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Más allá del dólar

La unificación cambiaria puede ordenar el mercado, pero el verdadero desafío es construir un nuevo rumbo económico para Bolivia.

Hace apenas unos años, hablar de varios precios para el dólar habría parecido una rareza en Bolivia. Hoy forma parte de la conversación cotidiana de comerciantes, empresarios y familias que intentan proteger sus ahorros o entender qué está ocurriendo con la economía del país.

Sin embargo, el problema no es únicamente el dólar. Es la señal más visible de tensiones que se han acumulado durante años. Cuando una economía muestra distintos precios para una misma moneda, revela algo más profundo: desequilibrios económicos, incertidumbre y pérdida de confianza.

La realidad es que Bolivia arrastra déficits fiscales de manera continua desde hace más de una década. En términos simples, el Estado gasta más de lo que recauda. Cuando esa situación se prolonga, aumenta la necesidad de financiamiento mediante deuda y recursos internos, generando presión sobre la demanda de dólares.

Al mismo tiempo, la deuda pública ha crecido de forma sostenida. La deuda externa supera los 13.000 millones de dólares y la deuda interna ha alcanzado niveles históricamente elevados. A ello se suma la reducción de las Reservas Internacionales Netas. Durante los años de bonanza, Bolivia llegó a acumular más de 15.000 millones de dólares en reservas; hoy el margen de respuesta frente a presiones cambiarias es mucho menor.

La inflación también ha vuelto a convertirse en una preocupación para las familias. No se trata solo de estadísticas: se refleja en el costo de vida y en que el dinero alcanza cada vez menos.

Pero quizá el fenómeno más evidente sea la coexistencia de distintos precios para el dólar. En la práctica conviven el tipo de cambio oficial, el referencial, el paralelo y otros valores asociados a operaciones digitales y criptomonedas. Esta multiplicidad genera incertidumbre, dificulta la planificación y alimenta expectativas que terminan afectando a toda la economía.

Nos hemos acostumbrado a hablar del dólar como si fuera el problema principal. No lo es. El dólar solo está mostrando algo que Bolivia lleva años evitando discutir: el ciclo económico que sostuvo al país durante las últimas dos décadas ya no tiene la misma fuerza.

Durante mucho tiempo, los ingresos provenientes de las exportaciones de gas natural permitieron acumular reservas, financiar importaciones y sostener la estabilidad macroeconómica. Ese escenario cambió. La disminución de la producción y de las exportaciones hidrocarburíferas, redujo el ingreso de divisas y debilitó uno de los pilares que sostenían el modelo económico.

Por eso la discusión actual trasciende el tipo de cambio. La pregunta de fondo es sí el país puede seguir funcionando bajo las mismas lógicas cuando las condiciones que hicieron posible ese modelo ya no son las mismas.

En este contexto, el Gobierno ha anunciado su decisión de avanzar hacia la unificación del tipo de cambio. El objetivo es eliminar las distorsiones y la incertidumbre generadas por la coexistencia de varias cotizaciones, mediante una transición gradual hacia un mercado cambiario unificado.

La medida tiene sentido. Ninguna economía funciona eficientemente cuando una misma moneda tiene distintos precios. Sin embargo, la unificación cambiaria no resolverá por sí sola los problemas estructurales del país.

La experiencia internacional muestra que ningún régimen cambiario garantiza estabilidad sin fundamentos económicos sólidos. Un solo tipo de cambio requiere reservas suficientes, disciplina fiscal, crecimiento de las exportaciones, inversión productiva y capacidad para generar divisas de manera sostenible.

También requiere algo menos visible, pero igual de importante: confianza. Toda moneda funciona porque las personas creen en ella. Cuando esa confianza se debilita, también se debilita la credibilidad de las instituciones encargadas de conducir el futuro.

Las crisis económicas rara vez son exclusivamente económicas. También son crisis de decisión. Ponen a prueba la capacidad de liderazgo, la fortaleza institucional y la posibilidad de construir acuerdos.

Por eso Bolivia necesita avanzar en varios frentes al mismo tiempo: reducir gradualmente el déficit fiscal, fortalecer la capacidad exportadora, atraer inversiones, garantizar la seguridad jurídica, recuperar la confianza institucional y construir consensos que permitan pensar más allá de la coyuntura.

La política tiene aquí una responsabilidad central. La confrontación permanente no solo dificulta gobernar; también dificulta planificar. Una economía puede recuperarse de errores, pero difícilmente se recupera de la ausencia prolongada de rumbo.

Bolivia todavía cuenta con recursos naturales, capacidad productiva y talento humano para construir una nueva etapa de desarrollo. Pero para lograrlo será necesario reconocer que algunos equilibrios del pasado ya no existen y que las respuestas de ayer no necesariamente resolverán los problemas de mañana.

La discusión sobre el próximo ciclo económico apenas comienza. Algunos apuestan por el litio, otros por la agroindustria, la minería, la industrialización o la economía del conocimiento. Probablemente el futuro no dependa de un único sector, sino de la capacidad de combinar distintas fuentes de riqueza, exportaciones y empleo. La verdadera tarea no consiste en encontrar un nuevo recurso milagroso, sino en construir una economía más diversificada y menos vulnerable.

Es probable que en los próximos años Bolivia logre converger hacia un solo precio para el dólar. Eso ayudará a corregir una distorsión importante. Pero el desafío de fondo seguirá siendo el mismo: producir más de lo que consumimos, generar más divisas de las que gastamos y reconstruir la confianza que se ha ido perdiendo.

Las monedas pueden estabilizarse mediante decisiones económicas. Los países, en cambio, solo se estabilizan cuando encuentran un rumbo compartido. Y hoy, más que un solo dólar, Bolivia necesita una visión común de futuro.

Oscar A. Heredia Vargas es Ex Rector de la UMSA

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