Blog Post

News > Etcétera > La bella literatura nacional

La bella literatura nacional

Maurizio Bagatin

El poeta mete las manos en la tierra, escaba, y entre sus uñas y su piel quedan presencias orgánicas y vitales. Busca, luego, la palabra que indique ese lugar, entre la uña y la piel, el lecho ungueal. Antes de penetrar este espacio la tierra frena, entre el borde libre y el lecho ungueal vemos la muestra de su excavación.

Afuera de los círculos académicos he oído decir que en Bolivia hay muchos poetas y pocos narradores. Hay que añadirle, oí decir también esto, que los poetas son mejores que los novelistas, los narradores en general. Todo por interpretar. Hay poesía en la narración de La Chaskañawi, en el dolor adentro de El pozo, en el íncipit de El otro gallo; hay mucha narración en los poemas de Edmundo Camargo, en un verso de Adela Zamudio, enteros relatos en Pirotecnia. El poeta, en nuestra literatura, de pronto se le da por narrar, al narrador la venia de ser poeta.

La palabra, en la bella literatura nacional, parece ser hibrida, en el deseo de revelarnos todo y ocultar su autor y, viceversa, en la plena vanidad del autor, ocultar la palabra. Muchos han deseado arriesgarse, hoy algunos vienen a luz, salidos del letargo y de la distancia, de la invisibilidad y el silencio. Las páginas visionarias que ofrecen Aguafuertes, toda la violencia del hombre y la naturaleza en La punta de los 4 degollados de Roberto Leitón. La libertad en su unicidad y en su prosa, el Jorge Zabala que merece hoy la publicación de su obra completa. Por testimonio de una época en Cochabamba poco narrada, por la trasgresión y la picardía de su provocación: “Ya no hay arte, sólo hay premios”.

La escritura paceña es nocturna. Pasea, calle arriba, calle abajo, huérfana de Jaime Saenz, contemplando toda la imperfección que la rodea, homenajeando su caleidoscópica posición. Poesía que cuida el viento del altiplano, el pandemónium de la urbe, el llamado de su Historia y la juventud de El Alto. Sus precursores que no abandonarán jamás el peso del mito que han generado. Todos los ismos.

La magia del oriente hace frente a la fuerza telúrica del occidente. Tierra adentro será por Enrique Finot, aquella imposibilidad del regreso que el calor agrava; en la palabra de oriente hay siempre un Solzhenitsyn, y tres venenos fatales: la política, el alcohol y las mujeres. En su distendido tiempo hay siempre una pasión que se va evaporando con el sudor, una rebelión que el populismo lleva ahogarse en el río Piraí.

El canon literario es subjetivo. Plasmado por la política sumisa y forzada al tiempo inmóvil, sonriente al carnaval de turno. Olvidadizo. No leemos lo que Bolivia produce porque sigue siendo el país sin ojos, el país de ciegos.

La bella literatura

Hoy he cosechado el membrillo de la huerta, de las dos plantas de naranjos unos frutos del color intenso, sangre de fruta empapada de perfume, los higos se han salvado de la lluvia así tan concentrada de estos últimos días. Dicen que el membrillo está lentamente desapareciendo de nuestro valle, nuevos sembradíos aparecen, frutos exóticos, frutos de un cambio de época. Los parrales y el higo, al fondo un árbol de granada, los más jóvenes; los manzanos, los duraznos y la pera mota, entramos de repente en el Juan de la Rosa.

En un viejo oficio, el molinero, el recuerdo de una rebelión y de una epopeya. En uno aparece Domenico Scardella, llamado Menocchio, antes de Giordano Bruno y de Galileo Galilei, un molinero se enfrenta a la iglesia. Y solamente poniendo en duda la virginidad de María; su cosmogonía es la de los cuatro elementos: el agua, el aire, la tierra y el fuego. “El caos entonces se condensa en una masa como el queso en la leche y dentro de ella, así como se crean los gusanos en el queso, nacen los ángeles y Dios, por voluntad de la Santísima Majestad”. En Il mulino del Po la gran narración épica de Riccardo Bacchelli logra atraparnos, es poesía que se hace prosa milimétrica, recorriendo cada centímetro de una tierra fría, fértil y luchadora. No hay página sin belleza, no hay belleza sin dolor, sin la poesía que necesita para sobrevivir.

Tirinea es algo extraño en la literatura boliviana. Es belleza, ante todo. Uno abre su primera página y oye decir: “Tirinea es una llanura solitaria, con árboles fogosos y cálidas arenas expulsadas del fondo azul de la tierra. Perdida como está en la memoria de los ángeles, la vida allí no ejerce ningún control y soy yo el único sobreviviente”. Vuelve atrás preguntándose. ¿Cuándo ha sido escrita? Antes de Cien años de soledad, después de Pedro Paramo. Novela del inmenso e infinito imaginario clandestino, del autor y, sin forzarlos, de sus lectores. Tan temprana para nuestros imaginarios aun coloniales, tan visionaria para nuestras desilusiones.

Russel Banks nos ha dejado al iniciar este año. Seguramente no era conocido como Don DeLillo y Cormac McCarthy. Pero su prosa atrapaba como el olor a guayaba en estos días de verano. Son su ritmo engatusador, las palabras iban diluyéndose con las imágenes que quiso hacernos ver. En un día podemos leer Deriva continental, el sueño americano y los vencidos. Pasajes que hubieran encantado a Henry Miller. La continua migración humana, esta huella que no deja de moverse —inquieta, histérica, inacabable— como las mareas, los vientos, siguiendo al parecer una trayectoria ya establecida.

A veces dejarnos llevar por el verso. Aquel puro y marcado por el lenguaje, contemplando el diseño de las palabras, aritméticas, geométricas, el ensueño y la conciencia. Las tres obras centenarias: Trilce, La tierra baldía y Ulises. “Versos que no son versos, poesía que no es poesía” (Vallejo, 1998, p.380), decía Jules Laforgue de Les amours jaunes de Tristan Corbiére. Solo el pathos del momento y del siempre. La infinita gloria de las palabras.

Los pasos felpados de Colette, entre perfumes y fragancias, gastronomía, desnudez y un paseo por Roma. Sin ruido y con mucha pasión. Una flâneur feminista “Avant la lettre”. ¿Qué habrán pensado de ella en el ’68? ¡Hubiera oído Sartre y Lacan! Ella, tan libre y firme, sólida en su poesía como en su vida. Como una gata, no necesitó inventarse a Claudine. “C’ést moi”, parafraseando a Flaubert. Y todos detrás, escandalizándose de la libertad.

Stardust de John Coltrane, lluvia y grappa. Se puede leer así a Patti Smith. Son versos hechos fragmentos de vidrios, invento fenicio pisoteado y roto: bebop. Sin puntuación, sax and William Burroughs. Sin frenos, Rimbaud dead y Babilonia: “wherein war is expressed/ thru the violent hieroglyphs/ of sound and motion/ a scream is shoulder/ the profile of life”.

error

Te gusta lo que ves?, suscribete a nuestras redes para mantenerte siempre informado

YouTube
Instagram
WhatsApp
Verificado por MonsterInsights