Carlos Decker-Molina
La geografía ha recuperado su protagonismo. Ormuz controla la energía; Taiwán, los microchips; Malaca, el comercio entre Asia y Europa; Bab el-Mandeb, el acceso al mar Rojo; los estrechos daneses son la salida de Rusia desde el Báltico. Cada uno representa una forma distinta de poder, pero todos comparten una misma característica, son puntos donde unos pocos kilómetros de agua pueden condicionar la economía y la seguridad del planeta.
La geopolítica contemporánea se concentra en unos pocos cuellos de botella. Como decía Napoleón, la política de los Estados está en su geografía; en el siglo XXI podría añadirse que la estrategia mundial se juega en los estrechos.
Pekin
Los chinos observan y sacan sus propias conclusiones, en términos comunistas se podría decir: “las enseñanzas que nos da el enemigo de clase”
Si el estrecho de Ormuz constituye el principal instrumento de presión estratégica de Irán, el estrecho de Taiwán podría convertirse en el gran mecanismo de coerción de China.
La diferencia reside en aquello que cada uno pone en peligro.
Irán utiliza Ormuz para amenazar el flujo mundial de petróleo y gas. Aproximadamente una quinta parte del comercio marítimo de hidrocarburos atraviesa ese paso. Su objetivo no tiene que ser necesariamente cerrarlo de manera permanente, sino demostrar que posee la capacidad de elevar el costo económico y político de cualquier guerra contra Teherán.
China, en cambio, no necesitaría hundir barcos para ejercer presión sobre Taiwán. Podría imponer una «cuarentena», inspecciones obligatorias, zonas de exclusión o un bloqueo parcial. El impacto afectaría tanto al tráfico marítimo de Asia oriental como a las cadenas mundiales de suministro, especialmente las vinculadas con los semiconductores.
En ese sentido, el estrecho de Taiwán posee incluso un valor estratégico mayor que Ormuz. Mientras este último amenaza principalmente el abastecimiento energético, una crisis en Taiwán comprometería simultáneamente la tecnología, la industria, el comercio marítimo y la seguridad del Indo-Pacífico.
Un cierre prolongado de Ormuz provocaría un fuerte aumento del precio del petróleo. Un bloqueo de Taiwán, en cambio, podría paralizar sectores enteros de la economía mundial, desde la industria automotriz hasta la inteligencia artificial, debido al papel central de la isla en la fabricación de semiconductores avanzados.
También existen diferencias importantes en el plano militar. Irán aplica una estrategia de negación de acceso mediante minas, misiles costeros, drones y lanchas rápidas, con el propósito de convertir la navegación en una operación extremadamente peligrosa. China dispone de recursos mucho mayores: una poderosa marina, aviación, misiles balísticos antibuque y guardacostas capaces de sostener un bloqueo durante un periodo prolongado.
De esta comparación surge una idea central:
Si Ormuz es el arma energética de Irán, el estrecho de Taiwán es el arma tecnológica de China.
En ambos casos no se trata únicamente de controlar un paso marítimo, sino de transformar la interdependencia económica mundial en un instrumento de disuasión. El primero amenaza el petróleo; el segundo, los microchips. Uno puede detener los motores del mundo; el otro, su cerebro.
La comparación revela una transformación de la geopolítica contemporánea: los estrechos ya no son simples accidentes geográficos, sino espacios desde los cuales las potencias pueden ejercer presión económica, militar y política sobre el resto del mundo.
Por su lo parte los rusos también observan el ejemplo de Ormuz y miran hacia los estrechos de Dinamarca y Suecia.
Rusia y el Báltico
Rusia sale del Báltico a través de un sistema de estrechos sueco/daneses: Øresund, Gran Belt (Storebælt) y Pequeño Belt (Lillebælt). Todos ellos están bajo soberanía de Dinamarca y Suecia, y desde el ingreso de Suecia en la OTAN el Báltico ha pasado a estar rodeado casi por completo por países aliados. Rusia conserva únicamente sus costas en el golfo de Finlandia (San Petersburgo) y el enclave de Kaliningrado.
Eso convierte a esos estrechos en un punto estratégico de enorme importancia. Sin embargo, existe una diferencia jurídica respecto a Ormuz y Taiwán.
Ormuz puede ser amenazado por EE. UU. mediante la fuerza, pero el dueño de la llave es Irán.
Taiwán podría ser objeto de un bloqueo o una cuarentena por parte de China.
Los estrechos daneses están regulados por el derecho internacional y por tratados históricos que garantizan el paso inocente y la libre navegación en tiempos de paz. Cerrarlos unilateralmente tendría enormes implicaciones jurídicas y políticas, incluso militares.
Pero en una guerra abierta entre la OTAN y Rusia, la situación cambiaría por completo. En ese escenario, los estrechos daneses podrían convertirse en el equivalente septentrional de Ormuz: el cuello de botella por donde debe pasar la Flota del Báltico para acceder al mar del Norte y al Atlántico.
De hecho, muchos estrategas consideran que el Báltico está adquiriendo una importancia comparable a la del mar Negro tras la invasión a Ucrania. No por casualidad Suecia y Finlandia se vieron en la necesidad de ingresar en la OTAN.
En la actualidad Suecia y Dinamarca han reforzado su vigilancia naval y aérea, y la OTAN presta una atención creciente a esa región.
La llamada flota fantasma de Rusia que transporta petróleo pasa el estrecho de Øresund sin problemas, pero bajo la mirada de ambos países. Los temores son más bien ecomarítimos. Los barcos alquilados por Rusia están muy deteriorados por viejos, lo que puede producir derrames de petróleo que dañarían la fauna del Mar Báltico.
Los estrechos han dejado su condición de accidentes geográficos para convertirse armas poderosas.