Sin personajes, a no ser que…

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A estas alturas del año, revistas famosas, instituciones reconocidas u otro tipo de organizaciones en el mundo hacen evaluaciones sobre quiénes se han destacado en la gestión —algunas de ellas sin hacer distinciones entre el aporte altruista, científico, artístico, literario, del pensamiento o cualquier otra categoría—, a veces con criterios no muy inteligentes que contemplan la resonancia no siempre positiva en el marco de una sociedad. Y más aún, que pueden considerar que ciertos grupos, colectividades y hasta países enteros hayan tenido una actuación tan (negativamente) sobresaliente que merezcan el título siempre honroso de “personaje del año”.

En la ya larga tradición de escoger al personaje del año, en diversas latitudes del mundo, o del elegido por ciertas revistas —eso sí, muy influyentes en todo el orbe, pero que no pueden representar la opinión de los 8.000.000.000 de habitantes—, no ha faltado que una máquina (concretamente un ordenador) haya sido distinguida con el título que la puso por delante de sus creadores.

La verdad, desde mi punto de vista, es que, en un mundo en que el propio internet (ya muy próximo a ser considerado un derecho humano) ha influido en tal grado en la percepción no siempre correcta de sus usuarios, las opiniones de los líderes de opinión —marcadas unas veces por un excesivo nacionalismo, otras por intereses ideológicos, por factores culturales, y en los últimos años por las tendencias esnobistas de un feminismo que ha contaminado los auténticos derechos de las mujeres— resultarían insuficientes para complacer a todos. Pero si algo claro tengo en todo este invento de Time es que el término “personaje”, cuyo significado tiene que ver con una “persona” (en singular), debe recaer siempre en una persona física, o, como en derecho también se la denomina, en una persona natural como oposición a las personas colectivas o jurídicas, bien porque solo en aquellas recae la posibilidad de alcanzar la celebridad que tendría que ser la estipulación del aspirante, bien porque en una colectividad (por ejemplo un contingente de soldados heroicos, un conglomerado de activistas por la reivindicación de algún derecho o un equipo de
científicos que ha logrado algún avance evidente para la ciencia) no existe individualmente nadie destacado. Por tanto, individualizar a quien ha liderado esa o esas acciones es tarea muy subjetiva.

Y si respecto a esas controversias sobre si las entidades, los hechos o la pluralidad de personas deban ser sujetos de elección, creo que en este tiempo en que la información y, ante todo, la opinión mayoritaria, no de los promotores, sino del universo que a
través de organizaciones periodísticas son finalmente los que eligen al personaje del año, pocos, si no nadie, sugerirían el nombre de alguien que emule a Adolf Hitler, Benito Mussolini o Joseph Stalin, que en algunos países del Caribe los hay, no obstante
ser sobresalientes respecto de sus colegas de mentalidad estacionada de otros países.

Pero bien, la declaración de “personaje del año” tampoco debe tratarse de un acto sexista, que feministas proponen menoscabando el valor de las mujeres, como si tal hecho fuera un mérito per se y ensanchando la brecha que han logrado entre hombre
y mujer, cuando por natura, por ley y por justicia, deben tener igualdad de oportunidades, de modo que pensar en personajes hombre y mujer es un sinsentido. Y no es que en Bolivia escaseen los hombres o mujeres capaces, pero lo que abunda es la
falta de ética y de valores morales, hablando sobre todo de los políticos, a quienes con preferencia en el pasado se ha honrado con la designación. Tampoco los grupos pueden merecidamente ser acreedores de la distinción, porque se cae en un subjetivismo que relativiza el privilegio de su reconocimiento.

Tampoco se trata de una canonización, porque entonces existen mártires del sistema como Jeanine Áñez o Marco Pumari, cuya injusticia contra ellos haría bien merecido su reconocimiento, ni de una demonización del nombrado, porque de lo contrario la
empresa BoA podría con justicia ganar por ser una de las peores líneas aéreas del mundo no solamente por el extravío del gatito Tito, sino por el mal servicio que prestó en todo el año por encima de muchas empresas del estado.

En consecuencia, teniendo todo el mundo errores, son las virtudes de las personas físicas las que deben imponerse sobre cualquier otra consideración, y en ese contexto de haber alguien sobresaliente en nuestro medio, me inclino por Conrado Moscoso Ortiz, campeón mundial de racquet por sus propios méritos y su disciplina.

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor