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Juan Carlos Salazar, tejiendo puentes

El periodismo es un oficio que privilegia la palabra. Quienes se sumergen en él, tienen las letras como aliadas, compañeras, cómplices inquietas. Sí, subrayo inquietas porque una vez incorporadas y naturalizadas, alborotan la existencia. Se mira el mundo con ellas, se lo describe, se lo construye, se lo inventa. El vínculo entre escritura y periodismo se convierte en una relación indisoluble, casi incontrolable, autónoma y caprichosa. No es casual que una parte de los grandes escritores hayan atravesado por la prensa.

Juan Carlos es uno de esos periodistas que le pica la palabra. Necesita sacarla, organizarla. Lee y escribe; vive y redacta. Su trayectoria en el oficio es larga, hizo de todo, y en todos lados. Fundó una agencia de noticias, fue editor internacional, fue corresponsal y director del Servicio Internacional en español de la Agencia Alemana de Prensa (DPA) durante cuatro décadas, y mil cosas más. Vivió en Argentina, en México y en España. 

Viajó por todos los rincones del continente buscando la noticia. Fue testigo y narrador casi de medio siglo de la intensa historia latinoamericana. Por supuesto, su grabadora registró lo más extraordinario, entró a palacios y selvas, barricadas y urnas; entrevistó a líderes, dirigentes y población civil. 

Fue testigo de la guerrilla del Che en Bolivia, de los movimientos armados en Centro América, de la “guerra sucia” en Argentina, del levantamiento zapatista en Chiapas, del “período especial” en Cuba y de los procesos democráticos por doquier. ¿Dónde no estuvo el corresponsal contando lo que pasaba ante sus ojos? Difícil decirlo.

Como buen periodista que ocupó todos los puestos del oficio, desde redactor hasta director, acudió a muchos soportes para sus notas: la crónica, el editorial, el artículo de opinión, el reportaje, la noticia, la entrevista, el cable. Además, formado en la era de la realidad -no virtual-, puso el cuerpo donde fue. Lo que escribió, lo sintió y lo vivió. Subió al taxi para ir a la guerra, al avión para viajar a otro país alejado, a la moto si era necesario, o caminó cuando la noticia lo requería. Pocos periodistas tan completos y complejos con Juan Carlos Salazar. 

Luego de sus largos años acumulados en el ejercicio del periodismo, tras su jubilación en España, retornó a su natal Bolivia. Pero lejos de retirarse de la profesión, volvió a ella con más fuerza. Dirigió el periódico más importante del país entre el 2014 y el 2016, cuando la prensa fue duramente asediada por el gobierno de Evo Morales. 

Fue director de la Carrera de Comunicación en la Universidad Católica Boliviana. Pero más, generoso con sus lectores, emprendió una noble tarea: organizar, reescribir, reformular parte de su obra, lo que dio como fruto varios volúmenes fabulosos que fueron publicados en la última década por la editorial Plural en La Paz. Así, nos encontramos por ejemplo con La guerrilla que contamos -conjuntamente con Luis Alcázar y Humberto Vacarflor- o A la guerra en taxi, donde el autor nos invita a acompañarlo por los recovecos de la política y la violencia en el continente. 

Hay dos textos también notables que retratan a personajes de distinta naturaleza: Semejanzas y Genio y figura –el último con las extraordinarias ilustraciones de Marcos Loayza–. En ambos, el protagonista es el otro. Su pluma dibuja a enormes escritores como García Márquez, Adela Zamudio, Vargas Llosa o Juan Rulfo; políticos o líderes: Luis Espinal, Liber Forti, Salvador Allende, Domitila Barrios de Chungara, Filemón Escóbar, Víctor Paz, Gloria Ardaya, Hernán Siles Zuazo; mundo de la cultura como Amalia Décker, Charles Aznavour, Vileta Parra o Ricardo Pérez Alcalá. 

Viajero de lo social, Juan Carlos es un explorador nato, pero no sólo vive, también cuenta, lo que agradecemos todos los que recibimos sus textos.Además de su inquieta trayectoria, en los últimos años dio un paso más. No sé por qué decidió un desplazamiento: entró a la ficción, tal vez como resultado de vivir empapado de una realidad que, en sí misma, es fascinante y mágica. Los dos últimos libros en el género son Figuraciones y Presagios. No me queda claro: el periodista que no dudó en cruzar la puerta que fuera necesaria sin importar con qué se encontraría del otro lado, dispuesto a registrarlo, se abre a una dimensión no explorada. ¿Por qué?

Así argumenta el propio Juan Carlos: “El periodismo y la literatura son hijos de la misma madre, sin lugar a dudas. El que se anime hacer un poco de ficción por lo menos en mi caso es para poder transmitir, dar paso a las vivencias, a percepciones, sensaciones que no encontraron cabina en la crónica periodística”. Y es cierto. Él mismo argumenta que toda ficción tiene un pie en la realidad, pero fiel al oficio de periodista, antes de fantasear sobre un dato, prefiere inventar una historia. 

Así por ejemplo, luego de haber cubierto la muerte del Che en 1967, guardó por décadas la pregunta sobre qué pudo haber pasado por la mente del guerrillero al saberse acorralado. Imposible saberlo, claro está. ¿Se debe apagar el teclado cuando no hay datos para responder de manera certera a un tema? Juan Carlos sugiere que no, es el momento de acudir a la literatura. 

Inteligente y riguroso, el autor crea situaciones sin soporte fáctico pero que ayudan a pensar; nos transporta a situaciones que, si bien son imaginadas, no dejan de ser potentes.

Juan Carlos aporta nuevos giros a la comprensión de lo social. Es un constructor de puentes que nos invita a reflexionar desde otro lado. 

Hugo José Suárez es sociólogo, investigador de la Unam.

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