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Franz, una película

Christian Jiménez Kanahuaty

Franz Kafka es uno de los mitos más importantes que la cultura popular ha construido alrededor de la figura, obra y vida de un escritor. Kafka tiene fama de ser un escritor difícil, incluso entre aquellos que no lo han leído, pero dicen con soltura qué sintieron al leerlo y aseguran saber de qué tratan sus libros.

También Kafka es evocado para representar lo absurdo, lo melancólico y lo compleja que puede ser la vida moderna al interior de las instituciones. Lo burocrático tiene un sentido complejo, cuando un ser humano dice que le resulta kafkiano un trámite o entender la dinámica de una institución. Y luego ya no hacen más explicaciones, porque kafkiano significa todo y nada. Una nebulosa constante sobre algo que se debe pensar, pero en lugar de pensar, mejor asegurar y listo.

Se postula tanto sobre Kafka, que parece que hay Kafka para todos los gustos. Un Kafka para el escritor principiante que es encandilado por la imagen del hombre delgado que apostó la vida por la escritura para luego pedirle a su amigo que quemara aquello que con tanto esfuerzo había escrito.

Existe el Kafka contra el padre: recurso constante entre hijos e hijas que odian y aman al padre a partes iguales y lo que no pueden asumir de la propia vida resulta que es simple resultado de la falta de amor paterno. Culpan al padre por escrito, hacen de la paternidad y de la familia el escenario de múltiples variedades de horror doméstico y cotidiano.

Luego está el Kafka que es leído desde los símbolos. Como si toda su escritura fuera un signo, o algo que necesita decodificarse para ser entendido. Estos lectores son los más profesionales. Hacen tanto alarde de su conocimiento sobre Kafka que han postulado un Kafka metafísico, un Kafka melancólico, un Kafka orillado por su propia necesidad de escritura y renuncia a la vida y un Kafka que va contra el tiempo histórico de su época y manifiesta un rechazo contra las convenciones.

Pero también existe el Kafka que ha sido motivo de muchos ensayos, tesis, investigaciones y posibilidades teóricas para explicar, como en el caso de Ricardo Piglia, el sentido de los puntos suspensivos en su prosa. Y es que Piglia en un ensayo al interior del libro El último lector desliza la idea de que los puntos suspensivos no son intencionales. Suceden debido a las interrupciones familiares. El llamado a cenar, los gritos del padre, el llanto de la madre y los ruegos de las hermanas. Todo atenta contra la escritura. Él debe atender cada uno de estos eventos y cuando regresa, después de los puntos suspensivos, lo que escribe no es la continuación de lo que escribía, sino que vuelve a empezar desde ese sitio.

Así que en lugar de poner un punto y a parte y empezar algo nuevo desde cero, empieza desde el punto en que dejó la escritura y desde ahí avanza hacía otro lugar. Es de ese modo en que funcionan nuestras ideas cuando son interrumpidas. No regresan necesariamente a ese punto que íbamos tejiendo. Al contrario: aparecen nuevas ideas, escenas, imágenes y sobre esas ideas nuevas continuamos el pensamiento por otros lugares y medios.

Kafka bajo esa perspectiva es el escritor del reinicio hacia otro lugar. Es el escritor que batalla contra la necesidad de la interrupción. La vida no puede ser entregada por completo al arte, y cuando hay la voluntad para aquello, surgen las interrupciones. Los problemas, las contingencias y las equivocaciones.

En la película Franz del año 2025 y dirigida por Agnieszka Holland, se logran reunir todos estos tópicos. Pero, además, la propia respiración de la película y su iluminación están contaminadas por la prosa de Kafka. Resulta muy similar a una puesta en escena mental de lo que se lee en las palabras del escritor checo.

Y resulta llamativa su triple fuerza, entre la película biográfica, el documental y la película ensayo que reconstruye cómo se mezclan ambas narrativas. Kafka hubiera estado muy contento con el resultado, porque su carácter híbrido, deforme, raro, extravagante y sin contemplaciones para con el espectador, es también el de su prosa.

Lo suyo es la manera más afectiva de llevar un escritor a la gran pantalla. No es un simple acto de traducción de un género (el literario) a otro (el cinematográfico). Al contrario, es un acto de la voluntad que se ejecuta desde el núcleo mismo del pensamiento del autor de El castillo.

Es indagar cómo hubiera sido Kafka si estuviera vivo hoy. Y cómo Kafka lejos de aquellas ideas minimalistas sobre la burocracia y el absurdo, puede ser entendido como precursor de sus propios lectores. Porque adelantándose a ellos, resulta más moderno, porque los desactiva en su intención de generar grandes interpretaciones, ya que lo suyo era poner en palabras por escrito una serie de dudas e imágenes con las cuales él podía transitar de su tiempo histórico a lo que vendría. Sin la necesidad de ser juez de su tiempo o de las instituciones donde trabajó.

Simplemente logró darse cuenta que en la transición de una década a la otra al interior de un siglo se estaban dando cambios que generaban que los símbolos, los códigos y los géneros pudieran ponerse en duda. Kafka exploró con su cuerpo las bondades de cierto régimen de alimentación, cierta renuncia a entregarse totalmente al matrimonio y entender que el amor no era sino una construcción que debe ser refrendada día a día por los amantes.

No cree en absolutos ni en definitivas acciones sociales, culturales o políticas. Y aunque en la película hay la escena sobre el enlistamiento en el ejército, lo que existe en el rostro de Kafka a lo largo de esa escena es una gran desolación. Porque ya ni el valor le genera alegría, dado que ha reconocido que esa institución también está perdiendo sus viejas glorias.    

Franz es la película que por fin pone en imágenes a través del lenguaje del cine, lo que siempre se negaron a afirmar los guardianes de la fe académica y literaria. Que Kafka era un hombre normal, con una gran imaginación, una gran capacidad de empatía y de rechazo a las convenciones sociales, y que, al mismo tiempo, creía en la literatura como un poder absoluto para entender la vida de los seres humanos y que al mismo tiempo, adoraba a sus hermanas y a su madre y que con su padre deseaba un contacto más allá del reconocimiento derivado de los logros personales: así que lo suyo no debía ser nada más ni nada menos que poner por escrito todo el color, el ruido y el movimiento que sus ojos y emociones recibían del exterior.

Kafka no era un santo ni un renegado. Simplemente fue un escritor que supo ver su mundo tal cual era hacia el final de su época estable, y entendió que lo mejor para ayudar a la comprensión del mundo no era narrar lo que no existiría más, ni aquello que se avecinaba. Lo mejor era enfocarse en narrar lo que cabía justo en el medio. Aquello que no era ni certeza ni impulso, sino pura ilusión, pura decadencia y pura sorpresa. Porque de ese modo, todo aparecía al mismo tiempo. La sorpresa genera impulso por saber. La incertidumbre arroja preguntas y la imaginación esgrime posibilidades. Así que sí, ver esta película ilustra de modo perfecto de qué materiales está compuesta la vida de un escritor y cómo es que el escritor traduce esos materiales en escritos de ficción donde es posible que se deslice la biografía del autor y también la biografía de su época.

Un escritor entonces no es un ser dañado o un ser insatisfecho. Simplemente es una persona, un ser humano, altamente atento a los cambios profundos que suceden en la sociedad, y que escriba sociología, antropología, novelas o poemas, es simplemente debido a que, en su búsqueda por expresarse del mejor modo posible, el escritor en cuestión ha encontrado unas palabras que se ajustan a esos moldes.

Por ello hay en Kafka esa necesidad de restarse mérito y no comprender del todo lo que está escribiendo, ni por qué lo hace, pero sabiendo que sin escribir su vida estaría incompleta. Así que sí. Ver Franz también ayudará a comprendernos mejor a nosotros mismos y qué rol jugaremos en la posteridad. 

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