En los últimos años, particularmente desde la pandemia de COVID-19, la vida humana se digitalizó mucho, el periodismo migró con más fuerza al mundo virtual y se lanzaron muchos programas en streaming. Pese a su subdesarrollo, Bolivia no fue ajena a estos fenómenos, y por ende también experimentó un notable incremento de este tipo de contenidos en diferentes redes sociales, como Facebook, Instagram o TikTok. Hoy, uno abre cualquiera de esas tres redes y se encuentra con algún “influencer”, periodista o simple ciudadano que opina, ya sea de política, farándula, Nueva Era, relaciones amorosas “sanas” o feminismo, y que contribuye al enorme ruido digital que nos impide separar la paja del trigo y consumir lo más instructivo (o lo menos pernicioso).
Se les llama comúnmente “creadores de contenido” (en el Ande boliviano hay muchos). Sin embargo, casi en todos los casos su contenido carece de valor edificante y más bien contribuye a la consolidación de pautas repetitivas y al gusto por la cultura de bajo nivel estético. No me refiero necesariamente a los creadores más frívolos, sino incluso a los que hacen análisis político en redes, pues incluso muchos de quienes lo hacen, tal vez para enganchar a más seguidores, se pliegan a tendencias de moda, además de demostrar carencia de herramientas conceptuales que los hagan solventes para emitir opiniones fundadas y equilibradas. Así, la calidad del contenido más consumido tiende a ser inversamente proporcional a su relevancia educativa. Por eso, el boom del streaming debería ser visto con escepticismo y una buena dosis de pensamiento crítico.
No obstante, este no es fenómeno realmente nuevo. Cuando apareció la televisión, sucedió algo similar, ya que pronto programas triviales —e incluso procaces— comenzaron a inundar aquel medio que en el momento de su irrupción había hecho sensación y que, usado con sabiduría, podía haber sido una herramienta de desarrollo y transformación positiva. Hoy, nadie con dos dedos de frente y capacidad crítica puede negar que la televisión es uno de los medios de entretenimiento más fútiles, y por tanto más decadentes en cuanto a la calidad de sus contenidos. E igual que la televisión o la radio, que democratizaron la comunicación, el ecosistema del streaming está permitiendo que cualquier persona con una cámara y un micrófono pueda tener resonancia pública, con el riesgo de que esa persona sea estúpida o ignorante, aunque con talento comunicacional, y plague las redes de contenido basura.
Es en Santa Cruz donde últimamente proliferaron este tipo de streamings. Se transmiten generalmente desde sets muy bien montados, donde cuatro o cinco contertulios se reúnen en torno a una mesa para hablar, muchas veces entre carcajadas, sobre todo tipo de temas: desde política hasta espectáculo. Y lo hacen desde la anécdota personal, la burla entre compañeros o el debate abordado desde el sentido común o el humor superficial. En apariencia inofensivos, aquellos programas son parte de un entretenimiento escapista. El formato y el contenido no son realmente innovadores; recuerdan a los programas radiofónicos de media tarde en que se habla de farándula, se ríe y se reciben llamadas telefónicas.
Las generaciones más jóvenes prefieren los medios nativos digitales antes que los medios tradicionales; sin embargo, no cabe esperar que la formación que están recibiendo de los primeros sea superior respecto de la que los viejos recibieron de los segundos, ya que los creadores de contenido tienden a priorizar la exposición de su vida personal y el humor frívolo sobre la calidad informativa. Y las métricas más altas se las llevan precisamente estos creadores, quienes también encuentran en esa actividad una lucrativa veta. En suma, es casi la misma cultura de masas de ayer (barata, rápida, de fácil consumo), pero ahora ya no tan afincada en los medios tradicionales, sino sobre todo en el ecosistema digital.
¿Cómo luchar contra este fenómeno? Es en verdad difícil, pues como al ser humano medio no le suelen llamar la atención los temas profundos, el diálogo razonado o los complicados análisis teóricos, el contenido digital que más se siga vendiendo será el de fácil y rápida digestión intelectual.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social