Sexismo: la sexta ley del trópico de Cochabamba

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Se rasgaron las vestiduras. Ríos de tinta condenaron la seguidilla de discursos desembozadamente sexistas, bromas de mal gusto e inadmisibles. Expresados a viva voz, sin filtro alguno y genuina espontaneidad, Jerjes Justiniano, patricio cruceño (para variar socialista); Leonardo Loza, joven dirigente cocalero y, como no podía ser de otra manera,  Evo Morales, desnudaron su “chip” machista nada menos que la semana de conmemoración del Dia Internacional de la Mujer.

La avalancha de críticas no se dejó esperar. Fuerzas opositoras amenazaron con enjuiciar a Loza por el delito de trata de personas.  Las disculpas, si llegaban resultaron poco convincentes. Las mujeres del MAS reaccionaron tarde y tibiamente.

Paralelamente, otro hecho cobraba notoriedad al copar el  espectro noticioso. Los incidentes de violencia en el trópico de Cochabamba confirmaban la sospecha de que se trata de un  enclave que hizo de la contravención a la ley boliviana su propia ley. El miércoles 6 de marzo, la prensa registraba: “La Felcn, denuncia ayuda a narcos en el trópico”. Ocurrió mientras el organismo de la ONU encargado de fiscalizar el cumplimiento de tratados de tráfico de estupefacientes, reiteraba en Viena la preocupación por la duplicación de la superficie permitida de hoja excedentaria de coca en el país; ampliación que privilegió a los productores “autorregulados”  de esa región cochabambina.

En medio de la polémica, un jefe policial destacado en la zona  reconocía (===off the record===) que los dirigentes cocaleros y los mismos comunarios tienen “mucho poder, incluso por encima de la Policía…” “Que mientras no haya sucesos que vayan en contra de su oficio (cultivos de coca) no se meten en problemas”. Sin  embargo, las disputas entre cocaleros “casi siempre derivan en hechos violentos, heridos y hasta muertos”. Para el vicepresidente de los policías  pasivos, en Bolivia no debemos permitir territorios sin ley, “los sindicatos no pueden coartar el trabajo de la Policía”.

Los Tiempos (10/3/2019) tras el análisis de los hechos, dedujo que los sindicatos cocaleros imponen “sus normas” en al menos cinco planos: vulnerarían derechos de libertad de pensamiento, de asociación, de tránsito, de protección y medio ambiente. ¡Además de la libre circulación de autos chutos y de linchamientos ejercitando justicia por mano propia! (Entre 2013 y 2018, de 22  linchamientos reportados en el país nueve ocurrieron en el trópico).

Sumo una sexta ley a las imperantes en ese  territorio vacío de Estado: la complicidad y el silencio que encubren distintas formas de violencia hacia las mujeres, entre ellas la explotación sexual de adolescentes. Investigaciones y operativos policiales dan cuenta que los restaurantes de regiones cocaleras son la antesala o camuflan el negocio de prostitución y trata.

Bajo el título “La prostitución de pollera está en su auge en la tierra de la coca” una investigación periodística confirmaba  la proliferación de burdeles en Ivirgarzama, Entre Ríos, y otros centros poblados (El Deber, 2/8/2013). “Nuestros clientes seguros son los cocaleros, los campesinos y los turistas, los extranjeros, bromean con nosotras y nos dicen que quieren conocer de cerca de una indígena de la estirpe de Evo Morales” –testimoniaba una cholita dedicada al oficio– … “Hay hombres que buscan de 17 años. Pero no puedo hablar de eso”.

Los límites entre prostitución, explotación sexual y trata son difusos. Según la investigadora y feminista Ximena Machicao, la trata “está ligada a las rutas que sigue el narcotráfico y opera en un marco de impunidad”. Los datos y testimonios suman y siguen.

Otros estudios asocian la lógica depredadora de la madre tierra y el extractivismo salvaje con esta problemática. Bolivia se ubica entre los países que reporta más casos de formas diversas de violencia, en razón de género, en la región. No extraña que los cuerpos de niñas y  mujeres se traten como mercancía. Por ello, la broma de Loza no fue broma ni un desliz.

¡Que no nos sorprenda! No es la primera vez,  ni será la última, que el poder político incurre por acción u omisión en la oferta, naturalizada o disimulada, de mujeres  como trofeo de jefazos y otros “machos alfa”. En el trópico la situación se agravaría. Tierra sin ley, mujeres sin derechos. ¡Permitid que NO me asombre!

La autora es psicóloga, cientista política y ex parlamentaria