La Paz sigue cercada y el golpe más duro vuelve a caer sobre los de siempre, los vulnerables, los sin voz, los que no pueden darse el lujo de esperar a que la política encuentre su ritmo. Mientras el presidente de Bolivia insiste en el diálogo, hay familias que no tienen qué comer, trabajadores que salen sin seguridad y madres que hacen filas sin saber si alcanzará para el día siguiente. En esta ciudad sitiada no solo faltan alimentos o medicinas, faltan maneras de transportarse en medio del caos y la contaminación.
No se trata de una incomodidad pasajera, lo que se vive es asfixia porque los bloqueos impiden el ingreso de alimentos, medicamentos, combustible y oxígeno, de modo que la ciudad funciona a medias y con respiración forzada. Ya no hay pollo, no hay carne, no hay huevos, la fruta y las verduras escasean hasta desaparecer en muchos mercados. Algunos sectores todavía logran darse el privilegio de llevarse algo a la boca, aunque cada vez menos, mientras la mayoría simplemente no puede.
A pesar de los operativos de emergencia, la sensación persiste, todo depende de decisiones improvisadas que apenas contienen el colapso. Desde los despachos el diálogo parece sensato, sin embargo en la calle no resuelve nada, no llena la olla ni calma la angustia de quien no sabe si mañana encontrará pan, leche, un medicamento o transporte.
En medio de esta escasez, la especulación también crece sin control. Cuando llega pollo a algún supermercado, el cupo por persona es de solo uno y se agota en cuestión de minutos. El precio alcanza los 90 bolivianos por un pollo de tamaño casi de paloma, una cifra que resulta inalcanzable para muchas familias.
Mientras tanto, muchas personas aprovechan la situación para revender o inflar precios sin ningún escrúpulo. No les importa nada, solo ganar más en medio de la necesidad ajena. Los llamados nuevos ricos, la mayoría ex masistas, se mantienen más o menos tranquilos porque tienen formas de sobrevivir y abastecerse, aunque también comienzan a sentir el impacto de la crisis.
También se observa que parte de quienes sostienen los bloqueos reciben pagos o incentivos, lo que les permite mantenerse durante días sin trabajar en sus actividades habituales. En muchos casos, se trata de personas vinculadas al MAS que, más allá de las consignas, enfrentan sus propias necesidades diarias y ven en estos ingresos una forma de subsistencia. Esta realidad también expone las limitaciones en el acceso a información y formación, lo que dificulta que muchos puedan evaluar con claridad el impacto de estas medidas sobre el conjunto de la población.
La crisis tiene rostro porque las personas no son simples números. Don Nicanor, cuidador de vehículos, ve cada vez menos autos que limpiar y cuidar, su ingreso desaparece junto con el movimiento de la ciudad. Doña Gavina ya no tiene fruta para vender, su puesto quedó vacío. Doña Guillerma sale con pocos tomates y unas cuantas papas, lo mínimo que consigue en un mercado desabastecido. Doña Justina ya no solo revuelve contenedores de basura que rebalsan, sino que ahora enfrenta una situación más crítica porque los camiones basureros, por falta de diésel y los conflictos, no están recogiendo los residuos, lo que provoca una acumulación que contamina calles y barrios enteros. Este problema se suma a todo lo demás, agravando las condiciones sanitarias y la vida diaria de la población. Don Fausto, albañil, se quedó sin obra porque la suspendieron; pero además, como muchos en su situación, sobrevivía con lo más básico como plátano y pan, productos que hoy tampoco se consiguen. Los bloqueos no solo impiden su llegada, sino que hacen que la fruta se pudra en el camino, generando pérdidas económicas y profundizando la escasez en la ciudad. Doña Evarista cocina como puede para vender, ají de fideo y arroz a la valenciana sin carne, sin pollo, platos que apenas engañan el hambre y recuerdan todo lo que falta. Los negocios de comida…totalmente afectados.
En ese escenario aparece una distancia que incomoda. Para el gobierno la crisis se administra con reuniones, declaraciones y planes, mientras tanto muchos analistas y opinadores juzgan desde muy lejos sobre una realidad que no pisan. No recorren mercados vacíos con el dinero contado ni entran a hospitales donde el oxígeno llega casi como un milagro. Esa mirada puede explicar, aunque no siente, puede diagnosticar, aunque no sufre. Y en este momento lo que falta no es explicación, es empatía con quienes están pagando el costo real.
Las decisiones y la forma de encarar la crisis también generan la sensación de que el nuevo gobierno evita ejercer plenamente su autoridad. En lugar de imponer orden o garantizar el libre tránsito, parece dejar que la presión se acumule en las calles, como si esperara que sea la propia población, los vecinos, los denominados “pititas” que ya se movilizaron en 2019, quienes vuelvan a activarse para destrabar la situación. Esta percepción refuerza la idea de un estado ausente en momentos críticos, donde la responsabilidad termina desplazándose hacia la gente común, que ya lleva el peso de la crisis.
Las mujeres cargan una de las peores partes. En Bolivia más del 80% del empleo es informal, lo que deja a miles sin protección, sin estabilidad y sin respaldo frente a días enteros de bloqueo y encarecimiento. Al mismo tiempo sostienen hogares, cuidan hijos y adultos mayores y organizan la supervivencia cuando todo se detiene. La crisis les exige más y les devuelve menos. En La Paz, donde el ingreso diario define si se come o no, esa desigualdad golpea con fuerza.
Las niñas y niños huérfanos, así como quienes viven en hogares de acogida y asilos, enfrentan una realidad aún más frágil. Dependen de donaciones, de suministros regulares y de cadenas de abastecimiento que hoy están interrumpidas. Con los bloqueos, los alimentos, medicamentos y productos básicos llegan tarde o simplemente no llegan, poniendo en riesgo su salud y su alimentación diaria. En estos espacios, donde ya existen limitaciones, la crisis no solo golpea, sino que amenaza con volverse insostenible si no hay respuestas inmediatas.
Las personas con discapacidad enfrentan una situación todavía más dura. Son 588.231 en Bolivia, el 5,7% de la población y viven con barreras que en una ciudad cercada se vuelven insoportables. Sin transporte, sin medicamentos y sin atención continua, quedan atrapadas fuera de lo básico. Si el oxígeno no llega, si una consulta se posterga o si trasladarse se vuelve imposible, la dignidad se vuelve frágil.
Los niños y jóvenes también pagan una cuenta que no generaron. La educación virtual aparece como alternativa, pero para miles significa estudiar con internet inestable, sin equipos adecuados y en condiciones precarias. Muchas familias dependen de un solo celular compartido. Así, lo que debería reducir la brecha termina ampliándola.
El nuevo gobierno, desde noviembre de 2025, carga con el peso de veinte años de gestión del MAS marcada por ineficiencia y corrupción. Esa herencia golpea la economía, debilita las instituciones y limita la capacidad de respuesta. Aun así, reconocer ese pasado no cambia la urgencia del presente, mientras se discute lo que se hizo mal durante dos décadas, hoy hay gente que no tiene comida, no tiene seguridad para trabajar y no tiene garantías mínimas para sostener su vida diaria. La historia explica, pero no justifica la indiferencia.
La informalidad, la pobreza y la precariedad se vuelven más crueles cuando la ciudad se cierra. Más del 80% del empleo en Bolivia es informal, lo que deja a millones expuestos al hambre en cuanto se corta una ruta o suben los precios. Hogares enteros quedan en riesgo, niños, jóvenes que estudian y trabajan, mujeres que sostienen todo, personas con discapacidad y hasta los perros callejeros forman parte de la misma escena de abandono que hoy muestra La Paz.
Al final, lo que ocurre en La Paz no es solo una crisis de abastecimiento ni un conflicto político más. Es una prueba concreta de cuánto puede resistir una sociedad cuando se normaliza la escasez, el abuso y la distancia entre quienes deciden y quienes sobreviven. La ciudad no solo está cercada por bloqueos, también por la indiferencia. Y mientras no se rompa ese cerco, seguirán siendo los mismos los que paguen el precio más alto, cada día, en silencio.