La posverdad, en la política, es la mentira

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¿Acaso no dejó escrito Maquiavelo que el príncipe que engaña encontrará siempre quien se deje engañar?

La posverdad se resume en que la apariencia de los hechos es más relevante que los hechos en sí. En sí, hay cuatro perspectivas de la posverdad: vivimos “gracias” a la tecnología dos mundos paralelos que son reales y ficticios a la vez -las mentiras puede resultar semiverdades en mundos imaginarios o paralelos-; prevalece la rapidez más que la exactitud -leemos rumores y le concedemos toda la credibilidad-; perdimos la confianza en las instituciones -prestamos más atención a las cosas que nos llaman la atención, independiente de cual fuera su fuente-; y tenemos las ansias por confirmar las propias creencias y sentimientos”. (Fernando Trias de Bes).

Eduardo Caballero, en su libro El Nuevo Príncipe, analiza al ser humano y a la política (el poder) y nos dice lo siguiente: “Cuando oigo hablar de que vendrá para el mundo una fecunda paz, en la que todos los hombres serán hermanos dentro del mismo pueblo, y que todos los pueblos serán iguales como si pertenecieran a la misma raza, y que todas las razas serán equivalentes en el mismo plano material y espiritual…”.

En ese momento, leemos y releemos las líneas anteriores y nos alegramos porque encontramos similitud con discursos diarios que venimos escuchando, cuando estamos en el micro, en el mercado, en las plazas, en las reuniones y en los debates.

Pero, Caballero continúa y nos dice “…cuando oigo hablar de esa utopía -paz, hermandad, igualdad, etcétera-, siento tristeza y compasión por el hombre…”. Entonces leemos y releemos esta última expresión de Caballero y salimos de nuestra alegría y volvemos a la realidad. En ese momento escuchamos críticas durísimas sobre el accionar del ser humano en la política (el poder) y de la muchedumbre en acción o en inacción. Escuchamos que se perdió la esperanza y nos quedamos consternados.

Que certeza tiene Caballero al reflexionar sobre la forma de hablar en política, alude al viejo arte político de la simulación, vestido ahora con nuevos ropajes: la posverdad.

En el presente, el engaño tiene su propio tinte. “Hoy, con las estrategias de posverdad en la política, se acabó el guante blanco; el lenguaje y las descalificaciones ponen en segundo plano las propuestas, resurgen las historias personales y critica despiadadas. También hoy, se hacen promesas imposibles de cumplir” (Felipe. Vergara).

Ante tal afrenta, “cuando alguien nos hable, nos prometa, nos diga algo que no nos gusta, deberíamos estar en guardia: Si no dice nada concreto deberíamos tomar las precauciones del caso, puede ser un charlatán. Y, sí por casualidad dice algo que nos gusta, deberíamos desconfiar, puede tratarse de un demagogo (Y. Gramajo y G. Aguirrezabala).

“En resumen, deberíamos cuidarnos de todos los que nos hablan” y exigir a los gobernantes, a los candidatos y a los partidarios la honestidad: Integridad, libertad, verdad, sinceridad.

Demandemos que los que hacen política activa sean ya confiables, justos, leales, limpios, íntegros, transparentes, respetuosos de sí mismos y del otro y que rechacen con vehemencia el robo, la corrupción, la falsedad, la mentira, el fraude, la deslealtad y el ocultamiento de la verdad o de la información.

Digámosles a los príncipes y sus acólitos, en todos los niveles de poder: “No mintáis. Sois incapaces ya de distinguir la verdad de la mentira. Callaos, pues, única manera de que no mintáis”. (R. Barrett). Y dejadnos hablar a los ciudadanos que sufrimos los avatares del poder.