Huayna Potosí: Majestuosidad y cambio climático

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Metidos en las bolsas de dormir, escuchábamos el viento golpear contra las paredes del refugio; habíamos tenido que escalar verdaderas paredes de piedra para llegar allí. Once y media de la noche: casco, impermeable, piolet, guantes y las pesadas e incómodas botas para escalar. Cuando comenzamos la ascensión hacia la cumbre de la montaña, el guía nos explicó que la nieve que había caído durante la noche alrededor del refugio no era permanente, sino solo momentánea. Que esa capa blanca desaparecería con los primeros rayos del amanecer, y que, por tanto, todavía no había que colocarnos los “clavos” en las botas.

Reinaban la neblina y una oscuridad apenas interrumpida por la lucecita de nuestras head-lamps, cuyo destello podía ser distinguido desde lejos. A medida que avanzábamos, la nieve se hacía más densa, más profunda, e incluso comenzaban a aparecer pequeñas prominencias de hielo macizo. Esa sí era ya nieve “permanente”, la que se ve desde lejos en cualquier época del año, en cualquier estación. Nieve que no se derrite.

A medida que todo el grupo subía, el guía nos comenzó a explicar más cosas sobre el monte: sus características geológicas y los cambios que había presentado en el curso de los últimos lustros. Nos dijo que antes las tormentas de viento eran más estables y que la mancha nívea era más extensa y profunda, y que por ello la ascensión al pico podía hacerse sin preocuparse en evadir tantos peñones y piedras peligrosas. Ya de día, con la luz de la mañana cortando la oscuridad, pudimos ver mejor esa situación de cambio en torno a la cantidad de nieve e imaginarnos cómo habrían sido aquellas faldas ahora de piedra negruzca todas cubiertas de blanco.

El Huayna Potosí fue conquistado por primera vez por unos alemanes en 1919, año en que la senda por la cual caminan hoy los escaladores no existía y la excursión, por consecuencia, demandaba varias horas más… y por supuesto más esfuerzo. ¿Cómo habría sido esa experiencia de ascensión, con piedras infranqueables como mazos, salidas desde el fondo de la tierra y un camino que no había sino en el mero instante de caminata? Ciertamente debió ser una experiencia mucho más ardua que la que tiene el excursionista de hoy, pero de seguro el paisaje cano debió ser también más sobrecogedor. Probablemente muchas inmensas piedras que vimos en aquel entonces estaban sepultadas debajo del manto níveo… quizás era todo con más blanco y menos negro…

Ya en la bajada de la montaña pudimos ver más detenidamente sus faldas. Si uno se fijaba con cierto detenimiento, realmente podía notar que algunas partes estaban carentes de algo, privadas de un elemento que habían tenido antes… Más o menos —si hacemos una analogía— como la pirámide Kefrén, privada hoy en todas sus caras de su original piedra caliza. De similar forma, en el monte había espacios a los que, cual la tierra de una laguna secándose, parecían faltares algo. Un poco más allá había una represa cuyo nivel de agua estaba muy por debajo del normal.

El cambio climático es una realidad ante la que los países subdesarrollados como Bolivia no hacen mucho porque sus conflictos políticos direccionan el interés de sus sociedades hacia otro tipo de menesteres. Sin embargo, la toma de conciencia sobre el cuidado de los ecosistemas es una causa mundial tan importante que no debería dejar de formar parte de sus agendas. Hoy, tanto políticos como medios de información están inmersos en un barullo politiquero que sin duda tiene mucha audiencia, pero que posterga la conciencia crítica ante problemas como los deshielos, la alteración de los ciclos fluviales o el gasto inmoderado de agua, por mencionar solamente algunos.

Si bien lo deseable sería que los gobernantes implementaran políticas ecológicas como la arborización o la concienciación sobre el cuidado del agua o las áreas verdes, la transformación puede partir de acciones individuales y pequeñas, pero muy efectivas, tales como la recolección de agua de las lluvias para ciertas necesidades y el uso austero del agua en actividades cotidianas como el baño o el fregado de trastos.

Porque, dado que la civilización es la progresiva individualización de la persona, su toma de conciencia ante la vida, su maduración, los cambios ya no deben esperarse de un poder público, innatamente degenerativo, sino de nosotros mismos.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario

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