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Homo mediaticus. Los fósiles nos cuentan historias

Carlos A. Scolari

Encontré mi primer fósil cuando tenía doce años. Fue en el valle del río Chubut, en la Patagonia argentina, a 43º de latitud sur. En esa época leía con pasión adolescente los viajes del Perito Francisco P. Moreno y otros exploradores de la costa austral. En verano me pasaba los días mirando al suelo. Mi pequeño tesoro patagónico era una abertella, también conocida como dólar de arena, un equinodermo que vivió en el período Mioceno hace unos veinte millones de años. Los fósiles de este equinodermo, una pequeña estrella de mar de unos cinco centímetros de diámetro, suelen ser comunes en las costas del sureste de Estados Unidos y Centroamérica, pero también se encuentran en el hemisferio austral. Muchos años más tarde mi padre me regalaría otro fósil, la vieja cámara Kodak Brownie de su abuelo, un inmigrante piamontés que llegó a la Argentina a fines del siglo XIX. Entre un fósil y el otro se fue escribiendo mi último libro, Homo Mediaticus (Ariel, 2026).

Si se puede contar la evolución de la vida sobre la Tierra a través de sus fósiles, ¿por qué no relatar la evolución del Homo sapiens a través de sus tecnologías? Y ya puestos a soñar, ¿por qué no contar la historia de la humanidad a partir de sus medios de comunicación? Si algo diferencia al Homo sapiens de otras especies es su capacidad de comunicarse a través de sofisticados sistemas de significación que, desde el alba de la humanidad, se expresan a través de todo tipo de artefactos. Estos fósiles mediáticos no solo esconden historias. Son fundamentales para comprender la evolución cultural de nuestra especie. En Homo mediaticus repaso esa evolución, comenzando por unos simples trazos grabados sobre la roca hace miles de años para terminar con el primer fósil del siglo XXI: el iPod.

Fósiles

Cuando hablamos de “fósiles mediáticos” nos situamos en el plano de las metáforas. ¿Por qué usamos metáforas? No sólo para embellecer el lenguaje. Las metáforas nos ayudan a pensar, a poner orden y catalogar experiencias nuevas. Si decimos que el “ecosistema” comunicacional “evoluciona” a través del tiempo, entonces no resulta tan extraño salir a desenterrar “fósiles mediáticos”.

Un fósil mediático es un viejo dispositivo o soporte de la comunicación que, si bien ya no se utiliza, fue usado con provecho por nuestros antepasados. Una pintura rupestre de hace decenas de miles de años, un rollo de papiro, un libro copiado en pergamino, un proyector de los hermanos Lumière o la primera radio a transistores son fósiles mediáticos que merecen estar en las vitrinas de un museo o en las páginas de este libro. También incluyo en esta categoría a otras piezas colaterales, como la famosa escultura del escriba egipcio que se exhibe en el Museo del Louvre. Estas obras no solo resultan de gran utilidad para reconstruir las viejas formas de comunicación: también conservan historias que están esperando ser contadas.

Una historia eurocéntrica

Siempre nos han contado la historia de la comunicación siguiendo un hilo escrito que comenzaba en Babilonia, continuaba en Egipto y desembarcaba en la Roma Imperial previo paso por la costa del Mediterráneo oriental y Grecia. Tanto los monjes medievales que durante siglos copiaron libros en sus abadías, como los maestros impresores Johannes Gutenberg o Aldo Manuzio, vivían en Europa. La fotografía, el telégrafo y el cine también nacieron en el Viejo Continente. La historia de la comunicación es eurocéntrica y a menudo fue impresa en tinta de tonos colonialistas. Este libro abre el juego e incluye piezas provenientes de todos los continentes.

Elegir fósiles mediáticos no es fácil. Muchos quedaron en el camino a la hora de armar el índice del libro. He privilegiado fósiles menos populares pero tanto o más importantes, desde una perspectiva histórica, arqueológica o mediática, que los más reconocidos e instagrameados. En vez de Altamira, hablaremos de la más joven Cueva de las Manos patagónica, y en vez del famoso escriba egipcio que nos espera sentado en el Louvre, apostamos por la Señora de los Libros Sagrados del Museo Antropológico Nacional de Ciudad de México. Antes que volver a contar la ya erosionada historia de Jean-François Champollion y la piedra de Rosetta, mejor adentrarse en los misterios cuatrilingües del vaso de Caylus, y en vez de enredarnos en los hilos del famoso Tapiz de Bayeux visitaremos el Tapiz de la Creación de Girona. También he incluido fósiles que se alejan del relato mainstream, como las misteriosas escrituras que nos llegan de la Isla de Pascua. La historia de la comunicación no avanza como una flecha directa hacia el futuro. Los medios, en su devenir, van tejiendo una trama de interconexiones, hibridaciones y callejones en los cuales vale la pena dejarse perder.

El viaje que propongo por los fósiles mediáticos solo incluye un puñado de obras impresas. Una es un proyecto colectivo que desborda los límites del papel para transformarse en una ambiciosa máquina textual: la Encyclopédie de Diderot y d’Alembert. Podemos afirmar sin temor a salir mal parados que las enciclopedias impresas se han extinguido. Esa época en que las familias pagaban a crédito un metro y medio de volúmenes alfabéticos para adornar los estantes superiores de la sala de estar son parte de nuestra prehistoria. Otra pieza impresa que decidí incluir se encuentra en las antípodas del pensamiento racional y moderno de la Encyclopédie. Espero que disfruten leyendo el capítulo sobre los romances sangrientos, la pulp fiction del siglo XIX.

Redes

El libro propone en buena parte un recorrido cronológico, pero aquí y allá aparecen piezas que tienden a romper la linealidad de la historia. La evolución de las formas de comunicación, y de las tecnologías en general, se asemeja más a una enmarañada red de conexiones que a una aburrida timeline donde un dispositivo suplanta al anterior. Debemos huir de esas visiones simplificadas donde la llegada de una nueva tecnología sustituye a la anterior. ¿Qué pasó con los textos manuscritos después de la llegada de la imprenta? ¿Cómo cambió la radio cuando apareció la televisión? ¿Se utiliza todavía el fax en la era de las comunicaciones digitales? Por más que se organicen desde los más antiguos hasta los más recientes, nunca hay que olvidar que los fósiles mediáticos, como decía Claude Lévi-Strauss de los mitos, se piensan entre sí.

Entre un capítulo y el siguiente he incorporado breves textos que proponen un relato paralelo, conectan puntos (mediáticos, geográficos, históricos) y rellenan los inevitables huecos. Estos textos funcionan como bisagras de conexión que, si se leyeran de corrido, cuentan una breve historia de las andanzas del Homo sapiens en los últimos 40.000 años. Respecto al Homo Mediaticus del título, me tomé el atrevimiento de crear un neologismo latinizante que no existe en los diccionarios. Homo Mediaticus fue desde el principio, y así quedó. Alea iacta est.

Si se puede contar la evolución de la vida sobre la Tierra a través de sus fósiles, también podemos contar la historia de la humanidad siguiendo las huellas de los fósiles mediáticos. Comprender los lentos cambios del pasado es fundamental para dar un sentido a las vertiginosas transformaciones del presente. Al mirar hacia el pasado muchas ansiedades y temores del presente se resignifican. Espero que Homo mediaticus ayude a entender de dónde venimos, pero, sobre todo, hacia dónde vamos.

(Del prólogo de Homo Mediaticus. A partir de mayo, en todas las librerías de España).

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