Un hacha en las manos de un loco

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Imagina, querido lector, cómo sería tu vida sin agua. Sería imposible, pues el agua hace posibles hechos como una intervención quirúrgica, el aseo humano o, sencillamente, el aplacamiento cotidiano de la sed. En los últimos días, varios países han tenido que enfrentar ya severas escaseces de agua; uno de ellos fue Uruguay, el país probablemente más culto y ordenado de Latinoamérica. Esto nos dice de entrada tres cosas: 1) que los grandes problemas del mundo son internacionales, 2) que no respetan a quienes no son sus irresponsables causantes y 3) que su solución depende no de gobiernos chovinistas y cerrados, sino de la cooperación abierta entre países.

Hace unos días, el canal Deutsche Welle publicó un reportaje sobre la presencia de altas cantidades de mercurio en los ríos bolivianos, las cuales contaminan la carne de los peces que es consumida por los indígenas que pueblan sus riberas. La nota menciona que ya se hicieron estudios en el cabello de las mujeres de esos sitios, y que aquellos indicaron que el nivel de mercurio presente en los cuerpos de los indígenas es alarmante. Por otra parte, en los últimos días se supo que los niveles del lago Titicaca, uno de los más grandes del mundo, han ido descendiendo dramáticamente debido a la sequía que azota los Andes, afectando a las poblaciones indígenas que viven de sus aguas. Ante esta situación, uno se pregunta en qué queda el discurso de protección al medioambiente que esgrimen los gobiernos izquierdistas o progres. Al parecer, en discurso solamente. No obstante, lo cierto es que tampoco los políticos de derecha han planteado soluciones a esta crisis medioambiental que, si se agrava más y más, podría amenazar la prevalencia del Homo sapiens.

Si no hacemos algo, no desde mañana, sino desde el día de hoy, es muy probable que nuestros hijos o nietos —que, además, vivirán cuando el mundo tenga muchos más habitantes— sufran severas consecuencias. No confiemos en los políticos, quienes parecerían tener en su ADN el gen de la irresponsabilidad y la demagogia. En cuestiones medioambientales, yo al menos confío mucho más en las iniciativas privadas e individuales. No me gusta generalizar, pero creo que el mundo (corporaciones, medios de información, sociedad en general, obviamente los políticos e incluso la comunidad científica) no está dando al problema del cambio climático la atención que merece. Estoy muy seguro de que la ciencia, por ejemplo, ya podría estar desarrollando medios efectivos para racionar el agua, tanto en hogares ricos como en hogares pobres; el gran problema es que, desde casi siempre, la ciencia necesita de los inversores para existir y servir, y lo que desean y persiguen éstos es dinero y producción, conducta que no tiene nada que ver con el cuidado del medioambiente.

Como decía Vargas Llosa en su reciente discurso de ingreso en la Academia Francesa, el mundo está sumido en la imbecilidad humana que ha creado bombas de hidrógeno, cuya capacidad destructiva haría desaparecer millones de vidas, o quizás al mismo género humano, en poco tiempo: «¿Qué quieren esos seres humanos que coleccionan armas de fuego que, a la hora de la destrucción, nos desaparecerían del todo? ¿Que el mundo que nos alberga estalle en pedazos? ¿Que nadie sobreviva?».

Mi impresión es que estamos llegando a un punto histórico en que filósofos, científicos e inversores debemos trabajar conjuntamente de nuevo —o quizás por vez primera— y no por separado, so pena de que, como temía Albert Einstein, los avances de la tecnología sean como un hacha en las manos de un loco. Los problemas que ya han originado la disrupción tecnológica o la bioingeniería son menores, creo yo, comparados con la escasez de agua, pues mientras aquellas no amenazan (al menos no tan directamente o no tan pronto) la supervivencia del Homo sapiens, ésta sí lo hace.

Soy antropocéntrico y deseo la subsistencia de mi especie, y esto supone la existencia de árboles, animales y agua. Y la verdad es que, si no fuera por mi espiritualidad, no sabría muy bien por qué, pues la vida es finalmente un gran misterio cósmico que, para algunos incrédulos, puede llegar a ser un absurdo existencial, un ruido insignificante en el inmenso espacio-tiempo universal. Pero intuyo que la vida es mejor que la no-existencia, la muerte o la nada. Y, mientras exista, habría que seguir luchando por ella.