(Presentación del libro “Presagios”, de Juan Carlos “Gato” Salazar)
Hace un par de años, justo antes de salir a festejar el Año Nuevo una mariposa negra entró a mi habitación. Aunque soy creyente, mi fe se eclipsó por un momento y resolví sacarla antes de partir. Sin embargo, ella decidió salir sin más presiones (o eso creí). Cuando con mi esposo volvimos de la cena no había rastros de la oscura mariposa. A la mañana siguiente, mientras tendía mi cama, la hallé muerta al lado de mi almohada.
Primero me vino a la mente el cuentista uruguayo Horacio Quiroga. Me aterró, no la metáfora de su “Almohadón de plumas”, sino la posibilidad irrefrenable de que esa polilla comenzara a carcomerme la existencia. Era sin dudas un mal presagio. Aun cuando Google, que tiene respuestas según se quiera ser respondido, intentaba tranquilizarme con que ese tipo de insectos, para ciertas culturas (no la mía), suponen bonanza, yo sabía que durante ese año (ese fue el plazo que le fijé al augurio) algo me pasaría. No obstante, no dije nada. Consideré que el silencio debilitaría la profecía y lograría esquivarla. Y así fue. Pero no siempre sucede eso: las mariposas nocturnas en los relatos de Juan Carlos son verdaderas agoreras.
En algún momento pensé en contactarme con el equipo de Plural para sugerirles que ofrecieran a nuestro autor de la noche unas cuantas botellas de agua adicionales; de modo que lo obligaran a excusarse para ir al baño y me dejara a solas con ustedes. Y es que es mi deber advertirles que lo que van a leer son algo más que cuentos; son un regalo sí, pero son un presente griego.
Tan solo fíjense en la portada. Ni José Antonio Quiroga, ni Juan Carlos Salazar me van a hacer creer que no tenían intención de angustiarnos. La noche estrellada de Van Gogh es un presagio en sí mismo. Uno turbulento. El vaticinio agitado de una mente atormentada; una noche que no es negra, pero cuyos remolinos y espirales frenéticas parecen el anuncio de la única trascendencia posible del pintor a través de la muerte.
Los relatos breves del libro se originan en hechos reales, empero siempre se desarrollan en una tensa atmósfera fatalista. El escritor, en un juego psicológico, nos arrastra a compartir con sus sólidos personajes, sus temores, contradicciones, incertidumbres y recuerdos. El lector sabe, en todo momento, que algo va a ocurrir, algo fatídico. De modo que está obligado a atender cada señal, cada presentimiento, cada silencio. Dejamos de ser lectores para convertirnos en meros vigilantes.
El libro arranca de modo engañoso -como todo presente griego- con una narración familiar que sentí autobiográfica (bueno, no cuando habla de sus entregas sexuales clandestinas en la juventud, no, no…): “Almanaque”, en el que el personaje principal recuerda cómo el almanaque Bristol servía de guía de vida -y de muerte-, a todos en casa (“Ahí estaba todo”), está lleno de símbolos astrológicos, incluido el cometa Halley. El relato muestra al ser humano necesitado de explicar su existencia a partir de lo sobrenatural: “Mi abuelo y mi viejo -dice Jacinto- se cortaban las uñas y el cabello en cuarto menguante para no terminar con garras y melena. Y su padre asegura que nacer en luna nueva, “que guarda toda la energía en su vientre”, es de buena suerte, pues la luna nueva solamente puede crecer “¡Siempre para arriba!”.
En “El viejo Casiano” la protagonista es La Paz. “¡La Paz de los alzamientos!”, “¡La Paz de las rebeliones!”, “¡La Paz de las conjuras!”. Esa La Paz en la que el amauta presagió el colgamiento de Villarroel; el alzamiento contra los cachorros de la oligarquía un abril; y la Masacre de Todos Santos a cargo del Mariscal de la Muerte (“un cancerbero mitad lengua de veneno y mitad colmillo de acero”). El viejo -nos cuenta el escritor- contempló todo esto “desde el sueño al que había sido convocado por los patriotas de antaño, entre conjurados de copa y levita, caballeros de mostachos atusados, frailes sacramentados y uniformados de insignias y trencillas, congregados al toque de ánimas en los salones del Palacio de las Deslealtades para rescatar los anales perdidos en el caos del tiempo”.
En “Suplente”, un comprometido compañero del Padre Paco relata en primera persona, y en clave premonitoria, la toma militar, presumí de la Radio Fides pues la escena se parece mucho a una que conozco de boca del propio sacerdote perseguido durante el golpe del 80, y su espontánea resolución de ofrecerse para ser llevado por los “paras”, en reemplazo del cura buscado, en tanto Espinal, el primero de la lista, ya había sido asesinado.
“Y yo, como si nada, como si el flagelo no fuera conmigo, como viéndome desde arriba, paralogizado, aturdido, obnubilado por una sola idea, por una sola imagen, la de Lucho “El Bueno”, tendido sobre la mesa de la morgue, desnudo, martirizado, con los miembros lacerados por la tortura, acribillados; con su rostro santo, santificado; puro, purificado, clamando en el desierto de los impuros; abriéndose paso entre los lamentos y el llanto de mis compañeros, ¡Dios mío!, diosito, que ¿qué está pasando, padrecito?, que ¿qué es esto?, ¡golpe!, ¡golpe! Ora pro nobis”.
El único cuidado que ha tenido el Gato con sus lectores, ha sido el estético: con un lenguaje algo vintage, que combina poesía de alta intensidad y crónica, de la que nuestro autor-periodista afortunadamente no logra desprenderse, y que usa para rescatar palabras anacrónicas de belleza particular. El subgénero es más bien el cuento negro. Solo que Salazar no desciende a los submundos de alguna ciudad, sino que se sumerge en las entrañas de sus personajes, que se mueven cómodos en el realismo mágico.
Escuchen esto: “Se detuvo por un momento a contemplar el paisaje infinito desplegado a sus pies, un lienzo de jaspes suaves y pigmentos coloridos, tejidos con las hebras doradas de la queñua, el flujo chispeante del arroyo, las aguas jade esmeralda de la laguna y el brillo de las calaminas del campamento, astillado en mil rayos plateados. El cielo azul intenso volcaba sobre el entorno toda la luminosidad que guardan los ocasos para resistir el asedio de las tinieblas.” Crónica poética ¿o no?
Pese a su aire costumbrista, pues tiene una fuerte carga de identidad cultural (referencias a tradiciones, supersticiones, animales simbólicos, etc.), este es un libro de prosa literaria y no una aproximación antropológica forzada. Una antología que podría haber sido escrita por el mexicano Juan Rulfo, el de los destinos trágicos ineludibles. Quien, no tengo dudas, echó desde el cielo unos polvos mágicos a la computadora de nuestro autor mientras tecleaba. No sé si es casualidad, pero en el cuento en el que Salazar, en una conversación espectral, cede su voz a representantes desaparecidos de boleros como Los Panchos, Lucho Gatica o Jorge Negrete, para que sean los cantantes quienes hablen por los interlocutores de amor y desamor, se refiere a una boîte llamada El Gallo de Oro, el nombre de una de novela corta de Rulfo.
En términos coloquiales, sinónimos de “cuentista”, pueden ser “chismoso”, “cotilla”, “fabulista”, “enredador”. Sin embargo, para construir un buen chisme hay que tener talento. He contado esta anécdota alguna otra vez, solo que hoy me siento obligada a contarla de nuevo. El escritor mexicano Juan Villoro contaba que, en una ocasión, mientras cursaba un taller de literatura, uno de sus compañeros alardeó frente al profesor -el maestro de la minificción Augusto Monterroso-, que se hallaba en plena producción de una novela que estimaba, llegaría a las trescientas páginas. Monterroso había ensayado una cara de alegre sorpresa y le había respondido: “¡Qué bueno, te estás preparando para escribir un cuento!”. Y es que, al decir del mismo Villoro, el cuento es el género más exigente de la prosa, y aun así, el Gato lo logra con honores.
“Legado” es quizás el cuento más completo y profundo, aunque se los dejo para que lo lean sin tutela. En cambio, termino con “La bicha”, en la que Epifanio, un viejo barretero, “conocedor de los secretos y las entrañas de la montaña”, y empleado de Marcos, alerta al patrón sobre el cuidado que debe tenerse con las vizcachas, pues “son egoístas y ocultan el mineral”.
Marcos no entiende de premoniciones y se enterca en desafiar su marcado y avisado destino: “La ventisca barrió la arena dispersa en la terracita, aventándola al vacío, y dio paso a un olor a almendras amargas. No era el del cianuro que inunda los ingenios durante el procesamiento de la plata, sino el que emana de la sangre de las vizcachas cuando el cazador les arranca la cola después de la cacería. El olor se fue transformando en un tufo pestilente, el vaho fétido del sulfuro que exhala la boca del infierno.”
La cuentista Mariana Enríquez dice que los japoneses creen que, después de morir, las almas van a un lugar que tiene un cupo limitado. Y que cuando se llegue a ese límite, cuando no quede más lugar para las almas, van a empezar a volver a este mundo.
Mucho me temo que el Gato haya acogido algún presagio antes de escribir estos cuentos y les esté, de algún modo, dando la bienvenida a las primeras almas que vienen de regreso.
Si después de esta introducción todavía quieren leer el libro, allá ustedes; pero luego no digan que no se los advertí…