Christian Jiménez Kanahuaty
Parecería que hay una restricción en el modo en que leemos y asimilamos la lectura. En principio pensamos que leer es leer literatura y que entre ella, el género protagonista es la novela. Y es quizá por esta razón que se postula que se lea poco. Porque se delimita un terreno de conocimiento. Y al delimitarlo se excluyen otras lecturas. Y dentro de la misma novela ocurre lo mismo porque la novela se circunscribe al ámbito de la novela literaria y no otra. Y el significado de “literario” varia de cultura a cultura y de comunidad crítica a comunidad crítica.
Con estos parámetros lo que se tiene es una visión escasa de la lectura como procedimiento de interpretación del mundo. El cuento queda como experiencia acotada que tiene la finalidad de establecer un movimiento dentro del lector. Pero que no es de larga duración. Es más bien la antesala a la gran experiencia que puede provocar la novela y por ello, los lectores también en la lógica de costo–beneficio, buscan novelas largas. Algo que satisfaga en tiempo y dinero la inversión realizada.
El cuento en ese sentido, queda para especialistas o escritores cultores del género. La novela se propone en cambio, ser el artefacto que puede convocar a los lectores rutinarios, apasionados y aquellos que sólo necesitan un tiempo fuera de entre sus obligaciones domésticas y laborales. Sin embargo, la experiencia de la narrativa está integrada desde otro punto de vista por el autor que produce el artefacto novela.
La búsqueda es la de captar y postular y organizar y dar sentido a un mundo particular que se rige con leyes propias y que ellas no siempre son compatibles con las que operan en la realidad concreta en la que se mueven los seres de carne y huesos. Y, aun así, la experiencia que queda tras la lectura de la novela es que el lector ya no es el mismo ser humano que fue cuando empezó a leer el libro. Algo cambió en él. Ahora está nutrido con otra experiencia del mundo y puede ver aquello que antes le estaba velado.
No se trata de un procedimiento mágico más que de un movimiento intelectual. Es de alto riesgo porque implica poner en suspenso los conocimientos adquiridos desde la infancia y ajustarlos y cuestionarlos según el modo en que la realidad ficcional se va desplegando por medio y a través de las palabras del autor de la novela que se lea. Las grandes novelas tienen esa cualidad que las distingue de las novelas que sólo buscan entretener y hacer que el tiempo pase deprisa. Y, es más: las novelas de gran peso moral, intelectual, vital o emocional o todo al mismo tiempo, gozan más bien del raro privilegio de hacer que el tiempo transcurra más lento.
La velocidad no depende, por supuesto, del número de páginas de la novela que se vaya a leer. Se corresponde, más bien, con el grado de implicación que el lector tenga con la lectura y, sobre todo, con la historia que se construye mientras se va leyendo y escribiendo. Todo parece sucederse en tiempo real.
Ahora bien, dentro de ese esquema de pensamiento, se puede asegurar que hay una tradición que está inscrita dentro de la construcción de la novela que arriesga el lenguaje como función de la comunicación y como mecanismo para nombrar y connotar el mundo. Se suspende esta noción en procura de alcanzar un lenguaje que como en el caso del fenómeno poético, pueda establecer una relación distinta con el mundo por parte del autor y, por ende, también por parte del lector. Un lector comprometido con el acto de leer encontrará cierto placer al leer una novela que le cuestione el modo en que nombra cotidianamente los objetos de la realidad. Pero también se reconocerá por el arduo trabajo que supone descifrar el lenguaje que construye.
Y es ahí cuando novela y poesía se conectan. Dentro de un escenario que reorganiza y resignifica el sistema social en el que estamos todos comprometidos. Es decir, que la novela cuando alcanza un grado de sofisticación con el lenguaje alimenta nuestro imaginario social, pero también nutre hacia atrás y hacia adelante la tradición de la novela. Logrando de ese modo, no sólo crear sus precursores, sino que apuntala diversas maneras en que la novela a lo largo del tiempo ha ido constituyéndose como experiencia vital y como arte en movimiento.
Y es que la tradición literaria de la novela funciona dentro del registro de lo que nunca se ha dicho y que por tanto es norma buscar y tratar de alcanzar. Lo que se alcanza es la novela que logre conjugar la vida con la muerte, el tiempo con el espacio, el instante con la eternidad y el amor con el odio y la pasión junto al tedio. Eso quiere decir una novela que tenga la pretensión artística de capturarlo todo, absolutamente todo.
Este ejemplo tomado por ciertas vanguardias es despojado de su lado político porque se piensa que la novela no ejerce un cambio social dentro de las sociedades modernas; y, sin embargo, la razón de por qué se sigue leyendo es: básicamente las personas necesitan ser alimentadas con ficciones para nutrir su experiencia en un mundo que se complejiza cada vez más. El riesgo, por supuesto, está en que la novela jamás se termine. O que sean muchos escritores las que de distintas maneras escriban esa gran y única novela. Novela de muchas formas, de muchas voces, con demasiados estilos y detonando varios tiempos narrativos y puntos de vista. La vida dentro del libro. Ésa parecería ser la consigna de cierta literatura que por medio de la novela construye un mundo que no se parece en mucho al que habitamos.
Con ello lo que se establece es la ramificación de la tradición porque no existe, por tanto, una sola tradición. Al contrario. Se despliegan varias y se nutren entre ellas y se confrontan. Pero, eso no implica que de cuando en cuando aparezca un autor que una las contradicciones y funde una novela que beba de todas las aguas y engendre en su interior un sofisticado aparato de narrar.
El problema es que debido a su sofisticación pase desapercibido por la crítica y por los medios de comunicación que hacen de puente entre la obra y el consumidor.
Y lo que es peor, sea percibida como una obra sólo en apariencia escrita para los pares. Para aquellos que entenderán el juego. Aunque es cuestión de tiempo. Porque cada novela que se presenta como nuevo mecanismo de joyería y relojería, construye a sus lectores sobre la base del tiempo y del goce. Pues hay que decirlo, antes de terminar: no hay novela que funde un género una y otra vez si con ello no presenta también una forma de goce para sus lectores, generando de esa manera la gestación de un nuevo tipo de lector.