Javier Vayá Albert

Tal vez, respecto a Latinoamérica, lo único que nos disculpa o salva a los españoles es no ser estadounidenses. Tal vez lo único que me da rabia de Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades es no ser mexicano para sentirla más mía, aunque si acepto una frase de la película, México no es un país sino un estado mental, entonces yo estoy muy México desde hace un tiempo. Vaya usted a saber por qué, hubo una temporada en que me encontraba muy Argentina. Y a ratos, de noche sobre todo, me siento Bolivia.  Algún día me enfado con el mundo, se me atraganta la injusticia y me vuelvo Perú, aunque para mucha gente soy un peligroso y subversivo Venezuela y entonces soy un Brasil asediado por los perros. La mayoría del tiempo me antojo Uruguay o Chile y tan solo deseo que me dejen en paz. Será que a mi pesar jamás en mi vida conseguí cruzar el charco y esas cosas se enquistan.

 Acabo apabullantemente maravillado de ver la última y vilipendiada película (aunque creo que ese término se queda corto) de Alejandro González Iñárritu mientras literalmente todo el mundo (supongo que sintiéndose muy Colombia), sobre la faz de la tierra y en la estación espacial y, estoy convencido, en las abisales tinieblas del océano, están escuchando y opinando sobre la última canción (aunque creo que ese término se queda grande) de Shakira y nosequiénreggetonerodeturno. Lo sé, esta última frase me quedó tan larga y excesiva como un plano secuencia al bueno de González Iñárritu. Precisamente ahí reside la gracia.

 Ignoro si como espetó el director los críticos son racistas por no entender su obra, pero lo que es cierto es que le tienen una inquina extraña. Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades personalmente me parece de una brillantez formal y poética inconmensurables. Yo siempre estaré del lado de quienes tejen su arte en un equilibrio constante entre lo ridículo y lo sublime. En la región intermedia entre lo absurdo y lo majestuoso se sitúa precisamente la vida. El grandioso Mircea Cartarescu dice algo así como que es absurdo ignorar que los sueños, los recuerdos incluso falsos, o las historias, propias y ajenas, componen también nuestra existencia. Quizá, añado yo, más incluso que eso que tan gravemente nombramos realidad. Esto lo aplica de manera excelsa González Iñárritu en Bardo, una suerte de biografía apócrifa y onírica que encierra contradicción, orgullo, vergüenza, rabia o vanidad. También un abrazo o aceptación de la propia identidad, de la pertenencia redescubierta y la singularidad cruelmente mágica de un país llamado México. Suerte de Pedro Páramo 3.0, de pinche arcángel fronterizo entre lo cotidiano y lo mágico, lo patético y lo majestuoso.

El bardo al que alude el título de la película se refiere al budista, al estado intermedio entre existencias, a lo que podríamos denominar como limbo. México tal vez sea el país-limbo por excelencia, un bardo entre la existencia de los Nadie y los Todo. Tal vez en ese Bardo habite nuestra verdadera, ignorada, esencia. Bardo, falsa crónica de unas falsas verdades, es a mi entender una película maravillosa e injustamente vapuleada. Claro que yo no soy crítico de cine, ni esto una crítica, ni soy racista, ni mexicano, ni tengo las venas abiertas como Latinoamérica. Tan solo soy un mediocre poeta español con cierto aprecio por el trapecio.

 Un bardo en el bardo.