José Pastor González
Ellos mataron a mi padre. Don Antonio de Castro Fernández, Francisco Reinoso “Tito” y Sixto Ortega Blanco. lo mataron a palos, el domingo de Ramos de 1945, cuando mi padre venía de recoger leña del monte. y allí lo dejaron, en la Hoya del Moro, donde lo encontró José “El Pastor” y donde mi madre y mi abuelo fueron a buscarlo, ya de anochecida, para bajarlo al pueblo. yo tenía 14 años y no me dejaron verlo. el Lunes Santo le dimos sepultura, sin ceremonias, porque el cura, Don Aurelio, se negó a estar presente en el entierro de «un rojo blasfemo y mal nacido».
Y los que mataron a mi padre siguieron haciendo su vida como si no hubiera pasado nada. se sabían intocables, se sabían los amos, se sabían los ganadores. y nosotros solo podíamos llorarlo y guardar silencio. y ellos hacían su vida como si nada y nosotros les teníamos que ver todos los días. les veíamos por las calles del pueblo, en la iglesia, en la tienda de Matea, en la puerta de la taberna… todos los días. y teníamos que ir a pedirles trabajo en la aceituna o permiso para recoger leña… y nosotros aguantando en silencio y con miedo. y ellos pavoneándose por el pueblo, con sus «Viva Cristo Rey» y los domingos con sus camisas azules y sus pistolas al cinto, y presumiendo que iban de cacería de rojos. y sus risas y sus insultos y su prepotencia… y yo que tenía que ver a sus hijos en la escuela, en el patio, en la calle… y aguantar sus insultos, sus desprecios, todos los días. día tras día.
Y el tiempo que dicen que todo lo cura pero que a mí me dejó un dolor asentado en todo mi cuerpo. que crecía y crecía y crecía. y pasaron los años y quise olvidar, quise perdonar, pero había algo dentro de mí que se había enquistado y que no me permitía ni olvidar ni perdonar. y seguían pasando los años y parecía que no había pasado nada. y Don Antonio de Castro Fernández, que ya de viejo, se presentó por UCD en las elecciones municipales de 1979, y un día se vino a mi casa, a la casa que fue de mi padre, a pedirme el voto y que me regaló un mechero de la Unión de Centro Democrático, como si no hubiera pasado nada. y Tito y su hijo que se hicieron con la antigua posada y la convirtieron en un restaurante y que le ofrecieron a mi mujer un trabajo de camarera, como si no hubiera pasado nada. y Sixto Ortega Blanco que murió de cáncer, y al que en 1978 se le dedicó una calle en el pueblo, como si no hubiera pasado nada.
Y yo tomaba vinos y jugaba al paulo con el hijo de Don Antonio, José María. y bailaba en las fiestas del pueblo con las hijas de Tito, María Luisa y Rebeca. y trabajé durante años en la aceituna para Sixto, y ahora trabajo en la aceituna para su hijo, Don Eduardo, que es educado y buena gente y paga bien y no repara en gastos en el arremate. como si no hubiera pasado nada.
Pero no pude olvidar ni perdonar y algo insano, venenoso, me corroía por dentro. y rumiaba en silencio un algo a lo que no sé qué nombre ponerle. y ayer, en las fiestas de San Marcos, el día de la procesión, me fui a por la escopeta que fue de mi padre y los busqué, a los padres y a los hijos y me tomé mi revancha. y hice bien mi trabajo, como siempre, como me había enseñado mi padre. y por mis muertos.
Del libro «Almanaque. Cosas que pasan en los pueblos que no veréis en las ciudades» José Pastor González (Ediciones Fantasma)
Todo va a ir bien.
Y nos aferrábamos con uñas y dientes a todo ese “todo va a ir bien”. si todo tiene un final. todo tiene un principio. todo empezó cuando se quedó sin trabajo. y aquella noche que lo hablamos con la preocupación y la incertidumbre en la voz y en los gestos, y su “todo va a ir bien” para quitarle hierro al asunto. y «todo va a ir bien» se convirtió en nuestra coletilla, en nuestro salvavidas. y a ese “todo va a ir bien” nos agarrábamos cuando pasaron los meses y ninguno encontrábamos un trabajo. cuando se nos acabó el dinero del paro. cuando dejamos de fumar para quitarnos de un gasto “inútil”. cuando dejamos de comprar aceite de oliva para quitarnos de otro gasto “inútil”. cuando los pocos ahorros que teníamos se fueron en un abrir y cerrar de ojos. cuando los amigos dejaron de llamarnos para salir los sábados por la noche. cuando el banco no nos concedió un préstamo. cuando vendimos el coche. cuando acostábamos a los niños sin cenar.
Cuando no podía más y se me escapaban las lágrimas. cuando discutíamos por cualquier tontería por la que no habíamos discutido nunca (por comprarme unas braguitas de 6 euros, por ducharme con agua caliente, por mandarle una carta a mi madre, por los 45 céntimos del sello, por encender la calefacción antes de las seis de la tarde para no morirnos de frío…).
Él hizo todo lo posible y lo imposible para que la realidad no nos hundiera, para que no nos rompiera, para que no nos desgastara, para que no nos rindiéramos. luchó lo que no está escrito para que todo fuera bien. pero nada iba bien.
Él no quería darse por vencido pero se iba hundiendo poco a poco, a escondidas, sin que nadie le viera. ni yo ni los niños. y yo no podía o no sabía ayudarle. y le cambió el humor y dejó de comer y se enfadaba por cualquier cosa y le atacaba de los nervios cualquier ruido y no dormía más de tres horas seguidas y se encerraba en su silencio, se encerraba en su mundo y de allí solo salía para decirme a los ojos “todo va a ir bien” y abrazarme con fuerza e imitar a Charlot vagabundo para sacarme una sonrisa y el miedo de los ojos. pero le miraba a los ojos y veía su cansancio, su tristeza, su desesperación y el miedo que compartíamos.
Y lo intentamos juntos pero no servía, o no sabíamos, o no podíamos. y lo intentábamos una y otra vez para que todo fuera bien. pero nada iba bien. nada, ni un trocito.
Y aquella noche que no vino a dormir, aquella interminable noche, supe que todo había acabado. que el hijo puta se había rendido. que el hijo puta me había dejado sola.
Y a los dos días cuando la policía nacional vino a comunicarme que habían encontrado el cuerpo de un hombre ahogado en el embalse de Cubillas que coincidía con la descripción de mi marido, ya nada me importaba. porque ya nada importaba. y ya nunca nada iría bien.
Del libro «cartografía de la derrota» José Pastor González (Éditions az’art atelier)