Las vitrinas tapiadas, los aullidos del poder

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La mayor parte de la población del planeta, incluyendo la del lugar de los sucesos, no ha sido informada de un muy importante hecho en la gran revuelta y militarización de Washington DC el mes pasado.

La escalada e incursión de los atacantes y, luego, el inusual despliegue militar y  sus barricadas, conformaron el unánime festín de fotografías y videos que consumimos perplejos.

El suceso no captado, difundido y casi ausente de la información al que me refiero, es el de en una amplia área que circunda el Capitolio, la Casa Blanca y, en general, el centro histórico de la capital estadounidense: puertas, ventanas y fachadas fueron cubiertas con grandes y gruesas placas de madera en prevención  de presuntas agresiones contra comercios, oficinas y domicilios. 

Durante los días de tensión prácticamente no se mostraron las imágenes de edificaciones civiles amuralladas, que muestran una casi unánime respuesta de administradores y dueños de edificios y negocios, ausente en la información escrita, verbal y gráfica sobre esas tensas jornadas. Ese algo es que los violentos prolegómenos de la partida de Donald Trump no sólo afectan al parlamento, al gobierno, al mundo de los políticos, sino al conjunto de un país, dividido de tal manera que los niveles de desconfianza han alcanzado máximos históricos.

La cadena de planchas de madera que acordonó los alrededores del centro burocrático y administrativo de Washington expresa que aun cuando el expresidente jamás llegó a sugerir siquiera que la movilización violenta escogiera blancos civiles, muchos asumieron que si la intimidante movilización militar que acompañó la jura del nuevo presidente no contenía la bronca sembrada con el continuo y falso reclamo de elecciones fraudulentas, ésta no se detendría en sus anteriores objetivos.

La división y de recelo social que deja Trump como herencia, con el apoyo de su delirante ejército de QAnon, junto al poderoso batallón de jueces supremos que ha encumbrado, hace que sus aullidos amenazantes, propios de su obsesión de retornar al control del poder, estén lejos de estar vacíos o ser sólo gestos teatrales. 

Aquí, donde apenas nos apañamos en la lucha contra la enfermedad, con una casi ausencia estatal, también vivimos una escisión profunda en múltiples planos; mientras desde del mundo político el producto más frecuente y difundido es el alarido, sea para zaherir contrincantes o autoexaltar presuntas virtudes.

Así el MAS ahuyentó a su candidata ganadora en El Alto, mientras uno de los más estrepitosos ha sido proferido por el exministro Quintana, al reprochar con amargura que el actual Presidente del Senado haya exhortado a “algunos políticos” a retirarse, porque según el dirigente cocalero “nadie puede creerse imprescindible,  (porque) el político también pasa de moda o su etapa concluye , su ciclo termina”.

La inmediata y ácida réplica de quien fuese un intocable de los 14 años ha sido que “esa es la lógica de mercado político, es la lógica política del mercado. Quienes han apostado su vida a este proceso no  se pueden comprar un día y meter al basurero al día siguiente” (textual).

La intención del exministro de avergonzar a Rodríguez con una interpretación de pretendido vuelo teórico, no pasa el examen de la realidad y los hechos. A cada instante vemos cómo, tanto en el partido dominante, como en las caricaturas que intentan competir con él, predomina no la determinación por el servicio público, la entrega o la abnegación, sino la pura y tosca pasión por mandar. 

Y no precisamente “mandar obedeciendo”, ya que lo corriente en el comportamiento de los profesionales políticos, salvo escasísimas excepciones, es dar rienda suelta a su deseo de sentir el amor y la sumisión que jamás pueden conquistar por otros medios que no sean los que confiere el uso del poder. 

El apetecido poder que permite alquilar afectos y reconocimientos, e inclusive disponer de vidas y fortunas que, en medida considerable engrosan las arcas de las organizaciones que sustentan sus candidaturas, la de sus adeptos más próximos y frecuentemente sus finanzas personales.

Esa cíclica y viciosa historia sigue incólume, pese a todos los procesos de cambios que se nombren y esgriman y a todas las poses que se asuman.

Roger Cortez es director del Instituto Alternativo.