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La eternidad en siete palabras

Jorge Larrea Mendieta

Augusto Monterroso, el escritor que convirtió la brevedad en eternidad, sigue vivo en cada lector que despierta y descubre que el dinosaurio todavía está allí. Su vida, marcada por exilios y palabras, dejó un legado que transformó la literatura latinoamericana en un espejo de ironía, humor y profundidad.

"El silencio es también literatura, y a veces la más profunda."Lo demás es silencio
Augusto Monterroso

Cuando Monterroso escribió “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, no solo inventó un cuento: inventó un mundo. Cada lector que se enfrenta a esa frase proyecta en ella sus propios miedos, sus propias esperanzas, su propia historia. El dinosaurio es la persistencia del tiempo, la memoria que nunca se extingue, la ironía de lo que creemos superado y siempre regresa. Ese cuento, el más breve de la lengua española, es también el más largo en resonancia. En siete palabras Monterroso nos enseñó que la literatura no compite con la extensión, sino con la intensidad. Que la ironía puede ser más certera que el discurso solemne. Que el humor, lejos de ser ligero, es una forma de filosofía. Su legado es la invitación a escribir menos para decir más, a leer entre líneas, a sospechar de lo evidente.

Augusto Monterroso nació en Tegucigalpa en 1921, pero pronto se trasladó a Guatemala, país que adoptó como suyo. Su juventud estuvo marcada por la efervescencia política y cultural de Centroamérica, y desde temprano se vinculó con movimientos que buscaban derribar dictaduras. En 1944 participó en la caída del régimen de Jorge Ubico, pero el golpe de Estado que siguió lo obligó a exiliarse en México. Ese exilio, lejos de apagar su voz, lo convirtió en un observador lúcido y en un escritor que supo transformar la distancia en perspectiva.

En México comenzó a consolidar su obra. En 1959 publicó Obras completas y otros cuentos, un título irónico que reunía relatos breves y que incluía el célebre El dinosaurio. Con ese libro Monterroso se consagró como maestro del microrrelato y demostró que la eternidad podía caber en una sola línea. Ese cuento, estudiado en universidades y traducido a múltiples idiomas, se convirtió en un símbolo de la minificción latinoamericana.

La década de 1960 lo vio alcanzar su mayor popularidad con La oveja negra y demás fábulas (1969), su libro más vendido y difundido en América Latina y España. Allí los animales se convierten en metáforas de la sociedad, y Monterroso expuso con humor la hipocresía política y cultural. En una de sus fábulas escribió: “Había una vez una oveja negra que, por haber sido diferente, fue fusilada. Años después, el rebaño arrepentido levantó una estatua en su honor, que quedó muy hermosa y adornó el parque.” La ironía es devastadora: la sociedad castiga la diferencia, pero luego la celebra cuando ya no representa un peligro.

En los años setenta publicó Movimiento perpetuo (1972), un conjunto de ensayos y relatos que revelan su ironía y su visión crítica del mundo. Poco después apareció Lo demás es silencio (1978), su única novela, donde exploró la vida ficticia de un escritor llamado Eduardo Torres. Allí reflexionó: “El silencio es también literatura, y a veces la más profunda.” Monterroso sabía que la literatura es también una forma de eternidad, y que sus palabras seguirían resonando más allá de su vida.

En los ochenta apareció La palabra mágica (1983), un libro que reunía textos breves y reflexivos sobre literatura y sociedad, confirmando que su estilo seguía siendo fiel a la brevedad y la ironía. Con este volumen cerró su ciclo creativo más importante, dejando un corpus reducido en cantidad —apenas cinco libros principales— pero inmenso en influencia.

Su obra fue celebrada por escritores y críticos. Carlos Monsiváis lo llamó “un clásico instantáneo”, porque sus cuentos, aunque breves, se convirtieron de inmediato en parte del canon literario. Mario Vargas Llosa destacó su capacidad de “decir lo esencial con lo mínimo”, y Gabriel García Márquez lo consideraba un “sabio de la ironía”. El Centro Virtual Cervantes subraya su “enorme capacidad de fabulación” y su uso sutil de la ironía como artificio retórico que convierte sus textos en únicos. Alejandro Lámbarry lo describió como un “rebelde social y literario”, un hombre que se enfrentó a dos exilios y que convirtió la ironía en resistencia.

Reconocido con premios como el Xavier Villaurrutia, el FIL de Literatura y el Príncipe de Asturias de las Letras, Monterroso trascendió los galardones para convertirse en símbolo de la minificción latinoamericana. Sus textos, traducidos a múltiples idiomas, siguen vivos en universidades, en círculos literarios y en la memoria de los lectores que descubren en ellos un desafío: pensar más allá de lo evidente, leer entre líneas, encontrar en la brevedad la profundidad del mundo.

Hoy, más de un siglo después de su nacimiento, Monterroso sigue recordándonos que la eternidad cabe en siete palabras. Su cumpleaños ya pasó, pero su obra no se extingue. Cada vez que alguien despierta y descubre que el dinosaurio todavía está allí, Monterroso vuelve a vivir.

La historia de Monterroso es la historia de un hombre que convirtió la brevedad en eternidad. Su obra nos invita a despertar, a mirar el mundo con ironía y con humor, a sospechar de lo solemne y a descubrir que la literatura puede ser infinita en una sola línea. Y así, como al inicio, volvemos al cuento que lo inmortalizó: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. El homenaje se reinicia, la eternidad se repite, y Monterroso vuelve a vivir en cada lectura.

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