La búsqueda de una solución de continuidad

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Hace ya algún tiempo vengo sosteniendo que el momento que atravesamos obedece a la ausencia de un derrotero histórico que plantea desafíos que las generaciones que nacieron durante el periodo de vigencia del estado nacionalista que fundó el MNR en 1952, no conocimos.

Los procesos de transformación histórica que ejecutó el MNR marcaron el desarrollo de la sociedad boliviana en los parámetros que exigía la modernidad y el capitalismo. El MNR inició el proceso por medio del cual Bolivia abandonó el siglo XVIII, feudal y oligárquico en que habían sumido el país las oligarquías de la plata y luego del estaño y situó el país en los escenarios de la modernidad triunfante.

Entre 1952 y 1954 los pongos y los peones se erigieron como ciudadanos con derechos y obligaciones, el voto universal los ciudadanizó. La tierra era de quien la trabaja y las minas pasaron al estado. El origen de estas medidas había surgido mucho antes, en 1920 un pequeño grupo denominado Partido Obrero Socialista lanzó por primera vez la consigna “tierras al pueblo y minas al estado”, de ahí en adelante y sobre todo por la derrota del Chaco, el conjunto de medidas que ejecutaría el MNR mostraron el camino que conocemos como Revolución Nacional.

La Revolución Nacional transformó el país, pero por diferentes acontecimientos, y sobre todo porque la revolución liberó todas las fuerzas que cobijaba el país, experimentamos semiciclos caracterizados por la dictadura de corte fascista, democracia liberal desde el 82, el socialismo a medias de Torres el 71 y un populismo indigenista desde el 2006 con el MAS en el poder. El MAS concluyó lo que el MNR había dejado pendiente, ejecutó una inclusión social real a despecho de la inclusión formal que ejecutó el MNR y transformó la imagen del estado. La Revolución Nacional había soñado con una emancipación de los indígenas y su incorporación a la esfera de la modernidad ciudadana en los términos en que lo exige el capital. El MNR la inició con el voto universal, la participación popular y la Reforma Agraria y la concluyó el MAS, que entre otras cosas no habría existido sin la revolución de abril.

Hoy el MAS ha concluido su misión histórica, que fue en realidad la culminación del proyecto nacionalista. Ya no tiene nada más que hacer y en consecuencia, ya no tiene un proyecto de sociedad y se limita a repetir el mismo discurso desde hace 16 años. Si pasó por la historia a paso de vencedores fue porque cerraba el ciclo del 52 y hacía lo que el MNR no se atrevió a hacer.

Esta ausencia de un proyecto de estado que le proponga a la sociedad nuevos derroteros, un horizonte porque se deba luchar, un modelo de sociedad y un margen de certidumbre, es lo que produce la sensación de que el país marcha a la deriva y que no se avizoran nuevas propuestas y menos nuevos liderazgos.

Experimentamos un momento de transición entre el estado del 52 que se había nutrido de las fuerzas populares, y la poderosa emergencia de los ciudadanos que alimentan todas las formas del Poder en la actualidad. Desde aquellas que se estructuran como plataformas, como agrupación, o como vecinos que se agrupan en una avenida en defensa de sus derechos e intereses particulares. Son identidades surgidas de la cotidianidad y ahí radica su poder.

Ya no creen en nada de lo que hace apenas 20 años parecía ser una síntesis impecable de la realidad. Hoy, la ciudadanía múltiple, diversa, multicultural y pluriétnica, sin filiación política, sin ideología, sin militancia partidaria y sin proyecto de estado es el actor de primera línea, el nuevo interlocutor frente al estado.

Esta difícil transición en la búsqueda de una solución de continuidad histórica, de un proyecto, de una organización que de cuenta de la nueva realidad, de una ideología que fusione lo local y lo global en el ámbito de la democracia, que es el único lugar donde conviven en paz todos los diferentes, es lo que nos produce la sensación de extravío, y lo que permite que las más descabelladas y frecuentemente autoritarias medidas del gobierno se ejecuten como demostraciones de un poder que ya no tienen.

Vivimos, en síntesis, una transición peligrosa y difícil en donde es el ciudadano de a pie el que finalmente ha de decidir el curso de la historia, y eso, llena de terror a los que construyen ficticios movimientos sociales, imaginarias organizaciones políticas y ejércitos de corrupción y amedrentamiento que más pronto de lo esperado caerán como castillos de naipes.

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