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Mirar al Tunari no alcanza

En la ladera sur del Parque Nacional Tunari, las comunidades llaman a los bosques nativos “fábricas de agua”. Allí, entre kewiñas, kiswaras, pajonales y quebradas, se sostiene una parte silenciosa de la vida de Cochabamba: agua, suelo fértil, aire limpio, biodiversidad y protección frente a riesgos. Pero mientras el Tunari trabaja en silencio, la ciudad muchas veces solo lo mira como paisaje. Este reportaje recoge voces comunitarias, memoria territorial y el acompañamiento del Programa TUNARI de Armonía para plantear una pregunta urgente:

¿Seguiremos observando cómo se deteriora el sistema natural que nos sostiene, o empezaremos a hacernos cargo?

Daniela R. Gutiérrez

En la ladera sur del Parque Nacional Tunari, el agua no nace en un grifo ni en las tuberías subterráneas de la ciudad. Nace mucho antes: en los pajonales que guardan humedad, en los suelos que todavía infiltran, en las quebradas que bajan con distinta fuerza según la época y en los bosques nativos que las comunidades de las alturas llaman, con precisión y memoria, “nuestras fábricas de agua”.

No es una metáfora romántica. Es conocimiento nacido de caminar la montaña, de observar cómo responde el suelo después de la lluvia, de notar cómo una vertiente baja menos cada año y de entender, sin necesidad de fórmulas complejas, que donde hay bosque vivo hay más posibilidades de agua, suelo fértil, aire limpio, biodiversidad y futuro.

“Arriba están nuestras fábricas de agua”, dice Benjamín Vargas López, representante de la comunidad La Phia. Su frase resume una forma de leer el territorio desde la experiencia. “La protección de los bosques es importante porque arriba están las fábricas de agua. Para nuestra comunidad, cuidar el agua es fundamental, y una de las formas más importantes de hacerlo es proteger nuestros bosques nativos”.

Mientras Cochabamba, sofocada por el esmog y acostumbrada a mirar la montaña como una postal que adorna sus atardeceres, sigue usando el Tunari como fondo de fotografías, símbolo de identidad y orgullo kochala, arriba un sistema vivo trabaja en silencio. Regula el clima, protege suelos, conserva biodiversidad, filtra aire, guarda memoria comunitaria y sostiene parte de la vida que la ciudad consume sin conocer del todo de dónde viene.

Surge entonces una pregunta incómoda: ¿qué hacemos realmente, como ciudad y como personas, por la infraestructura natural que nos permite existir?

Muchas veces hablamos del medioambiente desde la ciudad, desde una oficina o desde una campaña. Hablamos del árbol que se planta, de los animales que se protegen y de los incendios cuando ya están ocurriendo. Pero casi siempre dejamos para el final a la gente que vive en el territorio. En el Tunari, esa mirada no alcanza. Para entender lo que pasa en la montaña, primero hay que escuchar a las comunidades: a quienes caminan esos senderos, conocen las vertientes, saben dónde se seca la tierra, dónde vuelve a crecer el bosque y dónde el fuego puede avanzar más rápido. Ellos no leen el Tunari desde un informe; lo leen todos los días, con los pies en la tierra y la memoria puesta en el territorio.

Allá arriba, cuando se desata un incendio, el fuego no quema estadísticas, mapas térmicos ni reportes institucionales. Quema nidos, pastizales, árboles jóvenes, mangueras de riego, trabajo de meses, zonas de recarga hídrica y memorias ancestrales. Quema también el futuro de familias enteras. Para las comunidades, el bosque no es una abstracción ambiental: es agua para vivir, suelo para producir, sombra para resistir, aire para respirar y memoria de quienes estuvieron antes.

Benjamín Vargas López lo explica desde la experiencia de su comunidad: “Nosotros cuidamos nuestros bosques nativos porque estas plantas nos ayudan a conservar el agua y la fertilidad del suelo. Todo eso beneficia también a la agricultura y a la producción orgánica”.

No habla desde la teoría, sino desde lo que ve cada año en el territorio. Donde hay bosque nativo, el suelo responde de otra manera. Donde crecen kewiñas, kiswaras y otras especies adaptadas a la montaña, el agua no se pierde con la misma rapidez. Y donde todavía queda cobertura vegetal, el Tunari resiste mejor: guarda humedad, protege la tierra y sostiene la vida que baja hacia las comunidades y la ciudad.

Celeyda Espinoza, de la comunidad Thola Pujru, lo dice con una sencillez que no necesita traducción técnica: “El Tunari es vida, porque sus cuencas y sus bosques nativos nos dan aire puro y agua”. En esa frase hay una verdad que la ciudad debería repetir menos como consigna y asumir más como responsabilidad. El Tunari es vida no porque sea bonito de mirar, sino porque cumple funciones que permiten vivir y ofrece a Cochabamba una estabilidad ambiental que pocas veces se reconoce.

LA PÓLIZA DE SEGURO QUE NOS NEGAMOS A PAGAR

Reducir el Parque Nacional Tunari a un mero proveedor de agua es ignorar su función más crítica. El Tunari es nuestra póliza de seguro vital. Un bosque sano, con raíces profundas y vegetación nativa adaptada a la montaña, actúa como una esponja: recibe la lluvia, la infiltra lentamente hacia el suelo, alimenta vertientes y evita que el agua corra por la superficie como un torrente.

Benjamín Vargas lo explica con claridad: “Cuando llueve, las kewiñas y otras plantas nativas funcionan como esponjas. Reciben el agua, permiten que se filtre en el suelo y, poco a poco, hacen que aumenten las vertientes. Por eso llamamos ‘fábricas de agua’ a los lugares donde existen plantas y bosques nativos”.

Esa “esponja” es mucho más que un recurso hídrico. Es defensa contra la erosión, protección para las laderas, equilibrio para las quebradas y seguridad para las comunidades de arriba y para la ciudad de abajo. Cuando el tejido vegetal se rompe, cuando el suelo queda desnudo o cuando el fuego arrasa con pajonales y bosques nativos, la montaña pierde parte de su capacidad de protegernos.

Las tragedias de Tiquipaya y los desbordes en la cuenca Taquiña mostraron con crudeza qué pasa cuando ese equilibrio se debilita. El barro, las piedras y el agua bajan con violencia cuando arriba, en la montaña, el tejido que sostiene la tierra ya está herido. El parque nos protege en silencio todos los días, pero la ciudad parece sufrir amnesia: solo se acuerda del Tunari cuando huele a ceniza, cuando el humo cubre el valle o cuando el lodo golpea las puertas.

La conservación no puede vivir de la alarma, de la declaratoria de emergencia o del titular rojo. Debe construirse antes de la crisis. Debe sostenerse cuando no hay cámaras. Debe financiarse cuando todavía no hay desastre. Debe planificarse cuando el cielo está limpio, no cuando la montaña ya está ardiendo.

Ciriaco Araníbar, representante de la comunidad Lagun Mayu, explica la importancia de las especies nativas desde una perspectiva concreta: “Las kiswaras y las kewiñas nos ayudan a proteger la tierra para que no haya deslizamientos. Sus raíces sostienen el suelo y reducen los riesgos durante la época de lluvias”.

Esa frase debería estar escrita en las oficinas donde se planifica la ciudad. Cochabamba habla mucho de obras grises, canales, muros, defensivos y maquinaria pesada, pero olvida que una raíz también es infraestructura. Una kewiña que sostiene suelo puede ser tan importante como una obra civil. Un bosque nativo conservado puede evitar un costo social y económico que después se multiplica en emergencias, reconstrucciones y pérdidas.

María Esther Mercado, residente de Tiquipaya, vincula el bosque con la autonomía y el futuro: “La función principal de estos bosques es proporcionarnos agua. Gracias a ellos podemos contar con agua en Tiquipaya y depender menos de otras zonas”. El agua no es solo un servicio. Es dignidad, producción, permanencia y posibilidad de futuro.

Por eso la pérdida de vertientes duele tanto. No es un dato frío. Es una advertencia. “Hace tiempo teníamos muchas vertientes. Ahora, cada año que pasa, estamos perdiendo varias de ellas”, advierte Ciriaco Araníbar. Y añade: “Esa pérdida de vertientes nos preocupa, porque afecta el agua que necesitamos para el consumo, para la agricultura y para nuestros sistemas de riego”.

Ahí aparece una conexión que la ciudad suele ignorar: lo que ocurre en la parte alta del Tunari no se queda arriba. Baja en forma de agua, aire, clima, riesgo, producción, alimentos, estabilidad o desastre. El parque no es un límite lejano. Es parte del sistema que sostiene nuestra vida cotidiana.

EL CORAZÓN COMUNITARIO Y EL RETORNO AL AYNI

En esa fractura entre la indiferencia urbana y la urgencia rural interviene el Programa TUNARI de la Asociación Armonía. Su enfoque de investigación-acción participativa parte de una idea clave: la conservación no puede hacerse contra las comunidades, ni al margen de ellas, ni usándolas como imagen de fondo. Tiene que hacerse con ellas, desde su conocimiento, su organización, sus necesidades y su liderazgo.

Quienes viven en la ladera sur no son beneficiarios pasivos de un proyecto. Son actores territoriales y memoria viva del parque. Saben dónde se seca primero una vertiente, qué zona necesita restauración, qué señal anuncia una temporada difícil y qué trabajo no puede esperar a que llegue la próxima emergencia.

Celeyda Espinoza plantea esa relación desde una ética sencilla y profunda: “Tenemos que tratar de vivir en armonía con la naturaleza, cuidándola, protegiéndola y trabajando responsablemente la tierra”. No se trata de congelar el territorio como si nadie viviera allí. Se trata de encontrar una relación responsable entre comunidad, producción y naturaleza.

Por eso, hablar de ayni, la reciprocidad andina, no es un adorno cultural. Es una clave para comprender la relación con el Tunari. Si el parque da agua, suelo, aire, sombra, biodiversidad y protección, también necesita recibir cuidado, trabajo, vigilancia, restauración, organización, financiamiento y respeto. Lo que se recibe debe ser devuelto. Lo que sostiene la vida también debe ser sostenido.

El Programa TUNARI trabaja desde esa fuerza comunitaria y desde la idea de que el Tunari no debe verse únicamente como un recurso a explotar, sino como un sistema vivo que muestra señales cuando se lo hiere. En términos jurídicos, se puede debatir el alcance de tratarlo como sujeto de derechos; en términos ecológicos y comunitarios, la idea es clara: la montaña responde a lo que hacemos o dejamos de hacer.

“No reemplazamos a las comunidades, las acompañamos. Damos herramientas técnicas y articulamos a los actores para que el cuidado tenga continuidad”, señala Daniela Aguirre-Torres, Coordinadora del Programa Tunari. La frase condensa una verdad que debería ordenar cualquier acción ambiental: conservar no es aparecer un día y retirarse. Restaurar no es plantar una foto. Prevenir no es reaccionar cuando el fuego ya está avanzando. La conservación verdadera exige continuidad, humildad técnica y respeto por la memoria comunitaria.

Mauricio Andia, técnico de la UGR de Tiquipaya, lo plantea desde el compromiso de la comunidad: “Nuestro compromiso es continuar con las reforestaciones, el cuidado y el mantenimiento de las áreas recuperadas”. Y remarca algo fundamental: “No solamente queremos plantar árboles; queremos crear nuevos bosques, cuidarlos y proteger nuestras zonas”.

La diferencia es enorme. Plantar un árbol puede durar una mañana. Crear un bosque puede tomar décadas. Plantar puede servir para la fotografía. Cuidar exige volver cuando nadie mira. Exige proteger la planta del fuego, de la sequía, del ganado, del abandono y de la indiferencia. Exige entender que la restauración ecológica no es un evento, sino un proceso.

LA GOBERNANZA QUE NACE EN EL TERRITORIO

La verdadera gobernanza ambiental no se firma solamente en un escritorio ni en un acta que acumula polvo en una alcaldía. Nace en el territorio, cuando el mapa satelital y el dron del investigador se juntan con la sabiduría del comunario. Se sostiene con trabajo de hormiga: brigadas comunitarias, líneas de prevención de incendios, zanjas de infiltración, protección de fuentes de agua, liderazgo local, coordinación institucional y restauración ecológica de largo plazo.

Ciriaco Araníbar cuenta parte de ese trabajo: “Como comunidad trabajamos cuidando la tierra y construyendo zanjas de coronación y de infiltración, para conservar el agua y alimentar nuestros sistemas de riego. Esos trabajos los hacemos como comunidad”. La frase muestra que el cuidado no es discurso. Es trabajo físico, organización y tiempo.

En ese camino, los Organismos de Gestión de Cuencas, como la OGC 13 de Agosto del distrito 3 de Tiquipaya, aparecen como espacios clave. No resuelven todo, pero ordenan la conversación entre comunidades, instituciones y actores técnicos. Permiten que el cuidado deje de ser una suma de esfuerzos aislados y empiece a convertirse en proceso.

“En esta organización, la OGC, trabajamos y hemos conseguido muchas cosas. También hemos logrado equiparnos con diferentes herramientas y materiales para continuar nuestro trabajo”, señala Ciriaco. Su testimonio revela que la organización comunitaria no solo sirve para pedir apoyo; también construye capacidad, sostiene acciones y permite negociar con más fuerza.

Esa es gobernanza real: reconocer conflictos, ordenar necesidades, construir acuerdos y evitar que el beneficio se concentre en unos pocos. La gestión de cuencas obliga a pensar de manera integral. Lo que ocurre arriba afecta abajo. Quien vive en la parte alta cuida una zona clave, pero quien recibe el agua en la parte baja también tiene responsabilidad.

“La OGC nos permite unirnos como comunidades, hacer conocer nuestras necesidades y coordinar proyectos para proteger los bosques, el agua y nuestras zonas productivas”, explica Ciriaco. Ese tipo de estructura puede sostener el cuidado más allá del entusiasmo momentáneo o de la voluntad de una autoridad de turno.

La institucionalidad, sin embargo, sigue siendo un desafío. “Como OGC hemos pedido la creación de una Dirección de Madre Tierra, para que exista una instancia que trabaje permanentemente en la protección de nuestros bosques, nuestras fuentes de agua y el medioambiente”, dice Ciriaco. La palabra clave es permanentemente. La naturaleza no se protege en ciclos electorales. Las vertientes no esperan a que cambien las autoridades. Los incendios no piden permiso al calendario político.

“Ya sabemos que cada cinco años, cuando cambia el alcalde, debemos prepararnos nuevamente para hacer conocer bien lo que hacemos”, añade. La frase muestra una carga injusta: las comunidades no solo cuidan el territorio; también deben explicar una y otra vez su trabajo para que la continuidad no se pierda con cada gestión.

No basta con tener proyectos. Se necesita memoria institucional, presupuesto, seguimiento y respeto por lo avanzado. “Tenemos que explicar a las nuevas autoridades quiénes somos, qué trabajos hemos realizado y por qué es importante continuar apoyando a la OGC”, insiste Ciriaco.

La conservación del Tunari no puede depender de que cada gestión empiece de cero. Tampoco puede descansar solamente en la buena voluntad comunitaria. Requiere instituciones competentes, ciudadanía comprometida, organizaciones técnicas serias y mecanismos financieros transparentes. Requiere, sobre todo, dejar de pensar que el parque se cuida solo.

BE A DOER, NOT A LOSER: EL FIN DE LA PASIVIDAD

Aquí radica el mayor quiebre para Cochabamba, el espejo en el que no queremos mirarnos. Usamos al Tunari constantemente: está en los logos de nuestras empresas, en las campañas políticas, en los discursos institucionales y en el fondo espectacular de nuestras selfies. Nos inflamos el pecho hablando de nuestro “majestuoso horizonte”.

Pero mirar no es cuidar. Admirar no es hacerse cargo. Dar un “like” a una publicación sobre ecología no apaga un incendio forestal. Compartir una foto del humo no restaura una vertiente. Lamentar una tragedia no construye prevención. La ciudad ha aprendido a mirar el Tunari como postal, pero todavía no ha aprendido a asumirlo como responsabilidad.

Durante décadas, Cochabamba ha actuado como espectadora pasiva, a veces cómoda y a veces hipócrita, creyendo que la conservación es un evento episódico y voluntario. Hemos normalizado la idea de que la montaña es infinita: que siempre estará allí, que siempre dará agua, que siempre regulará el clima, que siempre sostendrá el suelo y que alguien más se encargará de cuidarla.

Pero quienes viven en la parte alta ya no pueden, ni deben, cargar solos con el peso, el esfuerzo físico y el costo económico de cuidar lo que beneficia a toda el área metropolitana que descansa abajo.

El escenario actual, con fuentes de agua agotándose, incendios recurrentes, temperaturas cada vez más extremas y una ciudad que crece sin preguntarse siempre por sus límites ecológicos, exige una mentalidad urgente: “Be a doer, not a loser”. Ser alguien que hace, no alguien que observa cómo el futuro se consume desde la comodidad del balcón.

Es imperativo pasar del pasivo “qué lindo es mi Tunari” al activo “qué estoy haciendo yo para que no muera”. Si el Tunari es un sistema vivo que nos da sombra, paisaje, aire respirable, estabilidad geológica, biodiversidad y seguridad hídrica para que funcionen empresas, universidades, barrios, mercados y familias, la gran pregunta es la reciprocidad.

No pagamos por el bosque en nuestra factura de agua. No vemos el costo de la kewiña que sostiene el suelo. No recibimos un recibo mensual por el aire que filtran los bosques ni por el riesgo que reducen las laderas conservadas. Entonces, ¿qué le devolvemos?

¿Qué devuelve el empresario que usa la imagen del Tunari en su marca? ¿Qué devuelve el estudiante universitario que lo mira desde el campus? ¿Qué devuelve el funcionario público atrapado en la burocracia? ¿Qué devuelve el vecino que lava su acera con manguera? ¿Qué devuelve la familia que sube al parque a caminar y deja basura? ¿Qué devuelve la ciudad que se emociona cuando arde, pero se olvida cuando vuelve el cielo azul?

Ser parte no significa subir un día, plantar un árbol, tomarse una foto y desaparecer. Significa informarse, respetar el área protegida, no encender fuego, no dejar basura, no abrir senderos improvisados, apoyar procesos serios, exigir continuidad institucional y respaldar mecanismos transparentes que permitan sostener el cuidado en el tiempo.

También significa entender que la conservación cuesta. Restaurar cuesta. Prevenir incendios cuesta. Monitorear biodiversidad cuesta. Equipar brigadas cuesta. Proteger fuentes de agua cuesta. Fortalecer liderazgos comunitarios cuesta. Acompañar procesos de gestión de cuencas cuesta. Y no invertir también cuesta: más incendios, más pérdida de agua, más erosión, más vulnerabilidad, más humo, más deslizamientos y más distancia entre la ciudad y el territorio que la sostiene.

Un mecanismo financiero para el Tunari puede convertirse en una opción real si se construye con seriedad. No puede ser una colecta emocional ni una campaña vacía. Necesita confianza pública, reglas claras, trazabilidad, transparencia y resultados verificables. La ciudadanía tiene derecho a saber qué se financia, dónde se ejecuta, quién verifica, qué comunidad participa, qué resultado se logra y cómo se comunica el avance. No se trata de caridad ambiental. Se trata de corresponsabilidad por beneficios que recibimos todos los días.

Ciriaco Araníbar lo dice desde la experiencia organizada: “Estamos conscientes de que, gracias a la OGC, estamos protegiendo nuestros bosques, nuestras vertientes y el agua de las comunidades”. Esa conciencia comunitaria debe ampliarse hacia la ciudad, porque el Tunari no sostiene solamente a quienes viven arriba. Sostiene también a quienes abajo lo miran de lejos.

María Esther Mercado lo sintetiza en una frase que debería incomodar a toda Cochabamba: “El agua que utilizamos viene de los bosques”. Si eso es cierto —y las comunidades lo saben desde hace años— cuidar los bosques no es un gesto opcional. Es una condición para seguir viviendo.

La montaña ya no está susurrando. Nos habla a gritos a través del humo que nos ahoga cada primavera, de la tierra agrietada, de las vertientes que bajan menos, de las laderas erosionadas, de los ríos que se secan prematuramente y de las comunidades que siguen cuidando mientras muchos miran desde lejos.

La naturaleza no negocia. La pregunta final, esa que toca responder cuando uno levanta la vista hacia el norte y ve la silueta del Tunari, es ineludible y brutalmente honesta: ¿vamos a seguir mirando cómo se consume nuestro futuro, o vamos a empezar a hacernos cargo?

El Tunari sostiene vida. Ahora falta saber si Cochabamba está dispuesta a sostener al Tunari.

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