Nuevos oficialismos (en plural)

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Quienes de una u otra manera participaron o, de última, celebraron la salida de Evo Morales del Gobierno se encuentran ahora en la vereda de enfrente. Les guste o no, habiendo matices, en lo grueso dejaron de ser opositores (o pro-oposición) para convertirse en oficialistas (o pro-oficialistas); y esto, de arranque, es una incomodidad, no lo contrario. Por otro lado, de algún modo, Jeanine  Añez es producto del movimiento cívico de las pititas (exopositor), cuya primera decepción no ha tardado en llegar. 

La mandataria prometió hasta tres veces que no se postularía, pero faltó a su palabra. Pecado mortal para quienes, por lo visto, promueven un nuevo contrato político-social sobre el cimiento de escrupulosos principios religiosos y/o éticos.

Podría restregarles a los nuevos desesperanzados una de mis frases pesimistas favoritas: “A baja expectativa, ninguna decepción”, pero, no son tiempos de leña para el fuego ahora que la autoestima de la gente ha subido un poco. Vamos a lo importante: aquel resquebrajamiento de la confianza depositada en alguien que jugó un papel clave para la restitución de la paz en el país constituye un hito preelectoral que podría ser decisivo de cara al 3 de mayo. ¿Cómo uno puede parecerse a lo que aborreció? Simplemente haciendo lo mismo que criticaba del aborrecido.

Los oficialismos no son gratos. Siempre es más cómodo ubicarse en la oposición, por varias razones. Una de ellas, la capacidad innata del animal político sudamericano de mantenerse en su atolladero; o, dicho de otra forma, su inaptitud histórica para resolver problemas básicos. ¿Por qué también es más propicio ser opositor? En la línea de lo afirmado en el párrafo anterior, por nuestra asombrosa habilidad para criticar. 

Me refiero a la crítica de juicio liviano, de criticones, a la que no supone una condición propositiva implícita y por tanto abre un espacio fértil para el desenvolvimiento de la mediocridad. En buen vulgar, aquí se opina mucho y se sabe poco, y los gobiernos -casi genéticamente ineptos- son blanco fácil para todos, por todo y por nada.

Volvamos a Bolivia. Si algo une a los nuevos “oficialistas” (una mayoría de ciudadanos de esa clase media típicamente abúlica que hoy está más politizada que nunca) es su convicción de que el MAS no debe volver al poder. He ahí su fortaleza y, no se vislumbra que tal cosa, llamémosla pitita, pudiera romperse. Ni siquiera con un nuevo traspié de los que podrían ser algunos de sus referentes; hablo de los pasos en falso que dieron, y con sonada repercusión, la propia Añez, Camacho y Pumari. (Las comillas aluden a lo etéreo -cuando no tornadizo- del término “oficialista” en un contexto en el que nadie sabe qué político exactamente lo es. Entre otras curiosidades, hay “oficialistas”, o “pro”, fuera del  Gobierno).

Esta desconcertante realidad nos muestra lo lejos que estamos del ideal últimamente exigido por la “generación pitita” (otra categoría que entraña cierta ambigüedad: algunos están agrupados en organizaciones civiles y otros, no). Les mueve de nuevo el enojo. Se sienten traicionados. Saben de la segura dispersión del voto anti-MAS.

En toda polarización a ninguno de los dos bandos le conviene que el suyo se fragmente en varias partes; creen, fundadamente, que esto es un atentado contra la lógica. Pero la demanda de “unidad” entre los nuevos “oficialistas”, aunque resulte también lógica por simple matemática, puede implicar la afectación de la libertad de personas que tienen aspiraciones individuales. Nadie obliga a nadie, pero la presión social sobre las candidaturas no masistas ha ido en aumento. He aquí un dilema ético para éticos.

Nunca es mala la búsqueda de acuerdos o de consensos, pero sin descuidar el respeto a la libertad de pensamiento y de acción, incluso, dentro de una misma corriente.

Esta de ahora es la nueva democracia boliviana. Es una democracia diversa, polifónica y, hasta se podría decir, saludable, cuando las voces protagonistas no se despintan en cruzadas mesiánicas, o cuando los políticos no se cuecen solos en olla de grillos -por ejemplo- sabiendo cuándo tomar el poder, pero no cuándo dejarlo.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.