En uno de los mejores libros que leí en 2025, Biografía de la humanidad, de José Antonio Marina y Javier Rambaud, se advierte que el mundo tendrá que enfrentar tres grandes desafíos en el siglo XXI: la devastación de los ecosistemas, la tensión internacional que puede derivar en una guerra mundial y, finalmente, el aumento de la brecha entre ricos y pobres (o la concentración del dinero en pocas manos). De los tres problemas, tal vez el menos ruidoso sea el tercero, ya que casi todos los días vemos en las noticias bosques calcinados y glaciares derritiéndose e imágenes de Trump, Netanyahu, Kim Jong-un y Putin amenazándose entre sí, pero mucho menos reportajes sobre el incremento de las fortunas. Hoy, Elon Musk posee alrededor de 500 mil millones de dólares, cantidad que supera el PIB de más de 100 países del mundo.
Desde hace un cuarto de siglo, la riqueza creada por la humanidad se ha ido concentrando cada vez en menos manos; hoy por hoy, según un estudio encomendado por el G20, el uno por ciento de la población concentra alrededor del 40 por ciento de la riqueza, mientras que el 50 por ciento más pobre posee el uno por ciento de aquella. Las consecuencias de este fenómeno son múltiples y diversas. Por ejemplo, cada vez hay más problemas para encontrar vivienda; ¿quién no se da cuenta de que nuestros abuelos tenían mucho más fácil aquella necesidad vital? Pero también se debe advertir sobre los problemas en educación, servicios de salud y precios de alimentos, todo lo cual deriva, obviamente, en descontento popular y tensión social.
La historia humana es compleja y paradójica. Mientras que antes las sociedades se organizaban en sistemas de castas y aristocracias coronadas por un elitismo social incuestionable, hoy, formalmente al menos y gracias a las ideas del liberalismo y la democracia moderna, aquellas características parecen haberse erradicado en casi todas partes, pero las brechas económicas se hacen cada vez más evidentes.
Existen ciertos países en los que, gracias a sus sólidas democracias o, por el contrario, a sus sistemas autoritarios, se pudo atenuar la brecha entre ricos y pobres; es el caso de China o de Eslovenia. Sin embargo, en la mayor parte del mundo la tendencia va hacia el acrecentamiento de aquella brecha. Y curiosamente, la desigualdad económica entre ricos y pobres no tiene su lugar principal en las grandes potencias industriales y tecnológicas, como EEUU, Japón o Alemania, sino en los países de América Latina, democráticamente débiles y con precarias instituciones. Son casos dramáticos los de Cuba, Argentina, Venezuela y Bolivia, países cuyos gobiernos populistas y de izquierdas implementaron políticas públicas irresponsables y corruptas. La situación, por tanto, da cuenta de que el problema no se solucionó con gobiernos de izquierda. Sin embargo, no puede perderse de vista que el fenómeno también se vio agravado por factores exógenos, como la pandemia de Covid-19, las guerras internacionales o, aunque no lo parezca, la IA, pues mientras que los ricos de antes eran los petroleros, los banqueros, los fabricantes de autos o los mineros (como, en Bolivia, Simón Patiño), ahora los magnates son los dueños de las redes sociales, las empresas de telecomunicaciones o los centros de IA.
Así, cabe preguntarse qué sucederá con aquellos millones de seres humanos que están al margen de las competencias algorítmicas y tecnológicas e, incluso, del internet. ¿Serán la virtualidad y la IA determinantes a la hora de saber quién será pudiente y quién no? En uno de los volúmenes de su famosa trilogía, el historiador Harari advierte que el mundo pueda convertirse en un lugar implacable, en donde predomine la fuerza o influencia de los pudientes; ciertamente, es una visión demasiado pesimista, pues creo que, al lado de la oscuridad que registran los anales, también hay algunas razones históricas que pueden llevarnos a la esperanza. Y a todo esto, hay que añadir que los ricos no siempre son explotadores y que por ellos existen millones de fuentes de empleo digno.
No pienso que la solución a este gran problema esté en ninguna opción de izquierda populista, y si bien el ejemplo de China es hasta ahora interesante, su creciente autoritarismo y sistema de vigilancia pueden en el futuro llevar al individuo a un estado de alta tensión psíquica. Y no hay nada como una libertad bien entendida y bien ejercida.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social