La biblioteca en llamas de Álvaro

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Álvaro García Linera e Íñigo Errejón escribieron el ensayo Qué horizonte. Hegemonía, Estado y revolución democrática, publicado en diciembre de 2019. El título pudo ser más rimbombante, pero los autores sintieron en un punto una admirable modestia que los contuvo.

No me interesa el libro sino su prólogo. Es de don José Luis Villacañas Berlanga, filósofo seguramente estudiado, con un nombre colorido (de personaje de una odisea etílica, si me permiten la incorrección).

El libro cuenta que Álvaro ya estaba en el exilio. Los fiscales dicen hoy que por un golpe, pero anteayer apresaban por fraude (esos quiebres de convicción deben requerir ansiolíticos). Y el libro fue presentado; está en YouTube. No, no es apócrifo.

Villacañas Berlanga (me regocija la cadencia al repetirlo) titula su prólogo: Libros que arden. Y lo explica en él: “Hace unos días circularon unas imágenes en las redes y no las creíamos. Unos las desmintieron; otros las reafirmaron. Nunca sabremos si fueron imágenes reales o no (?). En todo caso surgieron, allí estaban, casi como la demostración de un deseo. Que se hicieran realidad ya es indiferente (!)… ya forman parte de la condición de los mitos. Esas imágenes mostraban una hoguera en la que ardían los libros de la biblioteca personal de García Linera, asaltada por los golpistas que jaleaban las actuaciones de una mujer hasta entonces desconocida, que de repente se había acreditado ante el mundo por habitar en la cota más alta del fanatismo… La escena debe elevarse a la categoría de mito porque lo es. Los asaltantes de la casa de García Linera sabían lo que no podían buscar. No encontrarían joyas, riquezas, papeles comprometedores de delitos, contratos confusos. Sabían que solo podían encontrar libros. Pero eso es lo que buscaban. El odio a García Linera lo concentraban en lo que realmente representaba: el compromiso con la inteligencia. Por supuesto, toda chusma (!) fanática suele ser temerosa”.

Sorprende que en un libro neomarxista-peronista se sindique a “toda chusma”. Los afrancesados habitués de la société de novela califican así al que no está “a su altura”. Porque chusma quiere decir: “gente que se considera muy vulgar y despreciable”. Encima, me entero allí que hay “chusma fanática” y no fanática.

No sé si quien bostece al leer ese prólogo sea también “chusma” o todo trabajador sin estima por esos escritos excelsos, reservados para una refinada y selecta élite iberoamericana. No culpo a los prologados. Quizá, sin ser “chusma”, ni hojearon el prólogo, repudian ese desdén y lo argüirán en una próxima edición.

Es horroroso quemar libros, pero decir “toda chusma” carga sentimientos de superioridad y sofisticación. Obviamente que son dos palabras, de las cientos que se largó el prologuista. Estadísticamente, es insignificante, pues hasta Marx lindó el clasismo en sus menciones al lumpenproletariado. En cambio, un neomarxista  como Pablo Iglesias se disculpó una vez por mentar a unos “lúmpenes, de gentuza de una clase social mucho más baja que la nuestra”. A Villacañas Berlanga lo tentó el clasismo.

Las líneas transcritas del prólogo contienen signos de mi cosecha. Significan sorpresa, risa o incredulidad, según vi pertinente. Villacañas Berlanga se cuida de afirmar tajante que la biblioteca de García Linera fue incendiada -porque no lo fue- en 2019, pero apunta que nunca lo sabremos (!). Un periodista o un transeúnte le habrían aconsejado: ¿Y si le preguntas a Álvaro? Antes de que el libro se publicara, García Linera pudo llamar por WhatsApp para averiguar si su valiosa biblioteca ardió como la de Alejandría y liberarse de la angustia. O tal vez Álvaro tampoco lo sabe aún.

Según el prologuista, esa hoguera ya es un mito. Ese es un truco. Le permite evocar el odio a la cultura y no tener que pensar otro texto sin esa escena de libros en llamas que no tuvo lugar. En general, es por eso mejor redactar sin apuro de “ir de cañas”, como dicen en Madrid, ni después de ingerir algunas, digo yo. Pero no se agiten, esos supuestos asaltantes de la casa de García Linera y la mujer que describe Villacañas Berlanga probablemente son ya buscados por los fiscales aquí. Ese prólogo ayudará a identificarlos.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.