La victoria del frente Magisterio combativo, dirigido por Anahí Boso, en las elecciones de la Federación Departamental de Trabajadores de Educación Urbana de La Paz, frente a la candidatura del POR (Unión Revolucionaria de Maestros), tras 46 años de liderazgo trotskista (a pesar del pequeño margen logrado), representa mucho más que un simple relevo gremial o una fluctuación electoral interna; constituye un hito histórico que clausura formalmente el ciclo de vigencia del trotskismo y de la izquierda marxista en todas sus vertientes, lo que en términos breves significa hace mucho dejaron de ser “la vanguardia” de los sectores trabajadores del país.
Si uno ingresa hoy en día a la página del POR se encuentra con insólitos slogans convocando a la “resistencia frente al estado de excepción y al imperialismo yanqui”. En realidad, ante publicaciones de ese tipo solo queda una extraña sensación de antigüedad, de una profunda e incómoda disonancia temporal; la constatación de que nos encontramos ante un esquema mental fosilizado que insiste en interpelar a un sujeto social que ya no existe.
Este quiebre irreversible frente a la realidad nos invita a desentrañar los factores estructurales y sociológicos que determinaron el ocaso del POR y de las ideologías nonagenarias, examinando el advenimiento de una conciencia ciudadana plural que terminó por desbancar la noción clásica de la “vanguardia proletaria”.
Para comprender la magnitud de este fenómeno, es indispensable considerar que el arraigo del POR en el magisterio boliviano no era un accidente histórico, sino el último reducto de la tesis de Pulacayo (1946).
Aquel documento programático que subordinaba la diversidad de las demandas sociales a la dirección ilustrada de la clase obrera y sus aliados estratégicos. Durante 40 años, los maestros bolivianos asumieron un ethos combativo donde la huelga, el bloqueo y la retórica de la lucha de clases funcionaban como los únicos mecanismos legítimos de interlocución con el Estado.
Sin embargo, este modelo de sindicalismo revolucionario padecía de una rigidez epistemológica insostenible frente a las dinámicas de la globalización, la modernización y la diversificación social del país.
La insistencia en encuadrar la realidad nacional bajo las categorías binarias de «explotados y oprimidos» contra un «gobierno sirviente de la burguesía» operó un proceso de aislamiento político, en el que la cúpula partidaria se volvió incapaz de leer la realidad.
Esta desconexión práctica y discursiva, que el partido sigue emitiendo en pleno siglo XXI, revela la parálisis de una izquierda que confundió la fidelidad doctrinaria con la realidad del desarrollo de las fuerzas productivas y las clases sociales nacionales.
Mientras el POR preservaba intacto su arsenal terminológico; la sociedad civil boliviana atravesaba una metamorfosis radical caracterizada por la emergencia de nuevas identidades urbanas, el crecimiento de la economía informal y una reconfiguración de los canales de movilidad y representación social que desbordaron por completo los márgenes del sindicato tradicional.
El maestro contemporáneo ya no responde a la mística del obrero minero de los años 50; es un actor inserto en redes de consumo, dinámicas de conectividad digital y aspiraciones de ciudadanía que no se agotan en el asalto al poder del Estado ni en la huelga indefinida.
Al clausurar los canales de renovación interna y persistir en una pedagogía de la confrontación sistemática, el trotskismo convirtió su otrora vigorosa resistencia en un anacronismo estéril, provocando un cansancio histórico en las bases que terminó por erosionar su legitimidad política y sus capacidades para representarlas fielmente.
El triunfo del desplazamiento del POR no debe interpretarse, por tanto, como una victoria de la derecha en cualquiera de sus actuales versiones, sino como el triunfo definitivo de la condición ciudadana sobre las corazas ideológicas que primaron durante el siglo XX.
Lo que ha acontecido en el magisterio es el reflejo de una tendencia sociológica generalizada en el occidente capitalista del siglo XXI: la transición de una subjetividad política corporativista y mesiánica hacia una cultura política de corte democrático y pragmático, donde los trabajadores priorizan la transparencia y la resolución concreta de sus problemáticas sectoriales sobre la retórica de la emancipación revolucionaria.
La caída del porismo en su cuartel general es el síntoma inequívoco del fin de una era en la que las grandes narrativas teleológicas pretendían dictar el comportamiento de las masas.
La experiencia trotskista boliviana demuestra que cuando las estructuras de los viejos partidos se niegan a metabolizar las enormes transformaciones que trajo el siglo XXI la realidad no se detiene a esperarlas; las desborda mediante el silencioso ejercicio del sufragio y la desobediencia civil.
Lo que ha pasado con el POR en el magisterio nacional nos permite ver la emergencia de un sujeto social desencantado de los dogmas totalizadores, de las grandes ideologías y las narrativas revolucionarias del siglo XX, y la instalación de una conciencia democrática y ciudadana definida por la defensa de los derechos, la dignidad y la representatividad más allá de los partidos y sus doctrinas.