Vladimir Roger Torrez Monasterios[1]

La literatura es un registro que permite explorar los aspectos encubiertos y marginales del discurso. El desarrollo interior del individuo, arrinconado por las fuerzas que inevitablemente lo determinan y condicionan en la modernidad, hace de la literatura un espacio donde se intenta superar esas determinaciones. En Bolivia el peso de la literatura, a principios del siglo XX es decisivo. Novelas y cuentos no se limitan a producir construcciones ficcionales sino que platean proyectos políticos, horizontes ambiciosos y rechazos manifiestos a ciertos grupos sociales. La sexualidad de los grupos dominantes es uno de los aspectos que el discurso de la época trata de funcionalizar matizando comportamientos que intentan desbocarse del deber ser y los valores “fundamentales” de los sujetos dominantes. La literatura del encholamiento es un ejemplo de este tipo de regulación del discurso. En el presente ensayo se pretende analizar brevemente este tipo de literatura e identificar algunos elementos mediante los cuales se reproduce el discurso oficial. En primer lugar hago una exposición sintética de la relación entre discurso, sexualidad y literatura, siendo ésta última, al menos teóricamente, un ámbito de libertad y de cuestionamiento al discurso oficial. Luego expongo brevemente algunas características de la literatura de principios de siglo pasado y describo cómo la literatura del encholamiento se vinculó al horizonte político de la época. Finalmente, analizo el cuento La Miskki-Simi que es un ejemplo de cómo los principales temores de la subjetividad criolla tratan de hacer frente a la sexualidad chola. Se eligió este relato porque, a pesar de su corta extensión, ejemplifica y concentra a cabalidad las características del sujeto criollo en decadencia y al mismo tiempo brinda un mensaje moralizante y de impacto político notable.   

2. Discurso, sexualidad y literatura

En El orden del discurso Michel Foucault desarrolló el plan de investigación de su obra. Una serie de preocupaciones y reflexiones por las complejas relaciones entre el saber y poder. A la palabra no se accede inocente y espontáneamente -nos dice-, la institucionalidad establecida margina determinados discursos para mantener el statu quo. Esta institucionalidad busca incesantemente crear rituales de inicio, dar sentidos y por tanto excluir ciertos tipos de discursos, controlar ciertos temas “peligrosos” evitando así su reproducción en el tiempo; trata de mostrarse como natural, como innata a las leyes para evitar que el habla y los discursos divergentes proliferen libremente (Foucault, 12: 2002). Dicha situación es patente en las sociedades modernas donde la necesidad de controlar está articulada con los dispositivos de poder:

…en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. (Foucault, 14: 2002).

Uno de esos mecanismos de exclusión es la prohibición, no se puede decir todo, no se pueden abordar ciertos temas en determinadas circunstancias, “cualquiera no puede hablar de cualquier cosa”. Foucault creía que la sexualidad y la política eran las regiones del discurso que concentraban la mayor cantidad de regulaciones y dispositivos de control.

La malla de prohibiciones revela una especial relación entre poder y deseo, ya que no se debe olvidar que el discurso es objeto de luchas por el poder, luchas por controlar lo que se dice, cómo se lo dice y quien está autorizado para decirlo. Así, el llamado “discurso verdadero” pone en juego la relación deseo y poder, bajo el imperio de esa maquinaria institucional cuyo objetivo es excluir y seleccionar (Foucault, 24: 2002). Ahora bien, toda sociedad posee mecanismos de nivelación de los distintos discursos que la atraviesan, discursos mencionados en la cotidianidad y otros que se repiten en el origen de ciertos actos:

…discursos que, indefinidamente, más allá de su formulación, son dichos, permanecen dichos, y están todavía por decir. Los conocemos en nuestro sistema de cultura: son los textos curiosos, cuando se considera su estatuto, y que se llaman «literarios»; y también en cierta medida textos científicos (Foucault, 26: 2002). 

Es decir que determinado tipo de institucionalidad producirá mecanismos especiales para regular el discurso especialmente en lo que respecta a la sexualidad, ya que ésta es una potencia de descontrol que amenaza con desestabilizar el mundo del trabajo, la organización racional del orden y por ende la propia forma del discurso (Bataille, 59 – 61: 1997). El trabajo es el fundamento de la civilización occidental, alejó al hombre de su animalidad, le permitió fundamentar la razón y el conocimiento:

El hombre, dando forma a la materia, supo adaptarla al fin que la asignaba. Pero ésta operación no transformó únicamente la piedra, a las esquirlas que la sacaba, iban dándole la forma deseada. El hombre se cambió a sí mismo: es evidente que el trabajo hizo de él el ser humano, el animal racional que somos (Bataille, 60-61: 1997).

Pero esta transformación sobrepasa el punto que motivó el abandono de la animalidad. Ya que el trabajo se convierte en la finalidad de la existencia, todos los aspectos de la vida humana se encuadran en el modelo racional de organización del trabajo cuya finalidad es el beneficio y la ganancia. Sin embargo, esos aspectos desplazados y ocultos sobreviven en lo que Bataille denominó erotismo, ese conjunto de pulsiones orientadas hacia a la voluptuosidad y al placer, el “ciego instinto de los órganos” en desmedro del beneficio y la planificación sobreviven bajo el control de determinados mecanismos de poder. El erotismo es la experiencia interior alejada del ámbito familiar y que tuvo en éste, con probabilidad, el punto de desintegración de la vida sexual “normal” (Bataille, 173: 2013), que no puede dejarse al libre albedrío sin algún tipo de control social, moral o legal, sin algún tipo de regulación discursiva. Es por eso que la sexualidad es uno de los aspectos que es objeto de intervención, control, y separación por parte de mecanismos de regulación del discurso. En ésta lógica, el erotismo es todo aquello que escapa a la regulación de la sexualidad y que permanece en estado latente. En el libro El erotismo Bataille mostró que una de las vías más potentes para descentrar al sujeto de su mismidad es la experiencia erótica; la fusión de los cuerpos conlleva la experiencia intersubjetiva más allá de la cúpula carnal o su añoranza. La propuesta bataillana ayuda a entender la experiencia erótica como una forma de reconfiguración de la subjetividad del individuo y un mecanismo para suspender las determinaciones del discurso que regulan la sexualidad y que configuran parte del orden social.

Ahora bien, existen distintos mecanismos de contrapoder que permiten explorar lo que el discurso ha silenciado, la literatura sería uno de esos ámbitos donde se desarrollan aspectos que el discurso no puede mencionar. En 1975, Michel Foucault utilizó el denominativo de la gran extranjera para referirse a la literatura como un mecanismo de exploración de temas, valores y sentidos que el discurso ha dejado de lado o ha tratado de encubrir. La existencia de una ajenidad, de eso que es opuesto a la razón y a lo “correcto” es posible porque subsiste en la literatura (Foucault, 14: 2015), ésta no es ni lenguaje ni obra, sino profanación del lenguaje y de la obra, transgresión del discurso dominante, pues la literatura:

…suprime fronteras entre lo real y lo imaginario, permite borrar los límites del tiempo (del agotamiento, del cansancio, de la vejez); es la ilimitación del límite, la emergencia de la irregularidad, la supresión de la separación entre lo que está permitido y lo que no lo está (Foucault, 15:2015).

Entonces, la literatura es un ámbito de exploración y de transgresión de los límites del discurso, más aún la literatura erótica pues aborda los límites y reversos de la sexualidad convencional, que al ser uno de los pilares del discurso que deben ser regulados con mayor eficacia por la institucionalidad dominante, es el género que tiene una mayor potencial transgresor y cuestionador.  

En Bolivia, Salvador Romero Pittari fue uno de los primeros investigadores que se ocupó de estudiar la literatura como fuente de conocimiento social y como ámbito que refleja los miedos y desgarramientos sociales de una determinada época. La novela y de los demás géneros literarios, pueden percibir cambios y transformaciones sociales que las fuentes tradicionales de la sociología no:

La literatura no se reduce a reflejar los estados de la sociedad, como pretenden algunas opiniones, ella constituye con frecuencia el lugar donde se manifiestan los signos precursores de las transformaciones de los ideales de los hombres y de sus intercambios sociales (Romero, 23-24: 2015).

Es en ese sentido que el estudio de la literatura en Bolivia es pertinente, pero redobla su importancia al considerar que ésta no tiene una sola forma u orientación, no tiene la fluidez y transparencia que le adjudica Foucault en La gran extranjera (más allá de las diferencias abismales entre la literatura francesa y la boliviana) sino que en nuestro medio, la política y la sociedad condicionan no solo la producción literaria, sino su contenido. Como hace notar Javier Sanjinés C., durante el periodo posterior a la revolución de 1952, la literatura, en tanto discurso social e intermediario ligado a las posibilidades de expresión y recepción de, se ve imposibilitada de conocer y plantear un discurso que supere el monólogo estatal instaurado a partir del Estado (Sanjinés, 14-15: 1992). Sea por el peso de la herencia revolucionaria o por la paulatina osificación de la institucionalidad que obliga al Estado a asumir un discurso cada vez más vertical y represor, la literatura boliviana enfrenta un enclaustramiento, una serie de clausuras e imposibilidades para leer la sociedad a partir del acto literario. Este tipo de relación entre literatura y sociedad, también puede operarse en literatura de distintos periodos históricos, pero, como se mencionó en la introducción, se analizará literatura erótica o al menos que aborde temas eróticos que, en el relato, tensionen el discurso oficial con la desorganización ocasionada por el componente erótico.   

3. La Miskki-Simi: el erotismo destructor de la chola

A comienzos del siglo XX, Bolivia atravesó por cambios fundamentales: la conclusión de la Revolución Federal, la reconfiguración territorial luego de la pérdida del acceso al Océano Pacífico ante Chile, la transición de la economía minera de la Plata a la economía minera del Estaño y el inicio de un ambicioso programa de modernización del país con la educación como pilar fundamental. Este es el periodo de los intelectuales letrados, escritores y novelistas que no sólo influían en la sociedad con su producción literaria sino que también formaban parte del poder público: Alcides Arguedas, Franz Tamayo, Augusto Céspedes, Jaime Mendoza, Carlos Medinaceli, entre muchos otros eran “notables” y personajes situados en espacios de influencia y participes de la construcción del poder político. En ese entendido, la literatura de este periodo se desarrolló en medio de luchas ideológicas y programáticas respecto a la visión de nación y al horizonte de lo que debería ser la “moderna” Bolivia. Una de las preocupaciones abordadas por la literatura fue el mestizaje, sus efectos y consecuencias; dentro de estas últimas, la unión sexual con la chola fue uno de los temas que más llamó la atención de los escritores de la época. Desde las versiones del ideal del mestizaje encarnado en la chola como síntesis de la maternidad que plasman con diferencias marcadas Carlos Medinaceli en La Chascañawi y Antonio Díaz Villamil en La niña de sus ojos, existen también producción literaria que ve a la chola como un elemento peligroso y desestabilizador; tal es el caso de La cruel Martina  de Augusto Guzmán y de La Miskki-Simi de Adolfo Costa Du Rels, donde se representa el temor criollo al mestizaje y los peligros que conlleva la unión sexual con la chola. Es el deseo por ésta, quien no tiene los reparos morales de la “señorita”, lo que produce la destrucción de la subjetividad criolla. Destrucción iniciada por el componente erótico que implica unirse con alguien de una clase social inferior, que se desprecia pero que implica el acceso carnal ilimitado y desprovisto de los reparos impuestos por la moralidad del estamento criollo. Como se mencionó en la introducción, La Miskki-Simi  es un ejemplo de esa angustia y que muestra cómo el erotismo en la literatura del encholamiento evita la experiencia intersubjetiva y la descentración del sujeto ante la experiencia erótica, sino todo lo contrario, es una vía para dejar establecidas las consecuencias de las uniones no endogámicas, es decir, refuerza el sentido de las barreras que separan a los diferentes estamentos de la sociedad boliviana de principios del siglo pasado.    

La Miskki-Simi (la de los labios dulces) es un cuento escrito por Adolfo Costa Du Rels (1887-1980) en 1921, forma parte de la literatura del encholamiento porque narra la historia de la pasión del joven criollo Joaquín Ávila, quien sufre una serie de desventuras al entablar una relación amorosa con la chola Claudina en Uyuni a principios del siglo XX. Uyuni es un poblado descrito como inhóspito y alejado de la civilización; destino de desplazados, aventureros y de personajes decadentes, donde las clases sociales se desdibujan ante el sufrimiento que hace padecer el medio ambiente helado de la cordillera.  El éxito, objeto de quienes se aventuran a tan lejano lugar, está reservado solamente a los ambiciosos y perseverantes, pero además, de labios de Don Juan de Castilla, personaje que representa el deber ser de la subjetividad criolla en resistencia, se nos cuenta que la sobrevivencia sólo se alcanza a través de la suerte que no es una fuerza azarosa sino una gratificación para quienes resisten el desclasamiento y se mantienen fieles a la endogamia: “… la suerte obedecía a una regla fundamental, la audacia única al temor de Dios, solía añadir confidencialmente, al oído de sus íntimos: castidad y templanza”. Regla que el protagonista está destinado a quebrar y sufrir las consecuencias de dicha transgresión. Descrito con las virtudes criollas de elegancia y prestigio, Joaquín Ávila, descendiente del marqués de Echalar y con antepasados muertos en la Batalla de Junín, es un personaje crédulo, inocente y obsesionado con el pasado. Su felicidad está edificada sobre las añoranzas del ambiente rural cochabambino de la hacienda del siglo XIX pronta a desaparecer de la vida moderna en Bolivia. Como el resto de sus amigos, ve en Europa el ideal de la vida civilizada, situación que contrasta con la realidad primitiva y  desamparada de Uyuni; sin embargo, en ese lúgubre lugar hay un espacio que funciona como escapatoria ante tan cruda realidad: el prostíbulo regentado por la chilena Clotilde Esquivel, pero que dadas las limitaciones económicas y de edad, el protagonista y sus amigos no pueden frecuentar. Es por eso que en tropel acuden a las fiestas populares y entre coplas y cholas lujuriosas, que no ponen los reparos económicos de las mujeres del burdel, se introduce el tema principal del cuento: la relación amorosa entre Joaquín y Claudina. El relato hace énfasis en la fuerza de la pasión a pesar del ambiente degradado de las cholas:

Cuando el cansancio nos echaba fuera de las tienduchas malolientes, donde se había bailado, entre palmoteos y bromas en una promiscuidad casi animal, con mujeres ebrias, ahí estaba el amanecer para redimirnos. Era la hora del recuerdo del pesar y del arrepentimiento (Costa Du Rels, 12 – 13: 2002, las cursivas son mías).

Sin embargo, el protagonista trata de resistir este ambiente de jarana e irresponsabilidad aferrándose al compromiso que mantiene con una mujer criolla que lo aguarda en Cochabamba. Movido por su honor de caballero y por la falta de dinero, Uyuni es el destino elegido para amasar fortuna y vencer los requisitos que exige el estamento criollo para contraer matrimonio. Es más, la idea del compromiso con su novia está reforzada por la noción de hogar tradicional y por valores conservadores que impelen a autocensurarse por la vida de despilfarro y lujuria que lleva. Esa tensión entre su deber de joven criollo y el ambiente promiscuo y prohibido pero placentero de la chola se resuelve finalmente con la aparición de Claudina. La Miskki- Simi es descrita como astuta, una criatura que exhala voluptuosidad animal y cuya boca roja es el centro de su sensualidad casi mágica: “Sensual, carnosa, de un rojo violento, sabía manejar con acierto la sonrisa o el mohín. Boca roja, sin más colorete que una sangre ardiente, tan rica de glóbulos como de hechizos.”  (Costa Du Rels, 14: 2002 las cursivas son mías). Es esta especie de sortilegio la que empuja al protagonista a iniciar su encholamiento, a concubinarse con la chola y por ende olvidar sus propósitos “nobles”, sus deberes con su prometida, sus valores tradicionales de decencia y la fortuna que había prometido amasar; la unión sexual con la chola inicia el proceso de destrucción de la subjetividad criolla. La soledad de Joaquín es el principal elemento que lo empuja a ceder a sus impulsos carnales, que sumados al deseo erótico por la chola “mugrienta”, le permiten transgredir las barreras sociales y encholarse; éste proceso es descrito por el narrador como degradatorio: “Mas entre el alcohol y la chola, las voluntades zozobran, los caracteres se envilecen y los cuerpos se destruyen (Costa Du Rels, 17: 2002)”. La relación sexual intensifica no sólo el aparente “embrujo” en el que Joaquín cae sin remedio, sino que establece definitivamente la superioridad de la personalidad de la chola, la preponderancia de su voluntad es evidente desde el primer encuentro, será la ley del protagonista y marca el triunfo de la astucia sobre un “espíritu débil”. Es esta debilidad la que le hace aceptar sobornos en su condición de responsable en un puesto clave de aduanas por complacer el afán de lujo y dinero de Claudina, lo que a la postre ocasionará caída laboral. Luego de unos años, el narrador anónimo de la historia regresa a Uyuni y recuerda la añoranza con la que él y sus amigos veinteañeros observaban el ferrocarril La Paz – Antofagasta por la soledad de ese pueblo abandonado. Ahora, es él quien se encuentra en un viaje de negocios hacía el Océano Pacífico y tiene a Uyuni como parada obligatoria. En ese momento se reencuentra con Joaquín Ávila quien, malogrado y menesteroso, es descrito como la sombra del joven criollo que se nos presentó al inicio del cuento:

Un andrajo humano. Profundas arrugas surcaban su piel. Las mejillas hundidas y la boca desdentada me sonreían con tristeza. Un gabán desteñido le cubrían las espaldas. Su camisa estaba hecha jirones. Tenía el ademán incierto y la actitud esquiva del que teme un desaire.”(Costa Du Rels, 26: 2002).

Pese a su estado deplorable, Ávila continua hechizado por la Miskki-Simi, que no sólo lo ha abandonado sino que dejó morir a todos sus hijos. En ese cuadro patético el narrador se llena de impotencia por no poder hacer nada para ayudar a su amigo de juventud. La suerte del protagonista en varias partes del relato es aludida como “mala”, debido a un sino misterioso y a la falta de fortuna, pero en realidad, como advierte Don Juan de Castilla al inicio del cuento, Joaquín Ávila está siendo castigado por traicionar los mandatos de castidad y templanza, centrales en la constitución de la subjetividad criolla. Pese a que el protagonista se aferra a la idea que es suya toda la culpa: “La Claudina sabe que no la quieres…No la culpes de nada. Tengo mala suerte eso es todo.” (Costa Du Rels, 23: 2002), su destino se sella desde el momento en que entona la copla: “Te quiero como el polvo del camino cuando lo pisas” en el terruño de Claudina, que revela no solo la gravedad de su amor sino el carácter degradante y peligroso que conlleva para un criollo enamorarse de una chola.

4. La imposibilidad de la transformación subjetiva en La Miskki-Simi.

La trama de La Miskki-Simi gira alrededor de la premonición de la perdición de Joaquín Ávila, pero el componente erótico del cuento es manifiesto y está encarnado en Claudina. No sólo como objeto prohibido que invita al deseo, sino como gatillador de la transgresión de las normas sociales que prohíben a un criollo unirse sexualmente a una chola y convivir con ella. Esta vulneración al orden moral tiene un efecto devastador para el agente de la transgresión. El protagonista del cuento será destruido por acercarse a tan peligrosa criatura y pagará el precio por vulnerar el orden endogámico; empero, antes de analizar estos aspectos es necesario hacer notar en dos puntos importantes: 1. Claudina es descrita como una mala madre, lo que la convertiría en un arquetipo despojado de los principales atributos de la mujer “decente” (maternidad, moderación y decencia). Su liberalidad le permite elegir a sus parejas y utilizarlas indiferentemente en pos de lograr un mayor bienestar material, Joaquín Ávila fue uno de los muchos que cayeron en sus “garras”. 2. La afinidad de Claudina por la fiesta es una de las principales causas de la ruina laboral de Ávila, éste trata a toda costa de complacer los gustos de su amante y llega perder su trabajo para recabar más dinero (indebido) para satisfacerla. Este aspecto está relacionado a una de las faltas más graves de Joaquín: permitir que el fruto de su trabajo sea malgastado en la fiesta. Ambos puntos son pertinentes para otro tipo de análisis relacionado con el tema del presente ensayo[2].

Uno de los aspectos destacables de la experiencia interior erótica es la apertura subjetiva, la descentración del individuo y la relación intersubjetiva con una otredad que suspenda los efectos del orden (moral y social en el caso de La Miskki Simi). Pero en el cuento presenciamos cómo el erotismo permite el desenfreno de la lujuria hacia un sujeto prohibido por los convencionalismos sociales, no tanto como objeto de deseo, sino como sujeto igual con el cual es inviable fundar una unidad familiar sostenible. Las referencias a la promiscuidad de Claudina no son suficientes para evitar que Joaquín se concubine, pero ésta experiencia no logra una nivelación de la diferencia entre ambos, ni un acercamiento que suspenda las diferencias sociales de las que ambos provienen, sino que refuerzan las mismas, en parte por la debilidad del carácter de Joaquín pero también por la voluntad dominante de Claudina que es valorada de manera negativa. Aunque a lo largo del relato el desarrollo de la trama lleva al protagonista a abandonar su personalidad de señorito prejuicioso (el higienismo permea las descripciones al mundo de la chola, destacado siempre como “sucio”) y a poner en entre dicho sus valores criollos y sus puntos de referencia con el mundo de la hacienda (honor, familia y templanza) el desenlace del cuento no puede ser más revelador: Joaquín fue destruido por su pasión hacia Claudina. El erotismo que produjo el acercamiento de dos personajes diferentes (en su ubicación en el plano social) a través del deseo sexual, no es suficiente para producir una apertura subjetiva de los personajes. Claudina es una depredadora y no tiene el más mínimo interés de formar parte (en condicionas supeditadas) del mundo del caballero criollo; ser una de sus mujeres “correctas” y carentes de libertad no es una posibilidad (la frase sentenciosa de la Miskki- Simi: “¡Le he dicho que se vaya, yo sola me basto con mi trabajo!” es prueba de ello) y Joaquín, carente del carácter como para hacer frente a semejante voluntad, hacen que la combinación de ambos temperamentos este destinada al fracaso[3]. Las determinaciones que utiliza el discurso para moderar la sexualidad del criollo tienen en La Miskki-Simi un mensaje manifiesto: la subjetividad criolla es triturada si va más allá de la satisfacción del deseo con el cuerpo de la chola. Una relación amorosa solo depara sufrimiento e incomprensión. Las constantes referencias a abandonar Uyuni, a permanecer en el terruño de provincia o, como último recurso, viajar a Europa, son muestras de la inviabilidad de Bolivia como país, sí el sujeto criollo se arriesga a mestizarse y perder su extracción de clase. Su sufrido encholamiento es una metaforización de la Bolivia mestiza como proyecto trunco y como prueba manifiesta de las amenazas a su existencia. La liberalidad que simboliza la chola sólo puede aprovecharse en el goce momentáneo de la cópula ocasional, jamás puede traducirse en una unión que conduzca a la transformación intersubjetiva. En éste relato la subjetividad criolla es destruida mientras la chola continua perennemente en sus andanzas, la única salida es la huida, la deserción hacía la hacienda, Europa o el retorno a los brazos de la “señorita” criolla.

Como puede verse, en este tipo de literatura no se opera lo que Foucault denomino: ajenidad. Es más, el sentido final del relato es moralizante. La satisfacción del deseo está bien, pero la transgresión de las barreras sociales no puede ser permanente, la unión familiar entre un criollo y una chola es inaceptable. La incapacidad de este tipo de literatura para salir de las determinaciones a la sexualidad que impone el discurso revela hasta qué punto no estamos ante la gran extranjera. El erotismo no tiene la potencia de ver el reverso de la sexualidad dominante, y los convencionalismos sociales se ven reforzados por el sentido final en que La Miskki-Simi concluye. Los valores de auto conservación del criollo son puestos como deseables en oposición a la perdición que implica la chola.

5. Conclusiones

Como se puedo ver hasta aquí, con la ayuda de algunas ideas de George Bataille, Michel Foucault, Salvador Romero Pittari y Javier Sanjinés, la institucionalidad excluye ciertos tipos de discursos, controla ciertos temas considerados peligrosos utilizando la prohibición como mecanismo de exclusión; en esa la sexualidad es una de las regiones del discurso que concentra la mayor cantidad de regulaciones. Es por eso que el erotismo, es ese conjunto de pulsiones orientadas hacia el placer, en desmedro del beneficio y la planificación instaurados por determinados mecanismos de poder, es todo aquello que escapa a la regulación de la sexualidad y una de vía para descentrar al sujeto de su mismidad, una forma de reconfiguración de la subjetividad del individuo y un mecanismo para suspender las determinaciones del discurso que configuran parte del orden social.

Ante esto debemos recordar la importancia de la literatura como registro donde subyacen todos esos elementos que el discurso no termina de asimilar, la literatura es una fuente de conocimiento social, pero puede experimentar enclaustramientos, clausuras e imposibilidades para leer la sociedad a partir del acto literario. 

A principios del siglo XX, Bolivia atravesó por cambios estructurales en los ámbitos político, económico y educativo. Esas transformaciones implicaron riesgos al discurso dominante del progreso acuñado por el liberalismo y por los intelectuales letrados que conformaban el poder público. La literatura de este periodo se desarrolló en medio de luchas ideológicas respecto al horizonte de lo que debería ser la “moderna” Bolivia. Así el mestizaje, pero sobre todo la unión sexual con la chola, fueron temas que llamarón la atención de escritores de la época por ser temas desestabilizadores del orden social. Tal es el caso de La Miskki-Simi de Adolfo Costa Du Rels, cuento que representa el temor criollo al mestizaje. La literatura del encholamiento evita la experiencia intersubjetiva y la descentración del sujeto ante la experiencia erótica, refuerza el sentido de las barreras que separan a los diferentes estamentos de la sociedad boliviana de principios del siglo XX. La vulneración del orden moral resulta devastador para el agente de la transgresión. La experiencia erótica no logra suspender las diferencias sociales de los personajes principales. Aunque Joaquín Ávila abandona su personalidad de señorito prejuicioso es destruido en el proceso. La Miskki-Simi es una metáfora de la inviabilidad de Bolivia como país, si el sujeto criollo se arriesga a perder su extracción de clase. Así, los convencionalismos sociales son reforzados clausurando la posibilidad de una transformación intersubjetiva niveladora.

BIBLIOGRAGÍA

Bataille, George

2007 El erotismo. México D.F.: Tusquets Editores.

2009 [1971]    “Los borradores de ‘Paradoja del erotismo’”. Charlotte d’Ingerville y otros
relatos eróticos
. Buenos Aires: El cuenco de plata.

2013 [1961]    Las lágrimas de Eros. México D.F.: Tusquets Editores.  

Costa Du Rels, Adolfo

2002 [1921]    La Miskki-Simi en Los mejores cuentistas bolivianos del milenio. La Paz: Editorial América.  

Foucault, Michel

2002 [1973]    El orden del discurso. Barcelona: Tusquets Editores.

2015 [2013]    La Gran Extranjera. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.

Romero Pittari, Salvador

2015 Las Claudinas. Libros y sensibilidades a principios del siglo XX en Bolivia. La
Paz: Plural Editores.

Sanjinés C., Javier

1992 Literatura contemporánea y grotesco social en Bolivia. La Paz: ILDIS y Fundación BHN


[1] Politólogo y abogado. Magister en Filosofía y Ciencia Política por el Postgrado de Ciencias del Desarrollo  de la Universidad Mayor de San Andrés CIDES- UMSA. Cursó el doctorado en Ciencias del Desarrollo de la misma casa superior de estudios en la mención de Cultura y Democracia. Cursó una especialidad en Análisis Político en la Universidad Católica de Bolivia – UCB. Actualmente se desempeña como investigador y docente universitario. Autor independiente boliviano. 

[2] En La parte maldita, Bataille expuso que el excedente del capital no acumulado debe “quemarse”, utilizarse de alguna manera. La fiesta es precisamente uno de estos momentos de destrucción del excedente, su no acumulación favorece el despilfarro y el goce con actividades no productivas, en suma eróticas. Hago está aclaración porque este ensayo está enfocado en el erotismo que transforma la subjetividad de los individuos que lo experimentan, y no toma en cuenta el erotismo como factor en la economía política.

[3] Es interesante hacer un ejercicio de comparación. Mientras Medinaceli con La Chaskañawi valoró positivamente la voluntad abrumadora de su Claudina, siendo necesario que Adolfo Reyes se supedite y sea desclasado en el proceso. En La Miskki-Simi la unión, por más que Joaquín Ávila se supedite por completo, es inviable.