“La realidad exige
Que también se diga:
La vida sigue.
Sigue en Cannas y en Borodino
Y en Kosovo Pole y en Guernica” 
Wislawa Szymborska

Márcia Batista Ramos

Circunstancialmente envejezco y mi escritura se transforma en instrumento de la memoria, al mismo tiempo individual y colectiva, que muchas veces, expreso a través de un sentimiento de nostalgia o en mi idioma materno, de “saudade”, por un pasado que se dilata con el paso inexorable del tiempo y la aproximación de la muerte, implícita en el propio devenir temporal.

Por eso, mi memoria se vuelve más íntima y personal, cargada de la añoranza de la vida hogareña que transcurrió durante los años dorados y tiernos de la niñez. El recuerdo del hogar primigenio, en contraposición al tiempo mítico, culpable de señalar el fin de la vida.

 Sé que, ese sentimiento de nostalgia, sobreviene a partir de las ensoñaciones y devaneos de la memoria, que está sumergida en los recodos del tiempo, que emerge como añoranza de la seguridad de la niñez, cuando la vida y el mundo no dolían; tiempo arriesgadamente onírico, que miro con desazón a través del cristal de una ventana y que adquiere una significación de entidades imaginarias, que llamo: recuerdos.

Muchas veces, mi lógica narrativa se adscribe a la categoría estética de lo fantástico, por cuanto refleja la metamorfosis cultural de la razón y de lo imaginario.

La vida, por una particularidad que no advierto, es presentada en mi narrativa, sin los atributos teológicos que, normalmente, hacen parte de mi imaginario, como signo de una herencia cultural aprendida, que es expresado en mi vocabulario diario, automáticamente, innúmeras veces al día.

A veces, pienso que mi perplejidad ante la vida, es la forma que encontré de enfrentarme con mis propias incertidumbres metafísicas y religiosas, pese a no tener en mi interior los temores inducidos por la prédica cristiana, sobre los horrores que le depara la Justicia Divina al pecador no redimido, después de la muerte. Ya que la muerte, para mí, es continuar sin las vestiduras que llamamos cuerpo. Tal vez, un poco incomodos, en la desnudez, por la claridad dela conciencia.

Al escudriñar los temas de memoria y de la muerte, percibo que la escritura me permiten expresar, de modo particular, mis inquietudes y valoraciones sobre el pasado ya perdido, raramente recuperado en la prosa o poesía vinculada con el tiempo y la muerte ya que faltan palabras para expresar a cabalidad, todo lo sentido. Lo experimentado por los sentimientos es más intenso que lo experimentado por las acciones. Entonces las palabras no abastecen, las palabras no alcanzan.

En ocasiones particulares, cuando cambia el calendario y llueve a fuera, como ahora que es el primer mes del año nuevo, tengo necesidad de hacer un intento de dar alguna respuesta a mí misma, ya que la vida sigue en todos los lugares, especialmente en mí.