Los discursos sociales y de odio

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Estos días la exacerbación de los ánimos políticos está llegando a su clímax, a tal punto que los discursos sociales se han convertido en discursos de odio; según Marc Angenot, los discursos sociales pueden ser comprendidos como todo aquello que se dice y se escribe un determinado momento histórico en una sociedad dada, todo lo que “se narra y se argumenta” en un determinado momento a través de los medios de comunicación, las conversaciones públicas o las redes sociales; en ese sentido ya no somos adversarios políticos, somos enemigos, traidores, leales, revolucionarios, imperialistas, socialistas, neoliberales, corruptos, honestos, racistas (indios los unos y blancos los otros); los “diálogos” en las redes se han reducido a la repetición de vulgares consignas y a insultar ad hominen (a la persona), dando como resultado rompimientos comunitarios, familiares, laborales, profesionales, de amistad, aunque ya se sabe que si rompe una amistad es porque nunca la hubo.

Desde las elecciones del 20 de octubre son 9 días que la bronca de ambos lados no cesa, se agudiza y no solo en las calles también en las redes; intentar dialogar se ha vuelto inútil, la palabra que nos diferenciaba como seres humanos capaces de sentir, pensar y actuar, ahora es el arma de ataque, todo sirve: las posiciones ideológicas, filosóficas, religiosas, literarias, son estigmas al igual que las preferencias sexuales o la lucha feminista; la palabra política está contaminada; cambiar de opinión es una aberración; el pensamiento ya no se discute, se gritan consignas y lemas, los memes han reemplazado el debate, así como las fake news y las posverdades a la información, en vez de usar la tecnología para el conocimiento la usamos para el desconocimiento; como nunca antes tenemos acceso ilimitado a la ciencia y preferimos informarnos con rumores, con chismes, con descalificativos, hemos retrocedido en vez de avanzar, al extremo que se usa cualquier cosa para hacer escarnio del enemigo y me refiero tanto al Presidente, al Vicepresidente, gobernadores como a todos los políticos, estamos en una de las categorías que se denomina “discursos peligrosos” en los que las declaraciones son hechas por oradores con influencia moderada o alta sobre sus audiencias y tienen carácter fuertemente inflamatorio y gran riesgo de desencadenar situaciones de violencia; por eso mismo la responsabilidad de ellos es mayor y definitiva. La nuestra es la de ser reproductores de estos discurso de odio.

El periodista Arturo Zaldívar afirma, en su artículo “Contra el discurso de odio”, que: “El lenguaje construye la realidad, influye en las percepciones que transmitimos a las futuras generaciones respecto del mundo que nos rodea. Si queremos una sociedad inclusiva, en la que todas las personas puedan disfrutar de sus derechos a no ser discriminados y a vivir con dignidad, no podemos darnos el lujo de minimizar la carga de las expresiones que usamos en público y en privado. Para ventilar nuestras diferencias, debemos partir de un diálogo respetuoso e inclusivo y no olvidar nunca que las palabras importan”. Y eso es lo que nos está faltando: diálogo, todos queremos imponer nuestra decisión, por eso cuando algún amigo o contacto busca polemizar conmigo intento hacerlo de la manera más respetuosa; sin embargo, si llego a un punto en el que percibo que esto no es posible simplemente le doy la razón y listo; si se trata de gente que insulta lo bloqueo, no quiero tener en mi muro a ese tipo de personas tóxicas; por la misma razón me he salido de varios grupos de WhatsApp porque creo que el límite de la libertad de expresión es la difamación venga de donde venga. Hasta ahora no me he equivocado con mis buenos amigos que piensan diferente, ninguno pretende imponerle al otro su criterio porque respetamos la opinión del contrario, respetamos la disidencia, espero que siga así.

A usted mi querido lector/lectora que ha llegado hasta aquí, le propongo el siguiente ejercicio: comente mi artículo sin ninguna palabra ofensiva, si queremos cambiar la sociedad empecemos por cambiar nosotros mismos.