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La Mula

Márcia Batista Ramos

El frío de la altiplanicie quemaba el rostro de Leoncio Padilla. Había caminado seis horas en la noche oscura, al encuentro del día. Faltaba poco, para llegar al pie de la montaña que le cobijaría durante el día, para seguir su marcha, otra vez por la noche. La mochila estaba pesada, no le permitía caminar más rápido, mascaba las hojas secas de coca, para no sentir sed, hambre, cansancio o miedo. Sabía que la historia del narcotráfico es, a fin de cuentas, la historia del perverso sistema político que gobierna.

Antes de dedicarse al negocio de traficar droga caminando por la frontera, Leoncio trabajó como chofer de camión, por las rutas nacionales y más tarde, cuando ya tenía experiencia trabajó por la ruta que va al mar, manejaba llevando soya hasta los puertos chilenos. Ganaba bien, estaba progresando y se sentía realizado con su trabajo y con su vida. Pero el diablo no duerme, le jugaron una mala pasada y sin tener culpa, purgó, cinco años y tres días en una cárcel chilena atiborrada y reducida. Perdió su camión. La esposa lo dejó y se casó con otro. En la cárcel aprendió que los cárteles de la droga han construido imperios de criminalidad que rebasan el poder del Estado.

Salió de la cárcel sin familia, sin trabajo, sin un lugar dónde caer muerto y no vio otra salida que cargar droga en la espalda, en la soledad del desierto, para ganar plata rápidamente e intentar recuperar los años perdidos injustamente.

Leoncio era un hombre alto, más alto que lo normal en las tierras altiplánicas, bastante fuerte, aunque no era corpulento, por lo contrario, era de complexión delgada, mirada dulce y sonrisa espontánea y sincera.

Otros, no tenían valor de viajar solos. Iban en grupos de hasta veinte hombres, con la carga en la espalda, en silencio para escuchar cualquier sonido distinto al viento. Leoncio, prefería andar solo. No confiaba en nadie. Repetía para sí mismo que, nació sólo y que había de morir sólo. Mientras la claridad empezaba a aparecer, él emprendía la marcha más fuerte para alcanzar la guarida en la montaña, antes de que los helicópteros empezaran a vigilar el desierto y a disparar a los traficantes que por ventura divisasen entre las piedras.

Por la noche caminaba siguiendo el lecho de un arroyo seco, la luna alumbraba el camino y los primeros rayos de la aurora le indicaban que faltaba muy poco para llegar al descanso. Ya bastante jadeante, llegó al amontonado de piedras al pie de la montaña donde pasaría el día. Recuperaría sus fuerzas para seguir su marcha por la noche, cargado de droga como una mula.

Leoncio Padilla se acurrucó junto a las piedras tratando de descansar y un paro cardio respiratorio le hizo dormir el sueño eterno… Días después, un campesino de la zona avisó a los carabineros de que, alertado por los buitres, divisó el cuerpo de una mula junto a las piedras.

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