Angélica Guzmán Reque
Te asomaste a la ventana, como tenías costumbre y, sin quererlo presenciaste un fatal accidente. Inmediatamente recordaste una frase que habías leído, era de Heggel, el filósofo que te agradaba: “muerte y mundo se unen en uno solo por la esperanza o el pensamiento de trascendencia de la existencia”, aquella contemplación te produjo cierto desasosiego y aquella costumbre que, de alguna manera, disipaba tu mente, hoy fue todo lo contrario. El aire fresco de la mañana ya no era indiferente y tu cuerpo experimentaba un aprendizaje que siempre indagabas. El aire golpeaba tus sienes, rozando las cortinas, sonidos y murmullos lejanos que nunca podías identificar.
La calle se llenaba de gente. Poco a poco todo cambiaba, sin embargo, el árbol frente al edificio permanecía con una rama torcida que parecía resistirse al crecimiento ordenado. El perro atado a la reja de la casa de la esquina no ladraba, aullaba de manera lastimera. Las ventanas de las casas vecinas permanecía cerradas, como cuando los párpados se niegan a abrirse.
Todo continuaba y, esa continuidad te produjo cierta incomodidad inesperada. Pensaste, sin saber por qué, que las cosas persistían con demasiada facilidad. Ajenas a lo que acontecía, inclusive al llanto de la gente o el sonido de las sirenas de las ambulancias.
Cerraste la ventana y te dirigiste a la cocina. El reloj colgado en la pared lateral marcaba las ocho y diez. Hacía tiempo que se atrasaba cinco minutos, pero nunca te habías molestado en corregirlo. Te gustaba esa pequeña falla, ese error constante que no te alteraba en nada y, sin embargo, estaba siempre ahí. Preparaste café, dejaste que el agua hirviera unos segundos más de lo necesario, como si el tiempo pudiera estirarse y uno lo mirara de frente.
Mientras absorbías el café, observaste tus manos. No presentaban nada en particular, salvo unas manchas claras cerca de los nudillos que no recordabas haber tenido antes. Las tocaste con el pulgar, sin dolor, sin sorpresa. Comprendiste que tu cuerpo había seguido su propio ritmo, mientras tú te ocupabas de otras cosas. Vivir, pensaste, debía parecerse mucho a eso: estar presente solo a ratos.
Saliste del departamento con la sensación de haber olvidado algo importante, aunque no lograste identificar qué. En el ascensor te viste reflejada en el espejo opaco de la pared. No te reconociste del todo, pero tampoco te resultó extraño. Era un rostro que habías visto muchas veces, uno que se había ido modificando de manera discreta, sin pedir permiso. Vino a tu mente todas las versiones anteriores de ti mismo, pero que habían quedado atrás, como acumulándose como capas invisibles.
Ya en la calle, el movimiento de costumbre no llamó tu atención porque casi era el mismo, por lo que se absorbía con rapidez. Gente que caminaba de prisa, como queriendo alcanzar algo importante, autos detenidos en un semáforo, un vendedor ambulante que repetía su discurso con una precisión mecánica. Todo parecía funcionar bajo una lógica que no admitía interrupciones. Caminaste sin rumbo fijo durante un tiempo, alejándote sólo por el hábito de avanzar, hasta que te detuviste frente al escaparate de una vieja librería. La observaste con curiosidad porque no recordaste haberla visto antes, aunque era probable que siempre hubiera estado allí.
Entraste. El lugar olía a papel húmedo y a polvo conservado. Los estantes estaban repletos de libros desordenados, algunos apilados en el suelo, otros inclinados, como si hubieran cansados de sostenerse. Pasaste los dedos por el lomo de algunos de ellos sin leer los títulos. Te pusiste a pensar que, cada uno de ellos contenía una vida entera, una existencia condensada en páginas que, quizá ya nadie abría.
Seguiste la vista y, en un rincón percibiste una caja que decía: fotografías antiguas. Las tomaste sin pedir permiso. Rostros desconocidos te miraban desde otros tiempos: bodas, cumpleaños, viajes que no habías vivido. Detuviste tu mirada en la imagen de una familia sentada frente a una casa que ya no existía. Todos sonreían con una serenidad que te resultó inquietante. Pensaste que, de algún modo, estarían muertos dos veces: una en el mundo real y otra en la memoria de quienes los habían conocido.
Dejaste la foto en su lugar y saliste sin comprar nada. Afuera, el sol comenzaba a declinarse, y esa leve variación de la luz te hizo pensar en la fragilidad del día. Comprendiste que la mañana ya había terminado, sin que ella se diera cuenta.
Buscaste un lugar donde sentarte y encontraste un banco en un paseo alegre. Apenas te sentaste, sonó tu celular. Era la llamada de un amigo, fue breve, casi formal. Un antiguo conocido te informaba que alguien había fallecido. No era un amigo cercano, apenas un nombre asociado a otro tiempo, a una etapa que creíste ya cerrada. Colgaste y te quedaste mirando el teléfono durante algunos minutos, como si el objeto pudiera añadir algo más a la noticia. No sentiste tristeza inmediata, solo una especie de un vacío atento, como si tu cuerpo estuviera preparándose para una emoción que no llegaba.
Decidiste asistir al entierro al día siguiente. No por obligación, sino por una necesidad difícil de explicar para ti mismo. Querías ver qué aspecto tenía el final, cuando ya no te pertenecía.
El cementerio estaba vacío. Miraste las lápidas que se alienaban con una precisión que te parecía excesiva, como si incluso la muerte necesitara orden. Observaste a los pocos asistentes: rostros serios, gestos contenidos, palabras medidas. Nadie sollozaba. La muerte, pensaste, se había vuelto discreta, casi educada ¿Sería siempre así? – te preguntabas.
Durante la ceremonia, te sorprendiste mirando el cielo. No esperabas nade de él, pero te resultó tranquilizador comprobar que seguía allí, indiferente al ritual que se desarrollaba debajo. Cuando todo terminó, te quedaste un momento más, no sabías qué hacer con ese tiempo que te parecía que sobraba. Pensaste en la persona que acababan de enterrar: en tu infancia, sonreíste; en tus días comunes, en tus pensamientos que nunca serían conocidos por nadie más. Toda una vida reducida a un espacio exacto en tus vivencias y, sobre este espacio, llamado tierra.
Al regresar a tu casa, notaste el silencio de una manera diferente, no como ausencia de ruido, sino como una presencia densa. Cada objeto parecía ocupar un lugar más extenso que el habitual. Te sentaste en el sofá y miraste la pared frente a ti. No había nada allí, sin embargo no pudiste apartar la vista. Comprendiste que estabas pensando en tu propia muerte, no con miedo, sino con una curiosidad serena, no como un evento futuro, sino como una certeza que había estado acompañándote desde siempre.
Esa noche habías soñado con tu habitación vacía. Caminabas por ella sin encontrar salida, aunque no sentías angustia. Al despertar tuviste la sensación de haber dejado algo entre sueños, como una respuesta que no lograste traer contigo.
Tus días siguientes transcurrían con una lentitud extraña. Continuaste con tu rutinario vivir, pero cada gesto parecía adquirir un peso distinto. Lavar tus manos, cerrar una puerta, esperar en un semáforo. Todo te parecía significativo por el simple hecho de estar ocurriendo. Ibas comprendiendo que existir no era otra cosa que atravesar una sucesión de momentos que no siempre pedían ser comprendidos.
Una tarde decidiste ordenar tu departamento. No porque estuviera desordenado, sino porque necesitabas tocar tu propias cosas, confirmar que seguían allí. Encontraste objetos que no recordabas haber guardado: una carta sin abrir, una llave que no sabías qué abría, una libreta con páginas en blanco. Sostuviste la libreta durante un largo rato. Te sorprendió que nunca la hubieras usado. Pensaste que, de algún modo, esas páginas vacías eran una forma de futuro que ya no te pertenecía.
Al anochecer volviste a abrir la ventana. El aire entró igual que siempre. La calle seguía allí, persistente. El árbol, el perro, las ventanas cerradas. Nada había cambiado, y sin embargo tú sí. no de manera visible, sino en un lugar más profundo, difícil de señalar.
Te diste cuenta de que la muerte no era lo opuesto a la existencia, sino su límite, la forma que le daba sentido. Que vivir no consistía en huir de ella, sino en aceptar su compañía silenciosa. Cerraste la ventana con cuidado, como si no quisieras molestar a nadie, ni a nada.
Antes de irte a la cama miraste el reloj de la cocina. Marcaba las ocho y diez. Sonreíste apenas, pero no corregiste la hora.
Apagaste la luz.
Y, el mundo fiel a su costumbre continuaría.