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Julio Cortázar: cronopios, juegos y la vigencia de lo fantástico

"Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio del campo y la arranca para guardarla en su bolsillo, donde la flor se marchita, pero el cronopio sigue creyendo que la conserva intacta." 
— Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas (1962)

Los cronopios viajan con hoteles llenos y trenes que ya se fueron, se ríen bajo la lluvia y creen que la desgracia es compartida; los famas, en cambio, anotan horarios, consultan el clima y guardan sus valijas con un orden impecable. Entre la ingenuidad que desarma y la burocracia que aprieta, Julio Cortázar levantó un universo donde lo absurdo se volvió espejo. Hoy, en la fecha de su ausencia presente, cronopios y famas siguen caminando a nuestro lado, recordándonos que la vida puede ser juego o archivo, libertad o rutina.

Jorge Larrea Mendieta

El 12 de febrero de 1984, en París, murió Julio Cortázar. Desde entonces, esta fecha se convirtió en un recordatorio de la pérdida de un escritor que transformó la narrativa latinoamericana. La muerte, sin embargo, no clausuró su obra: la proyectó hacia nuevas generaciones, convirtiéndola en un territorio abierto donde cada lector encuentra un camino distinto.

La ausencia física de Cortázar se volvió presencia simbólica. Cada año, el recuerdo de su partida activa una memoria colectiva que lo trae de vuelta a través de sus cuentos, novelas y ensayos. La literatura, en su caso, funciona como una forma de inmortalidad, un espacio donde la voz del autor nunca se extingue.

El 12 de febrero es, por eso, una fecha doble: la del silencio biográfico y la de la permanencia literaria. Recordar a Cortázar en este día es reconocer que la literatura puede sobrevivir a la muerte de su autor, que sus palabras siguen siendo un territorio abierto para nuevas generaciones.

Cronopios: la poética de lo absurdo

Entre los muchos mundos que inventó, los cronopios ocupan un lugar especial. Ingenuos, desordenados y soñadores, representan una forma de resistencia frente a la rigidez de los famas y la pasividad de las esperanzas. En ellos, Cortázar condensó una visión de la vida que privilegia la imaginación sobre la norma, la espontaneidad sobre la rutina.

En uno de sus textos más célebres, Cortázar describe a los cronopios así: “Los cronopios no ordenan nunca sus recuerdos, y los dejan sueltos por la casa, mezclados con los objetos de uso diario…”. Esa mezcla de memoria y cotidianeidad revela una filosofía vital: el desorden como forma de libertad, la ingenuidad como resistencia frente a la rigidez.

Otro fragmento ilumina su esencia: “Cuando los cronopios hacen un viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han ido, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos…”. Aquí se muestra la resiliencia de lo ingenuo, la capacidad de transformar la adversidad en juego.

Famas y esperanzas: el contraste necesario

Si los cronopios encarnan la imaginación, los famas representan la obsesión por el orden. Cortázar los retrata con ironía: “Los famas para viajar se informan primero de las condiciones meteorológicas, consultan los horarios, y hacen sus valijas con gran cuidado…”. La caricatura es evidente: la vida convertida en burocracia, la experiencia reducida a trámite.

Las esperanzas, en cambio, son pasivas, resignadas, incapaces de actuar. Cortázar las describe como figuras que esperan sin intervenir, que aceptan la vida tal como viene. “Las esperanzas, sedentarias, se quedan inmóviles, y cuando un cronopio o un fama las invita a viajar, ellas contestan: ‘No podemos, estamos esperando’…”. La ironía es clara: la espera como forma de renuncia.

En este tríptico, los cronopios aparecen como la fuerza vital que rompe la monotonía, que introduce lo inesperado en un mundo dominado por la rutina y la resignación. La vigencia de estos personajes es evidente en el presente: en cada sociedad conviven la rigidez de los famas, la pasividad de las esperanzas y la imaginación de los cronopios.

El juego como forma de escritura

Cortázar entendía la literatura como un espacio lúdico, un territorio donde las reglas podían romperse y rehacerse a voluntad. En Rayuela, propuso una novela que podía leerse en múltiples órdenes, rompiendo la linealidad narrativa y obligando al lector a decidir su propio recorrido. Esa invitación no era un mero artificio: era la puesta en práctica de una concepción de la literatura como experiencia activa, como participación.

En sus cuentos, lo fantástico aparece como una grieta en la realidad, un espacio donde lo cotidiano se desajusta y revela lo insólito. Casa tomada, por ejemplo, muestra cómo lo familiar puede volverse extraño sin necesidad de explicaciones. La noche boca arriba convierte un accidente urbano en un viaje hacia el mundo precolombino, demostrando que la literatura puede ser un juego de espejos donde las fronteras del tiempo y del espacio se desdibujan.

Los cronopios, por su parte, son la encarnación más radical de ese espíritu lúdico. Cortázar escribe: “Cuando los cronopios hacen un viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han ido, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos.” Aquí, lo absurdo se convierte en revelación: la vida es un juego donde la ingenuidad puede ser resistencia.

Ese espíritu lúdico no era un mero capricho formal. Era una manera de cuestionar las certezas y de invitar al lector a participar activamente en la construcción del sentido. La literatura, en manos de Cortázar, se convirtió en un laboratorio de imaginación y en un espacio de libertad. Su obra nos recuerda que leer no es solo recibir, sino también jugar, elegir, arriesgar.

Evocar a Cortázar es descubrir que la literatura sigue siendo un juego infinito, capaz de abrir caminos hacia nuevas interpretaciones y dialogar con la cultura contemporánea. En cada cronopio, en cada rayuela, en cada cuento fantástico, late la idea de que la escritura es un desafío y una invitación: un juego que nunca termina.

Una ausencia que sigue siendo presencia

Más de cuatro décadas después de su partida, Cortázar sigue dialogando con la cultura contemporánea. Su pasión por el jazz, su compromiso político y su mirada transnacional lo convierten en una figura que trasciende lo literario. No fue solo un narrador: fue un puente entre mundos, un escritor que entendió la literatura como un espacio de libertad y como una forma de resistencia.

Sus cronopios, rayuelas y cuentos fantásticos continúan inspirando a escritores, artistas y lectores que buscan romper las fronteras entre lo real y lo posible. En ellos late la idea de que la vida puede ser juego, que lo absurdo puede ser revelación y que lo fantástico no es evasión, sino una manera de mirar más profundamente lo cotidiano.

La ausencia de Cortázar no apagó su voz, sino que la multiplicó en cada lectura. Cada vez que alguien abre Rayuela y decide saltar de un capítulo a otro, cada vez que un lector se ríe con las desventuras de un cronopio o se inquieta con la casa tomada por presencias invisibles, Cortázar vuelve a estar ahí.

Su obra sigue viva, su imaginación continúa siendo resistencia y su literatura permanece como un juego infinito. Esa ausencia es, paradójicamente, una forma de presencia: un recordatorio de que las palabras pueden desafiar el tiempo y seguir dialogando con nosotros mucho después de que su autor haya partido.

Como escribió en uno de sus retratos de cronopios: “Los cronopios, cuando se sienten felices, se tiran en el suelo y ruedan, y ruedan, hasta que se les enredan los pelos y se les llenan de polvo los pantalones. Los famas los miran con severidad, pero los cronopios siguen rodando porque saben que la felicidad es eso.” — Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas (1962)

Ese cronopio que rueda sin importar el polvo ni las miradas severas es la metáfora perfecta de lo que ocurre con Cortázar: aunque ya no esté, su literatura sigue rodando con nosotros. No es un adiós, es la certeza de que su voz permanece viva en cada juego, en cada risa, en cada lectura.

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