Antonio Ramón Gutiérrez
“Desecho e izquierdo” es un juego fonético y de sentido, que evoca de algún modo los juegos de Oliverio Girondo y remite, a través del primer sustantivo, al acto de “desechar”, es decir, al residuo, al resto, lo que se acerca al concepto de descarte. A través del segundo nombre: “izquierdo”, procedente del vasco y castellano antiguo, se señala aquello que no es capaz de destreza, dado que ese vocablo nombra el brazo generalmente menos hábil para el trabajo y la lucha. En latín, izquierdo equivale a “sinistrum”, lo relacionado con lo oscuro y peligroso (la izquierda por etimología nombra características y condiciones negativas). Todo esto no deja de remitirnos a Freud, a su texto “Lo siniestro”, en el que lo siniestro no es lo desconocido y ajeno, sino lo más familiar, lo más próximo que se vuelve extraño, lo doméstico que de repente adquiere características atemorizantes.
En el mundo virgiliano y dantesco, “sinistrum”, o sea el lugar izquierdo, que corresponde al oeste en los puntos cardinales, es donde se pone el sol y marca la entrada del Averno o Infierno. El este, en cambio, la diestra, señala la entrada al Edén, al Paraíso Terrenal. Desecho e izquierdo, nombres cuyos sentidos han evolucionado a lo largo de los siglos, caminan juntos, son también calificativos de un solo ser que se constituye en la mirada social y en el prejuicio que lo retratan no pocas veces como despreciable, marginal, habitante de subsuelos o de márgenes. Cabe acotar que los antiguos navegantes evitaban dirigirse hacia oeste, el sitio de las sombras y de lo ignoto. También podríamos realizar una analogía con el sujeto tachado e incompleto que describe Jacques Lacan y que deambulará siempre por los andariveles de la falta y del no ser, un sujeto dividido, escindido, no igual a sí mismo, hundido en la paradoja, la injusticia, la mentira, el extravío de su deseo…, en definitiva, el ser hablante.
Desecho e izquierdo es el título de una secuencia de poemas breves del libro (p. 67), que describen notablemente la lógica estructural del fracaso (como en la obra de Roberto Arlt).
Desde ese lugar complejo, desecho e izquierdo, la voz poética se sitúa en un nivel y registro lingüístico que denota y modela el habla argentina, en especial de Buenos Aires, respecto del léxico, la semántica, la fonética: floripondios, mezcalina, frufrús, guacho, gaucho (que provienen ambos vocablos de huérfano), turro, facha, pibe, garúa … conforman un habla híbrida, mestiza, donde los italianismos, galicismos, arcaísmos, africanismos, propios del lunfardo, exigen un oído atento, un lector cómplice, capaz de una recepción fluida y perspicaz. El poeta, primer receptor de su propio poema, habla de espacios, personas, recuerdos, decepciones y deseos y dice desde su corazón aquello que las ideologías y las miradas complacientes, insensibles y burguesas, ocultan,
El sinsentido de la existencia se dice de modo descarnado:
¿Qué me faltaba cuando sólo era un miserable?
(p.16)
Neologismos y argentinismos, juegos fonéticos evocan la poesía lúdica, como ya dijimos, de Oliverio Girondo y a cierta resonancia joyceana de juegos y trastrocamientos o inclusive transformaciones del lenguaje corriente y tienen algo de desmitificación de la vida cotidiana:
Perpetra y perpetúa: Perpetrúa
Perpetrúa el truhan
Mientras la ñoña añosa
tosa
¡habrá poesía!
(p.71)
Y, en esa ausencia de romanticismo, de palabra lírica, está la poesía misma, está Bécquer y su célebre rima, ese canto eterno que se torna tos…
Juegos verbales y de significado llevan a la ironía, la paradoja y el calambur:
Tanta buena poca gente
(p.70)
El voseo como marca del habla rioplatense y coloquial es la forma apelativa de los versos de Revagliatti:
Hui nomás
capulina, chabacana
(p.38)
Encuentros y desencuentros, falta de amor, desengaño, soledad siempre, en un texto expresivo -por momentos, también de narratividad poética- que Alejando Méndez Casariego califica en el prólogo como “una especie de tierna crueldad” (p.11).
En poemas como “Clase ´45”, “¿Me mando?”, “Tren de vida”, “La tristeza es ahora”, entre otros, el poeta habla y se habla a sí mismo para decir la crueldad del paso del tiempo y de la vida humana, sin concesiones.
Abundan los neologismos como diurnidad, culpógenos, manicomial… que intentan decir el absurdo de un mundo cruel, sin sensibilidad, sin empatía, un mundo burgués, regido por necesidades materialistas y mediocres, como en el poema “Día de la Madre” (p. 41-42), en el cual el amor se supedita a las frías demandas y deseos que imponen la propaganda del Mercado. Ahí la madre está puesta a existir en la opaca medianía de una vida cotidiana de objetos desechables y caducables como la vida misma. Estos poemas no dejan de inquietar al lector. No son poemas sólo para leer, sino a la vez para ver, cuyas significaciones se desprenden también de sus evocaciones laterales y de las combinaciones propias de las escenas teatrales.
El absurdo de la travesía humana se presentifica a través del trastrueque de algunas palabras en su intento de acercarse a un núcleo, el núcleo de lo real inapresable e irreductible al lenguaje. En el humor y la ironía que se desprenden de los poemas, la risa aparece asociada con la angustia y constituye la operación poética, el esfuerzo casi sobrehumano, para no sucumbir ante la gratuidad de la vacuidad cotidiana. El libro, atravesado por un nihilismo jovial, extrae ironía de lo vano y trata, en definitiva, del sentido, o, mejor dicho, de la ausencia de sentido, o, acerca del sentido que debemos inventar a pesar de todo.
En “Y aunque el mate esté frío”, primer poema del libro, el lector escuchará que detrás de la aguda crítica y el desencanto ante la época y la existencia misma, un par de versos sintetizan esta gran obra de poesía y certezas, de verdad y dolorosa conciencia:
Los finados
no escriben.
(p.48)
Este nuevo y excelente libro de poemas de Rolando Revagliatti, se inscribe en su larga y comprometida trayectoria, como un indiscutible texto revulsivo y de denuncia que va muy en serio en su intento de atrapar algo de lo irreductible al lenguaje, y, si no fuera porque ello es por estructura imposible, diríamos que casi lo logra, que está ahí nomás, a un paso de tocar el hueso inasible de lo real. Pero a ese viaje a lo “sinistrum” lo realiza a través de un sendero no frecuente que tiene curiosamente al humor, a la ironía, a la risa, a los juegos de palabras, a lo inaudito, a lo paradójico, aunque fundamentalmente a la angustia existencial, como vías regias para aproximarse a la cima donde habitan las nieves eternas o a la sima de los abismos más profundos. Si me apuraran un poco, no titubearía en decir que este poemario, “Desecho e izquierdo”, es uno de los mejores libros, si no el mejor, de la poesía argentina contemporánea.
*“Desecho e izquierdo”, Editorial Leviatán, Buenos Aires, febrero 2026, 152 páginas.