Eduardo González
No se detiene el calendario, su inexorable marcha persiste. Los recuerdos se hacen difusos en la bruma del tiempo; una pátina densa y mustia los asfixia y sepulta. Hay imágenes, sensaciones, remembranzas que en mi mente subsisten y, sin más, emergen como añejo rescoldo y cobran vida.
A mi memoria vienen, sin esforzarme mucho, las imágenes épicas de la cruenta batalla entre teutones y galos sobre el verde césped sevillano, cuatro décadas atrás. La maestría en el manejo de la esférica por parte de un general de mil batallas, apellidado Platini, y de cómo hacerla rodar a través de circuitos invisibles, le confirió al cotejo una magia sin par. Se mecían al viento los risos de Rocheteau corriendo tras el balón; destellaba la sudorosa corteza de ébano de Tigana y de Trésor, en la disputa viril por la pelota; y Giresse iba y venía, incansable, por los cuatro puntos cardinales del gramado.
El soldado Battiston caía herido ante el golpe brutal de un ufano Schumacher que se pavoneó impune el resto del partido, como aquellos criminales que sanción no reciben. Un Rummenigge elegante y sobrio tomó las riendas de una Alemania, por momentos perdida y agobiada, que la victoria alcanzó en las piernas de Breitner y Litbarski, mostrando aplomo en los momentos en que era preciso sangre fría y control.
Mi memoria me lleva ahora a tierras aztecas, a los dominios del portentoso y cobrizo Moctezuma; de nuevo, Alemania —de quien he sido hincha— es protagonista de partidos cruciales, de matar o morir en el gramado. Habían pasado ya cuatro años desde el memorable encuentro entre la escuadra germana y Francia, el que para muchos ha sido uno de los más fascinantes partidos de la historia de los mundiales de fútbol.
Alemania y la nación sureña del Río de la Plata disputaban el cotejo final en pos de la anhelada copa. Maradona, poeta como Borges, poeta del balón que danzaba con él entre sus piernas tonadas gardelianas inaudibles, lideraba el seleccionado, y eran su séquito Valdano, Ruggeri y Passarella, de talento admirable, pero sin la genialidad del capitán del equipo, que supo emerger de la polvorienta y marginal barriada a base de pundonor y lucha, y hacer de su figura un astro universal.
Empatados Alemania y Argentina, muy cerca del final, llegó el punto de quiebre: un magistral pase de Diego Maradona a Jorge Burruchaga, que convirtió en gol éste último, pese a la acechanza atlética de Hans-Peter Briegel, una mole de músculos que no logró impedir que el balón cruzara la línea y terminara yaciendo inmóvil en la red.
Pude satisfacer mis ansias de victoria, como hincha fiel del seleccionado alemán, en tierras italianas, cuatro años después, tras un deslucido y tenso encuentro por la copa orbital que, a la postre, terminaría en manos teutonas, producto de un gol desde el punto penal de Andreas Brehme, cuando el partido se acercaba a su fin.
El héroe argentino del torneo anterior lloraba inconsolable tras dejar escapar el trofeo de sus callosas manos; trofeo con el que hubiera igualado la gesta de Pelé, de dos triunfos mundiales al hilo.
Recuerdo, en 1994, el fervor de los aficionados colombianos, su triunfalismo desmedido y quimérico que los llevó a creer, ilusamente, que la selección nacional se alzaría con la copa y Brasil, Alemania, Italia o Argentina aplaudirían, frustrados, el triunfo del equipo de tierras del café. Todo terminó en un fiasco vergonzoso por merecidas derrotas en cadena, y un defensor, Andrés Escobar, valeroso, sereno y aplomado, terminaría cayendo, víctima de las balas, por parte de un maníaco que sintió burlada su ilusión de victoria. Higuita, Álvarez y Valderrama no fueron más que inofensivos soldados de un escuadrón con armas sin munición, hazmerreír de la nación entera que los creyó dueños de la copa, sin jugarla.
Entrado el siglo XXI, en el lejano oriente, Brasil truncó mi anhelo de ver coronada a la selección
teutona en la final soñada para los adoradores del fútbol. La diferencia horaria no impidió que atestiguara en cada encuentro la solvencia con que el seleccionado europeo se paraba en la cancha y vencía con propiedad a sus más enconados rivales. Pero su exitoso trasegar por el torneo no fue suficiente para alzarse con el codiciado trofeo. Brasil logró vencerlos producto de errores del infalible Oliver Kahn, que fue, a pesar del infortunio, proclamado como la estrella más alta y luminosa de la cita mundialista, por sobre el magistral Ronaldo, general del ejército carioca.
Sigo excavando en mis recuerdos y sale a la luz otra victoria de Alemania, que un hincha como yo había esperado por más de dos décadas de torneos sucesivos acariciando la copa, a milímetros del triunfo, a nada de la gloria. Solo, en un cuarto de hotel boliviano, sumido en el agobio y la ansiedad, siendo testigo de una épica batalla de titanes que replicó la final del torneo mexicano del 86, y que en estadios de Brasil se disputó, Argentina y Alemania serían los seleccionados que pugnarían por la gloria orbital. Con el encuentro ya a punto de irse a la definición desde el punto penal, Mario Götze, con destreza y sin asomo de duda, insertó el balón en el fondo del arco, dejando a los argentinos tristes y adoloridos, como el tango más gris.
Hace cuatro años, rodeado de mezquitas y petróleo a borbotones, recibió Messi el premio que por años mereció detentar. Futbolista grandioso, estratega, líder de un escuadrón de soldados que por su país lucharon, como lo hicieron con valentía, arrojo y amor patrio los héroes de Malvinas, que por su bandera albiceleste entregaron la vida. Para muchos —y me incluyo—, la final del 2022 fue, sin duda, la más admirable y memorable batalla futbolera de cuantos torneos mundialistas se han disputado. Ver a Messi enarbolando la copa que por décadas intentó conquistar a base de genialidad y magia fue la imagen soñada para muchos, un momento de gloria para las posteridad, un momento de gloria que celebra al fútbol y sus ídolos.
Este fugaz compendio de nostalgias, de episodios que se resisten a huir de mi memoria, de goles, de sudor, de piernas prodigiosas y banderas, me trae hoy a un torneo por el que no siento el interés de antaño. Una FIFA indigna, un Infantino genuflexo y servil, un Trump más desquiciado y cruel, una nación cada vez más fascista, más imperial, más opresora que funge como sede, despiertan toda mi aversión y desgano. Quieran los dioses tutelares del balón que, avanzado el torneo y con ello, un auspicioso paso de la selección colombiana, recobre la pasión que alentaba mi alma cada cuatro años y que esperaba ansioso para gritar los goles de alemanes, argentinos, colombianos, brasileños, franceses e italianos que hicieron grande al fútbol, poesía de piernas y balones, que languidece hoy bajo los botines del tirano.
Eduardo González es poeta y diseñador de modas y vestuario escénico. Realizó estudios de Historia en la Universidad Nacional y ha obtenido diversos reconocimientos literarios: en 2020 ganó el Concurso de Cuento Corto del Museo Colonial de Bogotá, obtuvo el segundo lugar en el concurso Deporte y Dictadura y recibió menciones de honor en certámenes como Lone Star (Texas, EE. UU.), Shincal de Quimivil a los Pueblos Originarios, Julio Argentino Aguirre y Por los Océanos en Argentina. Su obra poética forma parte de numerosas antologías, entre ellas Poesía Contra la Dictadura, Poetas por la Paz, Poetas con Alas de Paz, Vigilia Poética, Poesía Anti-imperialista, Prólogo y Epílogo, Contertulios, Gran Simio y La Diferencia de mi Desamor. Además, ha publicado los poemarios Itinerario de la Sed (2020), Efímera Cura (2022) y Amada Bogotá – versos de lluvia y frío (2024).