Miedo

0
525

Un porcentaje importante de la población que habita principalmente en las áreas urbanas modernas cae con facilidad, quizás como producto del caótico trajín y la falta de claridad inherente al mundo contemporáneo, en un estado de desorientación generalizada que a la larga sedimenta desconfianzas, con riesgo de cronificación. Esta situación de salud emocional precarizada induce a la gente a la búsqueda desesperada de propósitos y sentidos de vida, expandiendo la clientela de ese enorme y próspero mercado emergente de «remiendos» existenciales, esos que se expenden por doquier –y sin receta– bajo la forma de religiones, ideologías, patrias, causas, modas y un largo etc., seductoras prescripciones que prometen a los urgidos un sostén moral de aparente solidez.

Es la nueva tónica de la existencia y en ella la oferta de remaches ideológico/espirituales es amplia, pero con una base de sustentación común asentada en uno de los factores humanos más intensos, necesarios y a la vez riesgosos, la urgencia de seguridad, muy ligada al propósito/instinto de vivir (o sobrevivir) pero bajo las condiciones hoy impuestas por el llamado Estado de Bienestar, muy cercano a nuestro Vivir Bien, constituyéndose en una enorme fuerza interna que una vez procesada y racionalizada se transforma en «miedo», potente emoción atávica que subyace y define a todas las demás, pues vela por uno de los valores de última ratio como es la vida, hoy indisolublemente vinculada a un cierto grado de bienestar, alertando sobre una amplia gama de peligros, reales o imaginados, que la acechan y a su vez detonan un diverso conjunto de respuestas que desencadenan fenómenos primarios, unas veces para construir y otras para destruir, y acaso inmovilizar posibilidades de acción mediante el pánico.

Este mecanismo, que en la mayor parte de las especies se desarrolla como una manifestación biológica de reacción instintiva, casi automática, se configura en el humano como una compleja red de instintos y emociones ligadas en alguna medida a la razón, haciendo que el proceso de toma de decisiones y disgregación entre lo bueno y lo malo, lo riesgoso y lo inofensivo, se dificulte, involucrando en magnitudes variables las tendencias humanas más básicas con las más enrevesadas construcciones psicológicas y culturales, propias de nuestro tiempo.

Es fácil concluir que quien defina lo que es socialmente peligroso (aunque realmente no lo sea), detentará un enorme poder sobre sujetos y conjuntos de sujetos, ya que al apropiarse de la compleja relación miedo/peligro y sobrevivencia/bienestar, se arroga también la potestad de direccionar en un sentido u otro una gran parte de lo que las personas hagan o dejen de hacer, infundiéndoles en dosis variables algo de temor. En estas condiciones, serán los que detenten los factores de poder los primeros interesados en manipular nuestros temores mediante diferentes mecanismos, desde los más blandos (medios de comunicación, por ejemplo) hasta los más duros (coerción física, asfixia económica, presión laboral, etc.), ambos a su modo eficaces para internalizar en la gente ideas y turbaciones, constriñendo directa o indirectamente su conducta.

En este estado de cosas, solo a partir de la información y el conocimiento será posible liberarnos, al menos parcialmente, del riesgo de manipulación a partir del espanto que nos infunde este mundo plagado de incertidumbres, realidades virtuales y corporeidad difusa. Temer es humano, claro que sí, pero la razón, que también lo es, nos permite distinguir lo realmente amenazador de lo inocuo y dominar la bestia calculando los riesgos de enfrentarla sin morir en el intento, evitando aterrarnos por nada y huir sin razón, o quedar pasmados frente a nuestra propia sombra.

Marx estaba equivocado, el motor de la historia no es la lucha de clases (o de contrarios) sino el miedo y las capacidades que desarrollemos para vencerlo, tanto en nuestras decisiones de índole personal, como en nuestra atribulada relación con lo público.


El autor es doctor en Gobierno y Administración Pública.