No juegan, se enfrentan

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«¿Cuántos de ustedes eligieron nacer en su país?”, preguntó Fernando Signorini, expreparador físico de Maradona y de Messi, dejando fríos al grupo de panelistas que –como la mayoría de los argentinos– estaban afiebrados en pleno Mundial.

Imperturbable, prosiguió ante la mirada atónita de sus interlocutores. Les confesó que no podía entender cómo en el tercer milenio de la era cristiana todavía se continúan entonando los himnos antes de los partidos, “cómo los nacionalismos siguen existiendo y provocando más violencia y discordia que unión y amor entre los pueblos”.

El fútbol, así, entre himnos y banderas, sublima el patriotismo hasta ponerlo de cara al chauvinismo. Si a esto le agregamos la naturalizada exaltación del fanatismo, no es raro asistir al degradante espectáculo de la intolerancia de unos contra otros.

El Mundial de Rusia termina con ejemplos positivos como la actitud de los japoneses, que dejaron impoluto un vestuario tras su eliminación. Pero también con prácticas abominables como la paliza de hinchas argentinos a croatas.

Hay especialmente en el fútbol un maniqueísmo que lo simplifica y desvirtúa en tanto juego: ganar se ha vuelto una obligación y perder, un fracaso. Esa visión extremista, a más de frustración, promueve la falta de empatía: si el fútbol se disputa (no se juega) a vida o muerte, entonces el otro, en tanto rival, no merece ninguna condescendencia.

A los “ismos” mencionados (patriotismo, chauvinismo, fanatismo, maniqueísmo) se añade el exitismo, por el que se han cometido incluso crímenes: el colombiano Andrés Escobar tuvo la desgracia de marcar un gol en contra en el Mundial de EEUU 1994 y esto le costó la vida porque un fanático del fútbol lo asesinó diez días después. ¿Aprendió la sociedad de ese episodio? No. Dos jugadores de la actual selección de Colombia fueron amenazados de muerte. Y antes, el arquero del Liverpool inglés, Lorius Karius. Y la lista no termina en él…

Algunos señalan a las redes sociales como escenarios favorables para el cultivo de la violencia, por las opiniones intolerantes que allí se vierten sobre temas políticos, sociales, etc. Cierto, pero las redes muestran también la capacidad de los Mundiales de unir a gente normalmente enfrentada. Asombra y apena a la vez constatar que los habitantes de un país dividido por razones político-ideológicas, por sempiternas diferencias entre pro-oficialistas y pro-opositores, únicamente sepan encontrarse cuando juega su selección.

Esto para Bolivia es doloroso porque mientras no clasifica a los Mundiales, solo halla una paz efímera –insulsa, deportiva– en tiempo de Eliminatorias o de Copas América. Lo bueno: cada cuatro años exactos somos capaces de ser uno (uno para todos y todos para uno, por nuestra bandera, por nuestro himno). Lo malo: acaban la Eliminatoria y la Copa y volvemos a la normalidad, “connacionalmente”, a sacarnos los ojos.

Un futbolero es el resultado de la bipolaridad de aquellos que nos hermanamos en el fútbol de selecciones y nos repelemos en el de ligas nacionales. Los futboleros de cepa vivimos como si nada con esa doble condición, la mayor parte del tiempo unidos en la camiseta del club pero simultáneamente enfrentados con la camiseta del eterno rival. Hipocresía blanca: Juntos y revueltos, amigos de selección, enemigos de club.

Ese mismo desencuentro se atiza en el campo de la política, al fin y al cabo, de la sociedad.

El sereno de Signorini contaba en la TV cómo la cultura occidental del fútbol, con la (trastornada) idea de pertenencia a un equipo, invita al enfrentamiento desde la niñez; ergo, “negros contra blancos, solteros contra casados, barrios contra barrios, escuelas contra escuelas”. Advertía “El Profe” —como le dicen— en los himnos que suenan en los Mundiales una carga de caballería, algo de guerra, de tribal.

Para él, una derrota en un Mundial no es tan importante. Importante, esclarecía Signorini ante los azorados panelistas, es el alto porcentaje de mortalidad infantil. “Primero es lo importante y el fútbol es (apenas) una parte de la vida en sociedad”.