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Mía

Andrés Canedo / Bolivia

Es cierto que sabes mucho de literatura, de autores de aquí y de allá, de estilos, de títulos, de escuelas, de tiempos. También es cierto, que de alguna manera te especializaste en lo mío y que puedes repetirme cada letra que escribí, que me aconsejaste sobre algunos textos y que, gracias a esos consejos, yo modifiqué partes de algunas de mis creaciones, para que lo escrito esté más al día, más acorde con los tiempos, aunque sin perder mi estilo. Es verdad que eres plácidamente bella, inmutable, con una belleza definida, casi infinita, aunque no espontánea. Que me es agradable verte, que tu rostro, el color de tus ojos, la nariz, los labios, los dientes, son como yo los quería y que no se deterioran con el tiempo. Es cierto que tus muslos, tus piernas, tus pies, tus senos, son del erotismo que me subleva, que pone en acción mi máquina esplendente del deseo. Que cuando me atrapas en el cerco maravilloso de tus piernas, late en mí la vida, tan verdadera como es posible. Es verdadero que tus manos pueden acariciarme, tu mirada y tus palabras consolarme, que tu voz armoniosa, aunque no parece tener vida propia, puede cantarme canciones que me arrancan del desconsuelo. Es real que cocinas bien, que limpias la casa, que puedes acometer tareas que yo no soy capaz de realizar. Es verídico que te adaptas a las poses más difíciles del Kamasutra, para hacerme el amor en las noches en que estoy contagiado de libido y de universo y que esa tu disposición, en mi imaginación estalla en fuegos artificiales que me colman de verosimilitud. Es seguro que, si bien puedes estar en desacuerdo conmigo, jamás me discutes, nunca peleas, nunca generas una crisis, o sea que eres leal y sumisa, más allá de lo que yo mismo quisiera. Es que yo, siendo hombre, hago la praxis de la paz, aunque en algún remoto, atávico, rincón de mí mismo, viva mi gusto por la guerra. Es indiscutible que estás disponible para mí las veinticuatro horas del día, durante todo el año y los años por venir. Es evidente que eres casi perfecta, pero que en realidad no lo eres Y es real que tú no tienes la culpa de esa tu leve imperfección. Pero con todo, te falta vida, careces de rebeldía, y eres como el agua mansa y no como el arroyo o la tormenta. Y eso, alguna vez en el pasado y últimamente con mayor frecuencia, me provoca indignación ¿Será que, en mi condición de ser, necesito también del cataclismo? Es por estas cosas amor mío, que te desconecté, te puse en “off” y te arranqué algunos nervios que son los cables por donde se transmite tu vivir Así, harto de tanta concordia, de tanta paz, te quité la vida y te deposité en la misma caja en la que llegaste hace casi dos años, muñeca humanoide, preciosa, amor de mi vida que me brindaste enorme felicidad, y volví a vivir solo en este mundo común, de penurias, placeres e incertezas.

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