Estoy vinculado con la enseñanza superior desde hace unos diez años. En este tiempo he sido testigo de transformaciones profundas en el ámbito universitario, palpables no solo en el despliegue tecnológico, sino también en las mutaciones del deseo de los jóvenes: hoy la gran interrogante ya no gira en torno a qué carrera elegir, sino en torno a la pertinencia misma de ingresar en la universidad. Ocurre que, en este mundo acelerado y tecnificado, la pregunta medular es si acaso conviene o no cursar una licenciatura. ¿Para qué asistir a las aulas si los empleos contemporáneos son líquidos, fragmentarios y prescinden de la hondura disciplinar o de los títulos tradicionales? Sucede que estas nuevas plazas laborales —muchas de ellas precarizadas— no necesitan los saberes que se custodian en los solemnes claustros universitarios. Entonces, ¿para qué sirve ya la universidad?
Las alternativas de instrucción proliferen sin tregua: trayectos cortos, especializaciones en línea, diplomados de toda índole y un vasto ecosistema en YouTube donde es posible aprender informática, criptomonedas, escritura creativa, programación, marketing digital o diseño gráfico. Para asimilar estas destrezas no hace falta pisar una facultad ni consultar una biblioteca física. ¿Cuál es, entonces, el sentido de la universidad?
Ante este escenario, y urgidas por captar recursos, las universidades intentan amoldarse a la corriente mediante la oferta de microcredenciales y cursos cortos que sirvan para engrosar el currículum. El fenómeno es omnipresente: basta abrir Facebook o Instagram para verse asediado por publicidad de maestrías, diplomados y «cursos de formación continua» en una gama infinita de disciplinas. Esta tendencia no es exclusiva de las instituciones periféricas; tiñe con igual fuerza a las grandes casas de estudios superiores de Europa y Asia.
Es que la clase media exige retornos crematísticos más efectivos y veloces. A diferencia de las élites, cuyos hijos pueden darse el lujo de cursar un doctorado en filosofía medieval o matemática pura, la clase media —asfixiada por el encarecimiento de la vida— necesita insertarse prontamente en el mercado laboral. Aunque durante siglos la universidad funcionó como un infalible ascensor social, en los últimos años esa promesa parece haberse desvanecido, sobre todo porque la vieja fórmula de «estudiar duro para asegurar un buen empleo» pertenece ya al pasado.
A esto se suma una evidente sobreoferta de profesionales. Millones de personas ostentan hoy títulos pomposos de instituciones prestigiosas, lo que ha despojado al diploma de su antigua exclusividad social y técnica. Por ello, miles de doctores y posdoctores deambulan hoy en la precariedad o el desempleo —o al menos fuera de sus áreas de especialidad— ante la falta de plazas laborales.
Salvo contadas excepciones, la universidad institucionalizada peca de rígida frente a la flexibilidad de habilidades técnicas que el presente demanda. Con esto, desde luego, no pretendo hacer una apología de la contemporaneidad; un programador web o un editor de video no poseen, por antonomasia, la sensibilidad ni la mirada panorámica de un historiador o un filósofo. Sin embargo, es la ruta de aquellos —y no la de estos— la que marca el pulso del mundo. Hoy en día, el cúmulo de microcompetencias técnicas parece pesar más en la hoja de vida que los soberbios cartones universitarios que cuelgan en las paredes de los estudios.
Pese a todo —o más bien por todo lo anterior—, se hace imperativo ensayar una defensa de la universidad a partir de la reivindicación de su esencia más profunda: la universitas. La academia no debería operar como una fábrica de titulados, sino como un ágora de pensamiento denso y reflexión crítica. Evidentemente, esta concepción no es lucrativa ni promete retornos financieros inmediatos, pero es la única que le otorga una calidad atemporal. Aunque el vínculo causal entre poseer una maestría y asegurar un puesto de trabajo se haya roto, sigue siendo innegable que la calidad humana y la solidez intelectual que se fraguan en un aula de historia, filosofía o ciencias políticas difieren sustancialmente del aprendizaje solitario frente a una pantalla. El pensamiento crítico, esa virtud invaluable en la era de la inteligencia artificial, se cultiva mejor en la interacción humana dentro de un aula o un laboratorio físico.
El coro de voces que debate en un espacio compartido jamás podrá compararse con el eco de la alienación virtual ni con el gélido silencio de un foro digital.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social