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Jugamos como nunca, perdimos como siempre

Carlos Alarcón

A las dos en punto, la alcaldía GAM dejó de ser la GAM[1]. En la calzada de Guadalupe, a unas cuadras de la Basílica, don Mario pensó en cerrar la lonchería media hora antes; su esposa, con cuidado de cirujano, propuso sacar la pantalla de apenas 32 pulgadas y la colocó sobre la repisa de los santitos (“solo por un rato”). Las fondas alrededor ofrecían “Menú Mundial”: sopa, guisado y cerveza fría por cien pesos. En las cantinas, el micrófono del karaoke descansaba en un rincón, sustituido por narradores que gritaban como si la Guadalupana misma estuviera en la tribuna. La pulquería estaba mejor armada, con una pantalla de 60 pulgadas conectada a una bocina bluetooth que sonaba como si la Virgen también gritara los goles.

La calle se llenó de sillas de plástico, niños con playeras “pirata” y vendedores ambulantes que ofrecían banderas tricolores, trompetas y tortas envueltas en servilletas cafés (de las “bara”). El aroma a pambazo y a incienso de las veladoras de San Judas se mezclaba en el aire. Hasta los peregrinos que llegaban a pie se detenían a preguntar el marcador.

Era México contra Estados Unidos. “Éste es de trámite”, repetía un señor con gorra verde y bigote recortado, convencido de que en casa, frente a la Virgen, no se podía perder.

Silbatazo inicial: México arranca con energía, como gobierno en campaña. Toques rápidos, presión alta, la masa coreando cada pase como si fuera una plegaria. Por un momento, los alrededores de la Basílica se convirtieron en un estadio a cielo abierto.

Pero el minuto veinte rompió el milagro: centro “gringo», cabezazo limpio, gol. El barrio enmudeció. El narrador en la transmisión buscó palabras heroicas; el perro callejero junto a la banqueta bostezó.

—Es igualito que con el anterior presidente —dijo un hombre mientras mordía un taco—. Nos prometieron ser Dinamarca y ya vamos perdiendo.

—Y esta presidente nomás sigue la misma jugada —respondió otro—. Puro toque lateral, nunca tiran a portería.

Las risas fueron breves. El balón reclamaba la atención.

Llegó el descanso y las fondas se llenaron. Entre plato y plato, se habló de los baches que siguen sin tapar, de los apoyos que se prometieron y de la Guardia Nacional que patrulla como si fuera dueña de la calle. Alguien dijo que Estados Unidos siempre es el árbitro, y que el silbato suena donde más le conviene.

Segundo tiempo: México intenta reaccionar, pero cada jugada se estrella en la defensa rival. El segundo gol cayó como una pedrada en charco. El barrio ya no gritaba, solo masticaba con resignación.

—Jugamos como nunca… —dijo uno.

Algunos presentes, mentalmente terminaron aquel dicho popular. El silbatazo final sofocó la fe momentánea. La gente guardó las sillas, don Mario apagó la pantalla, y la llevó de vuelta a su lugar. Las fondas regresaron al menú de diario. La Basílica seguía repleta, iluminada por la luz temblorosa de las velas, pero la devoción se había trasladado de la cancha al altar.

Perdimos. Y no sólo el partido. Perdimos porque, como país, seguimos jugando en cancha ajena, con reglas escritas en otro idioma y un árbitro que vende indulgencias al mejor postor. Porque en la GAM, como en México entero, aprendimos a aplaudir derrotas como si fueran milagros.

En la esquina, un niño patea un balón ponchado. Nadie le dice que aquí, crecer es aprender que ni la Virgen puede cambiar el marcador final. Y aun así, volveremos a ponerle veladoras al siguiente partido.


[1] GAM: Alcaldía Gustavo A. Madero (CDMX).

Reseña biográfica: Carlos Alarcón (Charlie) es escritor, pedagogo y narrador oral mexicano. Ha publicado poesía en antologías como Inventario de ausencias y Seres de papel. Su trabajo explora la identidad urbana, el fútbol como ritual social y las pequeñas victorias cotidianas. Vive en la Ciudad de México, donde enseña literatura y cuenta historias en cantinas, aulas y escenarios. Estas crónicas futboleras son su primera incursión formal en narrativa corta, pero no la última.

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