferencia, pragmatismo y nihilismo. Nietzsche nos ayuda a replantearnos la ética y la fortaleza interior pero no es una respuesta vital para los retos humanos de la actualidad.

Tenemos que acomodar, por lo tanto, de tal forma nuestras creencias a nuevos valores para hacer realmente posible la justicia universal, así como ser libres sin creernos héroes invencibles sino solamente seres éticos conscientes de ser perfectibles, tratando de reducir las injusticias, fortaleciendo las instituciones democráticas y exigiendo (o ejerciendo) un tipo de liderazgo mucho más responsable y capaz de ser más generoso, promoviendo una pugna de poder para conseguir una mayor tolerancia y convivencia predispuesta al cambio, con el propósito de sobrevivir satisfactoriamente de una manera más pacífica.